La metáfora bíblica que Zvyagintsev plantea en Leviathan tiene un sentido orgánico

Una crítica de la Rusia actual, una indagación sobre la fragilidad de la existencia y un alegato contra el kafkiano abuso de poder es lo que ha planteado el director Andrei Zvyagintsev en Leviathan, que llega ahora a las carteleras.

Aclamada en todo el mundo como una de las películas más importantes del cine europeo reciente, Leviathan, del ruso Andrei Zvyagintsev, autor de las célebres El regreso (2003) o Elena (2011) es una demoledora y sutilmente jocosa metáfora sobre la Rusia actual así como una clásica historia de autodestrucción alrededor del asunto de la fragilidad de la existencia y las relaciones humanas.



Situada en el presente, Leviathan (la metáfora bíblica tiene un sentido orgánico) trata sobre un hombre de mediana edad, Nikolai, que vive en una ciudad costera en el mar de Barents, en el norte del país, y se enfrenta a un poderoso alcalde corrupto que pretende expropiar su casa para construir, supuestamente, un gran centro de telecomunicaciones (el protagonista sospecha que su verdadera intención es levantar un palacio). Para luchar contra la injusticia, pide la ayuda de un viejo amigo del ejército, un abogado de Moscú con trajes impecables que pondrá en peligro el precario equilibrio familiar. Estamos ante un filme en el que la historia de Job, el santo que aprendió a domesticar su furia, sirve como contrapunto a las iras de un personaje superado por las circunstancias de un país en el que el poder se comporta de forma tiránica.



"Vivir en Rusia es como vivir en un campo de minas", ha dicho Zvyagintsev en una de las pocas entrevistas que ha concedido. "Es difícil plantearse un futuro, ya sea en tu vida, tu carrera o tu profesión, si no comulgas con los valores del sistema. Vivimos en una sociedad construida de manera estúpida, lo cual viene a ser como nuestra maldición".



Hay algo de Kafka en esta odisea de un hombre enfrentado a una burocracia absurda y cruel que destruye vidas con la misma frialdad y celeridad con la que la juez del filme recita sus sentencias. Para el cineasta, en Rusia el estado de derecho es una pantomima donde solo vale la ley del más fuerte. Los ciudadanos deben aprender a callar o pagar caras las consecuencias: "Hay una discusión sobre estas cuestiones en la sociedad pero es inútil. Nociones como la separación de poderes o la igualdad de derechos en verdad no han sido asimiladas".



En la reciente Relatos salvajes vemos cómo los ciudadanos explotan ante el constante abuso de poder. Leviathan, con un tono mucho más grave, trata en realidad el mismo asunto aunque lo plantea en términos mucho más contundentes. Ante la injusticia del mundo, contra esa bestia parda del Leviathan del título que aquí no es más que una sociedad corrupta, solo quedan dos opciones: la paciencia de Job, que llegó a los 140 años sufriendo grandes injusticias, o directamente la autodestrucción. En su anterior filme, Elena, el cineasta ofrecía una tercera posibilidad: el cinismo. En El regreso vemos también un sutil y profundo análisis de las relaciones familiares.



Mucho se ha comparado a Zvyagintsev con Tarkovski, con el que comparte la afición por los planos largos y un ritmo moroso. El cine de Tarkovski, sin embargo, es plenamente espiritual, mientras que el de su más brillante sucesor es mucho más "materialista". Sus protagonistas solo se rigen por la brutal ley de los humanos. Sus personajes se enfrentan, desvalidos, a un mundo sin piedad en el que la victoria la canta el más fuerte. Así, las referencias religiosas tienen mucho más que ver con la Torá del Leviatán que con las parábolas jesuíticas. Y cuando aparece un obispo no es más que una representación de ese mismo poder absoluto cuyo punto álgido es el omnipresente retrato de Putin que preside cada una de las dependencias oficiales.