Daniel Craig, el agente 007, en Skyfall, de Sam Mendes

Protagonizada por Daniel Craig y Javier Bardem, y dirigida por Sam Mendes, la última entrega de James Bond, Skyfall, mira de reojo al Batman de Christopher Nolan para completar un ciclo perfecto.




Desde su más tierna infancia, Bond fue la mortecina imagen de todo aquello que las mentes groseras entienden por lujo, riesgo y exotismo. Siempre empeñado en el "peluco" más grande, la pistola más larga, el coche más rápido y la rubia con más pecho. Un hortera. Es decir, un regalo para cualquier psicoanalista en prácticas. Y, de ahí -de su fijación en la fase oral- su éxito dentro de una sociedad fundamentalmente primaria en la administración y consumo de placeres.



Ian Fleming, su creador, tuvo claro que no escribía para los suyos. En su universo cultivado y elitista, él era un impostor. Simpático y ocurrente, pero intruso al fin y al cabo. Y, sin embargo, para los "turistas pobres" que se acercaban a sus novelas en busca de una experiencia nueva, pero de apariencia real, él era la puerta de entrada a un paraíso de deseo lejano, seductor y casi irrenunciable; un "resort" de universos lúdicos y simples; agitados, no removidos.



Por todo ello, sus novelas gozaron de un éxito inmediato y la necesidad de llevarlas a la pantalla se hizo perentoria. Desde que Agente 007 contra el Dr. No fuera rodada en 1962 hasta Skyfall han pasado 50 años y en ese medio siglo el impenitente y envidiado follador (con perdón) que siempre fue el agente 007 ha conseguido completar un ciclo que, ahora sí, se puede llamar perfecto.



Durante mucho tiempo se dudó de la capacidad de James Bond para sobrevivir a una realidad cambiante y sin guerras frías; un universo en el que los espías dejaron de correr de un lado a otro, para fijar de por vida su residencia delante de la pantalla de un ordenador.



¿Cómo superaría la prosa de Fleming un mundo tan prosaico? Al fin y al cabo, el escritor aprendió a ser un narrador detallista con una capacidad innata para trenzar tramas de manera ingeniosa y fluida en escenografías extrañas, abigarradas y cuidadas hasta la extenuación, en ciudades y espacios que conjugaban el exotismo y la fiebre tecnológica. ¿Dónde quedaría todo esto en la reducción vía Google del globo?



Pese a ello, el agente más ridículamente machista no tuvo dificultad en arrastrarse por las décadas que siguieron a la caída del muro transformado en un siempre irónico y feliz Pierce Brosnan. Al fin y al cabo, el problema no era geoestratégico, sino de administración del placer. Y ahí no hemos cambiado tanto, pese a lo que lo haya hecho el mundo. El territorio de Bond, tal y como lo creó Fleming, es violento, maniqueo y lo suficientemente ambiguo para seducir. Procaz, vulgar y simple. Perfecto sabedor de los resortes del deseo, sus novelas gozan del privilegio de un falso realismo: todo es una exquisita mentira. Sólo el deseo, que no la razón, se reconoce en ese mundo de lujo, mujeres fáciles y perfectas, y "gadgets" increíbles. La viva imagen de la sofisticación tal y como se la imaginaría un "reality show".



Ahora, en manos del director de American Beauty, Bond aprende la lección de Christopher Nolan en El caballero oscuro de la misma manera que Martin Campbell en Casino Royale tomó nota de lo conseguido por Paul Greengrass en la saga Bourne. De repente, los héroes aprenden que el oficio de héroe es el más triste, cruel y absurdo de los oficios. Se trata, en definitiva, de modernizar el mito; de hacer que éste tome conciencia de su lugar en la historia del placer; de conseguir que Bond / Daniel Craig se dé cuenta, por fin, de lo ridículo, viejo y hortera que siempre ha sido. Es más, ya ni folla (con el mismo perdón de antes).



Y así, Mendes somete al agente 007 a una delirante y gozosa sesión de psicoanálisis en el que no es menor el papel de un villano (el gran Javier Bardem) convertido ahora en alter ego, que no simple némesis, del héroe británico. Bond vuelve a nacer para trascender la fase oral. Se cierra el círculo; el círculo del placer.