Jessica Chastain es Maya en La noche más oscura

Tras la oscarizada 'En tierra hostil', Kathryn Bigelow estrena el nuevo año de nuestra cartelera con 'La noche más oscura', una escrupulosa y minuciosa puesta en escena de los hechos que rodearon la captura de Bin Laden.

La crónica de una venganza. ¿Existe algo más tradicionalmente norteamericano? Cuando ese relato extrae todo su arsenal dramático de lo que llamamos "realidad", de las heridas y frustraciones de la nación más poderosa (y debilitada) del mundo, cuando ese relato opera alrededor de un villano invisible, Osama Bin Laden, y un conocido happy end, ¿hasta qué punto puede cerrar cicatrices y mitigar el dolor?



Kathryn Bigelow parece partir de la base de que el proyecto más controvertido, accidentado (el asesinato de Bin Laden aconteció con la producción ya en marcha) y morboso en salir de la factoría norteamericana en muchos años, no solo está llamado a entregar al público esa película de venganza que el relato gubernamental nunca quiso enseñarle, sino que también debe encerrar entre interrogantes algunos de sus procedimientos, acaso darle forma al misterioso contraplano de la famosa fotografía que capturó el espanto (o el resfriado) en los gestos de la señora Clinton.



Tras el inesperado éxito de la oscarizada En tierra hostil (2010), donde tomó la medida a los cuerpos de elite del ejército estadounidense, Bigelow salda su responsabilidad con la tensión de un docudrama periodístico-especulativo centrado exclusivamente en la investigación del FBI encabezada por la agente Maya (Jessica Chastain), heterónimo de la heroína solitaria y obsesiva al frente de la búsqueda y captura del archienemigo del mundo occidental. Como sabemos, la caza que se prolongó durante casi una década no fue ningún paseo para los cuerpos de inteligencia. Extraordinariamente frustrante, demandó obscenas cantidades de dinero y recursos humanos, amén de toda suerte de estrategias de desgaste. El hombre que había derribado las torres de Nueva York y atacado el Pentágono adquirió una forma espectral, el huidizo estatuto de un fantasma a quien la película, en consecuencia, nunca le concede rostro.



La noche más oscura abre al negro de los mensajes telefónicos de las víctimas ante su inminente final, como hiciera A. González Iñárritu en su pieza para el filme colectivo 11'9"01 (2002). El corte que sigue se traduce en dos años de duelo y búsquedas infructuosas. El espectador es entonces arrojado a los espacios de un hangar donde el sobrino de Bin Laden es torturado en busca de pistas que conduzcan a su paradero. Será solo la primera de sucesivas secuencias similares, en las que Bigelow asume con escrupulosa minuciosidad su labor de instaurar en hecho cinematográfico los rincones oscuros de la caza de Bin Laden, asumiendo entre otras incomodidades la representación gráfica de las prácticas de tortura (y son tan crudas y explícitas como las que imaginara la serie 24). En contraste, el inserto de una entrevista televisada en la que el presidente Barack Obama niega cualquier práctica aberrante irrumpe como la única (relevante) concesión del filme al discurso político.



Arma ideológica

¿Hasta que punto asume La noche más oscura su condición de arma ideológica? ¿Justifica o condena aquello que pone en escena con tanta frialdad atmosférica y energía cinemática? La ambigüedad política de un relato ceñido a las fuerzas militares no cesa de recordar a Fort Apache (1948) o La legión invencible (1949) de John Ford, donde las retóricas de patriotismo y heroísmo emergían apenas como una fina capa de barniz sobre la conciencia crítica. La obsesiva investigación de la agente Maya, minada de pistas falsas y contradictorias, apela por su parte a la que emprende Jake Gyllenhaal en Zodiac (2007). Si el filme de David Fincher narraba, también a partir de una pesquisa real, el proceso malogrado de una larga y obsesiva identificación, La noche más oscura avanza asimismo hacia una "certeza sin evidencias", en la que la presencia de Bin Laden, incluso cadáver, siempre nos es hurtada. No podría ser de otro modo.