Antonio de la Torre y Daniel Sánchez Arévalo en un momento del rodaje de La gran familia española

Daniel Sánchez Arévalo, uno de los autores más populares del reciente cine español, estrena este viernes 'La gran familia española', una película en la que el director vuelve a indagar en su terreno predilecto: la familia y sus desvelos




Soy fan de Daniel Sánchez Arévalo. Azuloscurocasinegro es una película fundamental del reciente cine español. Gordos es más complicada e irregular pero consigue, de una forma extraña, llegar hasta la médula de muchas de las obsesiones contemporáneas. Primos, el precedente más claro de esta La gran familia española, es una película sencilla y efectiva, sentimental pero conmovedora. Hasta llegar a su último estreno, La gran familia española, que llega a tropecientas salas a bombo y platillo consolidando a Sánchez Arévalo como autor popular cuyos filmes alcanzan la categoría de evento.



Salí de ver la película con una sensación extraña. Por una parte, hay cosas que el director hace mucho mejor que otros. La familia y sus desvelos siempre ha sido su terreno predilecto. Familias disfuncionales y complicadas, pero felices al fin y al cabo. Y Arévalo se maneja bien reflejando ese universo en el que conviven la ternura y la brutalidad, ese espacio en el que no existen las fronteras y donde el cariño puede justificar, o directamente ampara, las mayores barbaridades. El director también es un buen guionista y muchos diálogos suenan vivaces y elocuentes, también es capaz de crear con breves pinceladas personajes reconocibles y cercanos, que partiendo de un arquetipo logran alcanzar una cierta profundidad.



Todo está "bien hecho" en La gran familia española pero al poco te das cuenta de que algo falla. Y lo que falla es que en una película que pretende emocionar hasta dejarte seco de derramar tantas lágrimas apenas toca una fibra del corazón y por poco tiempo. Y comienzan a salir las costuras. La boda de un chico de 18 años es rara. Los cinco hermanos del filme también se antojan demasiados y a costa de acumular situaciones y dramas personales el filme acaba por no detenerse en casi nada.



Los actores son buenos (Quim Gutiérrez, Antonio de la Torre, el joven Patrick Criado y la siempre explosiva Verónica Echegui) y la química funciona, pero literalmente no tienen tiempo de desarrollar su personaje. El que más sale, el borderline (espero haberlo dicho bien), es el que tiene menos interés. Lo peor, sin duda, es el fallo en el arco temporal de la película, demasiado calculada para que el gol de la victoria en el mundial de la selección llegue en el momento exacto. No puede ser que en un lapso de dos horas y media sucedan cosas que en la vida real llevarían ocho.



Es posible que Sánchez Arévalo haya hecho la película que quería y la que le salía del corazón. Pero uno acaba teniendo la impresión de que todo está demasiado medido, demasiado pensado para agradar a un gran público que el cine español busca con ansias y que no siempre consigue con productos comerciales muy evidentes. Burguesa hasta decir basta, La gran familia española solo da chispazos del verdadero talento de su creador. Le falta sangre, le sobra azúcar.