Marion Cotillard en Dos días, una noche de los hermanos Dardenne.

Tal y como se está revelando la irregular, desconcertante programación de la Sección Oficial, la llegada del cine limpio y humanista, alérgico a las distracciones y la manipulación, de los hermanos Dardenne es un bálsamo capaz de congraciarnos con el gran cine que Cannes supuestamente tiene por obligación entregarnos. Dos días, una noche, cuya distribución en España está como siempre asegurada cuando se trata de los hermanos belgas, puede dar lugar a las sospechas -ay, las buenas intenciones- y sembrar algunas discordias -sobre todo la elección de Marion Cotillard como protagonista, a pesar de su más que solvente interpretación, en la que yace un interés quizá más comercial que creativo-, pero frente a una propuesta tan rotunda y depurada (me resisto a decir que "necesaria", pero por qué no) como este largometraje no seré yo quien le reste sus méritos. La ovación que ha levantado la película postula claramente a los Dardenne para recoger la que sería su tercera Palma de Oro.



En tiempos de eres y salvajes reestructuraciones laborales, en los que la tragedia del paro se ha instalado en el viejo continente como un cáncer sin conciencia, el suspense de una película puede bien construirse sobre la necesidad de conservar el empleo. Bajo esa determinación, de la que no se desvían ni un milímetro (el ritmo del filme es obra de la maestría y el oficio), edifican los Dardenne ladrillo a ladrillo la última expresión maestra del neorrealismo contemporáneo. La célebre y celebrada actriz francesa interpreta a Sara, a quien encontramos deprimida y con la moral en el suelo en el arranque de la película. Casada con un hombre del que sospecha que ya no la quiere y madre de dos hijos, tiene un fin de semana por delante para convencer a sus compañeros de trabajo que sacrifiquen sus salarios extras con el fin de que ella pueda conservar su puesto en la fábrica. En su campaña a contrarreloj, visita uno a uno a los dieciséis hombres y mujeres que el lunes tendrán el destino de Sandra (y el de su familia) en sus manos.



El Vittorio de Sica que firmó la inmortal El ladrón de bicicletas seguramente aplaudiría el coraje de Dos días, una noche, mientras que Ken Loach (cuya última película se proyectará el jueves) encontraría motivos para convencerse de que la militancia proletaria no tiene por qué casarse con el discurso sentimental y panfletario. La película, concebida como siempre en el cine de los maestros europeos casi como una fábula moral, es de una precisión extraordinaria. Nada sobra y nada echamos en falta en sus noventa minutos. Si hasta ahora, los Dardenne siempre han colocado en el centro de sus historias a personajes tozudos enfrentados a dilemas morales casi irresolubles (Rosetta, La promesa, El niño…), esta vez son los otros, los que rodean a la protagonista, quienes deben tomar esa decisión. Al menos hasta el desenlace. La postura del filme, de los Dardenne, es translúcida, pero eso no impide que asistamos a la desesperada defensa de la dignidad de Sandra como si a nosotros, también, nos fuera la vida en ello. Ovaciones más que justificadas.



Still the Water, de Naomi Kawase

Still the Water, de Naomi Kawase



Seguramente es una sobreinterpretación, pero es difícil sustraerse a la idea de que Still the Water es lo más parecido a la reacción de Naomi Kawase al tsumani que destrozó su país. ¿Qué podemos pensar si no de una película que abre con imágenes del mar en furia, a cuyo relato siempre le amenaza el rugido de un tifón y que, básicamente, trata sobre la necesidad de tomar conciencia de la muerte en armonía con la naturaleza? A esa necesidad se enfrenta durante todo el filme la pareja de adolescentes que forman Kaito (Nijiro Murakami) y Kyoko (Jun Yoshinaga) en este relato de iniciación a los misterios de la vida, la muerte y el sexo. La autora de El bosque del luto, con la que recogió el Gran Premio del Jurado en 2007, no entrega este año su mejor película a competición, pero desde luego recupera su buena forma después de varios proyectos faltos de inspiración. Que la película esté coproducida por el español Luis Miñarro, de quien hay que recordar que comparte un pedazo de la Palma de Oro del tailandés Apichatpong Weerasethakul (El tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas), no deja de ser un motivo de alegría.



Los padres del taciturno Kaito están separados y los de la radiante y madura Kyoko viven en feliz armonía, si bien su madre padece una extraña enfermedad que podría acabar con su vida. Still the Water narra el proceso de adaptación de ambos jóvenes a las transformaciones que se producen en sus vidas, tanto en lo que acontece fuera como dentro de ellos. El minimalismo y la poesía de Kawase se alían una vez más con los significados místicos de su cine, especialmente en una escena sobre la vida espiritual y los ritos de pasaje de los habitantes de la isla de Amami que oposita entre uno de las mejores, más emotivas secuencias que se han experimentado de momento en Cannes. Extrañamente, Still the Water encuentra la pureza a través del artificio, apela a la riqueza de la percepción cinematográfica con un magnífico empleo del sonido, que en sintonía con las imágenes, en todo momento muy cerca de sus personajes (como si quisieran revelar lo que sienten y lo que callan) logran trascender la inocencia casi naif que en más de una ocasión han jugado en contra del cine de la cineasta nipona.