Javier Cámara y Raúl Arévalo en Los amantes pasajeros. Foto: El Deseo

Con un reparto de ensueño y un guión disparatado, Pedro Almodóvar regresa a los territorios de la comedia desacomplejada con Los amantes pasajeros, que se estrena el próximo viernes. El filme se ofrece como una fábula metafórica de un país en crisis de valores, en el que la corrupción campa a sus anchas. Los personajes excesivos y barrocos pueblan una película radical que solo puede convocar rechazos o entusiasmos.

En todas sus películas, y probablemente de forma más manifiesta en las que ha estrenado en el siglo XXI, pareciera que Pedro Almodóvar siente la necesidad de explicar todo aquello que se esconde detrás de la pantalla, los significados y metáforas internas del filme. Con la claridad y determinación propias de un teórico, el creador manchego explica por qué ha rodado tal escena, qué significa aquello y con qué equivalencias mitológicas y referencias estéticas y cinematográficas ha trabajado. Estas explicaciones, largas y generalmente brillantes, que a la larga se ofrecen como materia complementaria para un pleno discernimiento de sus filmes (cada vez más elaborados y retorcidos, simbólicos, sacudidos por el vértigo de la palabra y el florecimiento de subtramas), encuentran su canal mediante elaborados dossiers de prensa que incluyen textos absolutamente interpretativos.



Quienes se hayan topado con estos textos, pues la mayoría se han publicado en el monográfico de lujo que Taschen dedicó al cineasta manchego, habrán deparado que en ocasiones también están tomados por un componente confesional, como si fueran esos monólogos que pueblan sus películas, en los que un personaje de repente detiene la acción y pone al espectador en antecedentes precisamente para que la acción pueda continuar. (Esto también ocurre, varias veces, en Los amantes pasajeros, cuyo guión de hecho se estructura como una sucesión de confesiones y secretos en voz alta). Almodóvar, al igual que sus personajes, siente la necesidad de explicarse. O al menos de explicar su cine. Sean cuales sean los motivos, que seguramente responden a una mezcla de variadas circunstancias -desde saciar las persistentes demandas de la prensa al deseo de evitar interpretaciones desencaminadas-, lo cierto es que el relato interno puede acabar imponiéndose al relato externo, es decir, lo que alcanza finalmente la pantalla.



Una comedia "irrealista"

En todo caso, si ya las extraordinarias Los abrazos rotos (2009) y La piel que habito (2011) no reclamaban para su disfrute de ningún paraguas intelectual, pues todo estaba ahí para ser admirado, a Los amantes pasajeros da la sensación de que le sobran más que nunca, pues pocas veces han sido tan transparentes y simplonas tanto sus aspiraciones creativas como su lectura de la actualidad. Desde el supuesto contrario, también se podría argumentar que los ríos de tinta no tienen más objeto que el de "hinchar" una película amable por fuera y desencantada, incluso amarga, por dentro, pero de muy cortas pretensiones y carente de proteínas emocionales o estímulos estéticos perdurables. Los amantes pasajeros "no es una comedia realista, ni surrealista, ni neorrealista, sino una comedia irrealista [sic] y metafórica", escribe Almodóvar. La coartada de invocar a la comedia ligera de los años treinta es sin duda pertinente, pues en ella cabía esa necesidad de un gran cineasta (Hawks, Capra, Lubitsch) de apelar al disparate y crear un universo fabulado para satirizar a un país en crisis.



Ese universo fabulado es en Los amantes pasajeros el vuelo de la compañía Península PE2549 (conocida es la debilidad de Almodóvar por los chistes sobre ventosidades, que aquí campan a sus anchas), disparatado microcosmos de una España hedonista y decadente, y donde viaja en clase business una fauna que se quiere aglutinadora de las miserias y mezquindades de una "elite" social que se ha enriquecido al amparo de avaricias y corruptelas.



Desde un estafador de una caja de ahorros en fuga a México a una celebridad de la prensa rosa con planes chantajistas, son todos ellos personajes excesivos y barrocos, prototipos almodovarianos enfrentados a una catarsis. Una negligencia en la pista de despegue de la que somos testigos al principio del filme obliga al avión a un aterrizaje forzoso, que no podrá ser en Barajas, por saturación de vuelos, sino en un aeropuerto fantasma en la Mancha... "uno de los diecisiete aeropuertos españoles sin uso ni sentido", escribe Almodóvar. No cesan aquí las equivalencias metafóricas del relato con el diagnóstico moral de nuestro país, abocado a una situación de pánico pero aparentemente despreocupado. En el vuelo Península solo la clase pudiente es informada del problema: el comandante ordena narcotizar a los viajeros de clase turista para evitar protestas y altercados.



Hay que admirar una vez más la azconiana capacidad de Almodóvar para sintetizar un país entero en unos pocos elementos, para imaginar historias que actúan como poderosas alegorías de la actualidad. En todo caso, el verdadero protagonismo de esta comedia claustrofóbica y multitudinaria, con un plantel de actores envidiable -Javier Cámara, Antonio de la Torre, Lola Dueñas, Raúl Arévalo, Carlos Areces, Cecilia Roth, Hugo Silva, Miguel Ángel Silvestre, Guillermo Toledo, Paz Vega... y los cameos de Antonio Banderas, Penélope Cruz o Carmen Machi-, le corresponde a la tripulación del vuelo, todos de orientación homosexual, que se resiste a claudicar al pesimismo a pesar de la grave situación, y se propone entretener a los ‘pasajeros-business' para olvidar las angustias. Apelando a la incorrección frente a las normas establecidas, se impone la entrega hedonista y desprejuiciada, que da lugar al mejor tramo de la película, un número musical de los azafatos coreografiado para la cámara.



Almodóvar es plenamente consciente de que en tiempos de corrección política la subversión ya no pasa por filmar los cuerpos desnudos o las felaciones que desfilaron por sus películas, que hace muchos años que las contorsiones del sexo se convirtieron en el cotidiano del cine y la televisión. La subversión habita ahora quizá en aquello que se piensa y se dice. Los amantes pasajeros es en este sentido un filme desacomplejado en la palabra pero extremamente pudoroso en la imagen, de manera que ni siquiera una orgía merece un tratamiento carnal, sino que el autor de La ley del deseo (1987) prefiere filmarla con exquisito pudor, con elegancia formal, bajo un jazz envolvente... La actitud provocadora queda ceñida a los diálogos, a la descripción, por ejemplo, de las debilidades sadomasoquistas del mismísmo Jefe de Estado.



La tentación del esteta

No es una novedad en todo caso que el cine del manchego se ha ido higienizando al compás de su madurez. Siempre que la belleza pueda convocarse, cede a la tentación del esteta, encontrando los significados a través de las formas. Sea en el rostro de una actriz (como hizo con Penélope Cruz en Volver, con Elena Anaya en La piel que habito, con Lola Dueñas ahora) o en la estilización de cada encuadre y cada color, que de nuevo, en la primera película que filma en digital, deja en manos de José Luis Alcaine. También su instinto cómico pasa por un proceso de depuración que no le teme a los naufragios, buscando quizá ese post-humor, de raíz Muchachada Nui (y el protagonismo de Carlos Areces debe tener algo que ver al respecto), que prendió la revolución en la pequeña pantalla y cuyo objetivo posiblemente no pasa tanto por despertar la risa como por provocar la incomodidad y la perturbación.