El encuentro con el público del Príncipe de Asturias de las Artes, Michel Haneke en el Teatro Jovellanos de Gijón. Foto: El Mundo

Dice Google que los sabios dicen que el término castellano "homenaje" procede del occitano antiguo "omenatge" y que su uso primigenio se refería al acto ceremonial de rendir vasallaje a un señor, convertirse en sus "hombres", soldados, súbditos. El que ayer se rindió en Gijón a Michael Haneke hizo ciertamente honor a su nombre. Tras escucharse los acordes de piano de uno de los Impromptus de Schubert que ayudan al contrapunto romántico en su multipremiado filme Amor, llegó un breve y delicado discurso por parte del editor alemán largamente instalado en España (y nacido en Palma de Mallorca) Hans Meinke, junto a un breve popurrí de escenas escogidas de su filmografía. Después, el telón, esa emoción de siglos, se alzó, y la multitud de orejas tocadas con audífonos negros que llenaba prácticamente todas las butacas del teatro demostró mediante una sonora ovación su particular juramento de fidelidad, veneración y respeto al señor Michael Haneke, trigésimo tercer premio Príncipe de Asturias de las Artes.



Como bien evidenciaron sus primeras películas, las pantallas le resultan familiares al creador austriaco, guionista de televisión durante tantos años en las décadas de los 70 y 80, antes de convertirse en el autor tardío de una docena de largometrajes cinematográficos hasta hoy. Pero no menos deben de serlo para él los escenarios, hijo como es de dos actores (el alemán Fritz Haneke y la austríaca Beatrix Degenschild), habiendo dado sus primeros pasos como director de teatro y dedicándose desde 2006 a la dirección de óperas como Don Giovanni o Cosi fan tutte de Mozart.



Así, aunque el firme y elegante teatro Jovellanos de Gijón aún andaba algo confuso con las malas vibraciones de la censura en pleno 2013 de una actuación de músico Albert Pla debido a unas libres declaraciones de fobias personales, el homenajeado Haneke no pareció incómodo sobre las tablas ni frente a su entregado auditorio. Rodeado de una escenografía sencilla presidida por un piano de cola escorado y con la protección de cincuenta y dos sencillos tubos fluorescentes blancos que construían las letras de su apellido, Haneke se sentó tranquilamente en su silla Barcelona de piel negra y esperó a escuchar y entender lo que fueran a decirle.



Abrió el diálogo un caballeroso Hans Meinke (miembro del jurado que le ha concedido el galardón), quien tras subrayar la importancia de la música como elemento comunicativo en la filmografía del austriaco, intentó pulsar su opinión sobre la recepción de sus películas en España. Con problemas con el volumen de la traducción simultánea, el realizador apenas contestó que no tenía mucha idea pero que estaba seguro de que mejor que en su propio país. Después Meinke habló con erudición y referencias pictóricas (Antonio Saura, Goya) sobre el arte de la intensidad, de los rasgos ocultos, oscuros, deformes de los seres humanos y cuando le preguntó si había una búsqueda de la revelación radical y desnuda de lo monstruoso y lo vacuo en su cine, Haneke contestó que sí, que era lo más esencial y que cada uno tiene monstruo que sale dependiendo de la situación.



Llegó el turno de Margarita Blanco, profesora de filología alemana de la Universidad de Oviedo y coordinadora de una serie de cineforums sobre toda la cinematógrafia del premiado desarrollados recientemente durante varias jornadas en Asturias. Ella trasladó en sus preguntas temas que habían suscitado debate en esas proyecciones en Oviedo, Gijón y Avilés. A la explicación de la presencia de una violencia singular que sirve para hacer reaccionar contra ella, para agitar e interpelar al espectador no para divertirlo como sucede en gran parte del cine y la televisión actuales, el realizador apenas pudo más que afirmar. Sobre la presencia de simbolismo y alegoría, Haneke en cambio negó efusivamente: "Cada interpretación es correcta. Dejo un espacio muy abierto para que el espectador saque sus propias conclusiones. Si pongo símbolos no ayudo a eso". Y por último, accedió a explayarse un poco más sobre otro asunto planteado por su interlocutora: la falsedad del supuesto conocimiento y comunicación que provoca nuestra conexión a los Media. El mito de la caverna de Platón, las sombras de la realidad, los campesinos actuales que necesitan conocer la situación en la otra parte del globo cuando antes sólo se preocupaban de su terruño, la mediatización de los canales de información. "Creemos que sabemos del mundo porque miramos por pantallas pero esa información es falsa, no es la realidad (...) Eso reduce la capacidad de percepción de las personas".



Quizá éste fuera el último momento en que el homenajeado mantuvo cierta tensión intelectual. Otro momento musical trajo sobre el escenario la interpetación en vivo de una de las piezas musicales de su obra La pianista para violín, violonchelo y piano. Haneke parecía encantado y algo en él indicaba que no quería pensar mucho más, ni hablar del sentido de sus obras, sólo sumergirse en la música. Un breve comentario jocoso al terminar la interpretación musical así lo indicó.



De manera que cuando les llegó su turno, poca fortuna tuvieron los expertos en cine. Las preguntas del ensayista y profesor en la Universidad Pompeu Fabra, Jordi Balló, y del crítico y escritor Jordi costa, comenzaron con tino preguntando (con humor) sobre la escasa presencia de humor en el cine de Haneke, a lo que, entre risas, el austriaco respondió: "Soy muy ahorrador con el humor" y, más en serio: "uso corrientes sutiles de humor en mis películas sólo para ser más realista".



Después, las respuestas del protagonista fueron volviéndose más vagas, más asidas a una humanidad inquebrantable. A la cuestión sobre el efecto benefactor de la provocación en el espectador apenas respondió con un "en general no he buscado provocar", a la existencia de ternura y humanismo, con un "claro", a una pregunta sobre la neurosis y los artistas incómodos en Austria, con un algo molesto "en Austria barremos lo que no nos gusta debajo de la alfombra" y sobre si tiene una idea de Europa, otra cosa sobre procurar que su cine llegue a todo el mundo que se pueda. Hasta que la cosa desembocó en un "mis ideas personales sobre el tema no interesan a nadie", a partir de los interrogantes de Balló sobre el personaje del intruso en su cine, del otro, el extranjero como chivo expiatorio y de la cita de Kavafis "qué será de nosotros sin los bárbaros".



Apenas se había hablado de cine, de su trabajo con los actores, con la cámara, con el guión, pero para entonces el tren llevaba un rato en una vía muerta y daba la sensación de que el merecidísimo trigésimo tercer premio Príncipe de Asturias de las Artes deseaba que las preguntas cesaran para que la música, esa forma universal de comunicación, lo rodeara de nuevo, para escuchar esas dulces corrientes junto a su público en armoniosa comunión. Y así sucedió. El anfitrión, Hans Meike, terminó por darle cuartelillo y una pianista y una cantante interpretaron la pieza operística con la que se abre Funny Games, inundando el teatro en previsión de otra ovación cerrada de cálida y conforme pleitesía.