Emmanuelle Seigner, pareja de polanski, protagoniza La Venus de las pieles.

El siempre deslumbrante Roman Polanski completa la más turbia y gozosa declaración de amor al cine, al teatro y al propio amor en La Venus de las pieles, adaptación de la pieza de David Ives que llega hoy a nuestras salas.

Una mujer desnuda frente a un espejo es un misterio. El anuncio, tal vez, de un abismo. Suena lírico, quizá rijoso, pero hay pruebas. Velázquez, Tiziano, Rubens y hasta la Olympia de Manet (el espejo es la mirada frontal del espectador) intentaron dar una respuesta al enigma y, cada uno a su manera, colocó a Venus, la más enigmática y poderosa de las mujeres, frente al precipicio de su piel limpia.



Quién sabe si el vértigo de esa imagen ya clásica (Venus, su hijo Cupido y un espejo entre ambos) no es sino, como recordaba Borges que un día le dijo su amigo Bioy Casares, la suma de dos abominaciones. Recuérdese: "Los espejos y las cópulas tienen algo de abominable porque multiplican el número de hombres". La diosa del amor es ella misma un reflejo, la promesa de una cópula, un espejo. Venus frente al espejo no es más que una imagen repetida, una imagen reflejada en sí misma. Y aquí es cuando surgen los primeros síntomas del mareo.



Es más, la frase arriba entrecomillada, la de Borges, se encuentra escrita en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, y aparece ella misma multiplicada en un laberinto de duplicaciones: el autor habla de otro escritor que, a su vez, cita un texto extraño, él mismo reflejo de una sabiduría oculta. Los espejos, los laberintos, las bibliotecas y las cópulas son todo lo mismo.

Amante de los espejos

Polanski, y de ahí todo lo anterior, ama los espejos. Y, por extensión, las cópulas (silencio incómodo). Y la prueba es, además de su filmografía entera (y hasta su vida), su última película. La Venus de las pieles. De nuevo, como en Un dios salvaje, se trata de una adaptación de una obra de teatro. Aquella lo fue sobre un texto de Yasmina Reza, ésta sobre otro de David Ives. Y, otra vez, como en la parte más inquietante de su trabajo que liga Repulsión con El quimérico inquilino sin olvidar La muerte y la doncella o Lunas de hiel, la idea es cuestionar los límites; rastrear y medir los huecos en los que la realidad y la ficción, el verdugo y la víctima, el amo y el esclavo, el director y el actor se confunden. Es decir, quebrar la superficie del espejo. Tan copulativamente interesante.



El resultado es brillante, divertido, profundo, ocurrente y procaz. Todo en uno. Y, por supuesto, inquietante. Polanski es inquietante hasta cuando da los buenos días. La obra de teatro es un juego de reflejos casi infinito. Se trata de la audición que un director hace a una aspirante para representar un texto, que no es otro que una versión para el escenario de la novela de Leopold von Sacher-Masoch que da título al filme. Es decir, un puzzle de entrecomillados y citas que se devoran. Y copulan.



Y pocos sitios tan apropiados para tocarse, en el más evidente de los sentidos, como los laberintos. Pocos callejones donde un director como el responsable de Cul de sac se pueda sentir más a gusto. Si tenemos en cuenta, además, que la novela del inspirador de la voz "masoquismo", ella misma está inspirada en La Venus del espejo, de Tiziano, podemos afirmar, de nuevo, que pocas películas tan gozosamente copulativas. Por especulares.



Guiada por una sabia y deslumbrante dirección encerrada en un único escenario (un teatro), Polanski se las ingenia para cautivar la mirada siempre pendiente del choque de dos cuerpos, dos miradas y dos textos. En efecto, Mathieu Amalric y Emmanuelle Seigner (no hay más) son a la vez y por turnos todo: actriz y director; amo y esclava; verdugo y víctima; texto y subtexto. Venus y espejo. Venus y Venus. Espejo frente a espejo. Cópula que copula. Y aquí nos paramos que alguien está a punto de manchar algo. Por el mareo, más que nada.