José Luis Cuerda

José Luis Cuerda es capaz de lo mejor y lo peor. Lo mejor son grandes películas como El bosque animado (1987), Amanece que no es poco (1989) o La lengua de las mariposas (1999). De lo peor, me temo, es Todo es silencio, película encargada de inaugurar, con más pena que gloria, la 57 edición de la Seminci. Ambientada en esa Galicia ochentera del tráfico de drogas y la corrupción y basada en una novela de Manuel Rivas, la película carece de ritmo, de gracia y de la más mínima imaginación. Hay escenas sonrojantes, como ese final pretendidamente trágico tan mal rodado que provoca verdadero pavor o un Juan Diego tan mal dirigido que da rienda suelta a todos sus tics de forma harto insoportable. Lo más sorprendente de la película es que carezca de la más mínima emoción ni drama. Da la impresión de que el propio director no se cree lo que está contando y es todo tan plano y tan convencional que no hay por donde cogerlo, literalmente. Destaca la sólida interpretación de Celia Freijeiro en su papel de Leda, que cierra triángulo amoroso con Miguel Ángel Silvestre y Quim Gutiérrez, dos amigos de la infancia que se reencuentran como adultos, uno como policía, el otro como contrabandista.



Hannah Arendt, regreso al cine de la muy prestigiosa Margarethe Von Trotta, cuyo cine desconozco, ofrece una película tan interesante como, a la postre, fallida. El filme cuenta lo que sucede cuando la filósofa, discípula del brillante pero ominoso Heidegger, escribe un reportaje para el New Yorker sobre el juicio en Jerusalén al repugnante Eichmann y se inventa ese concepto tan verdaderamente profundo de la "banalidad del mal". Rodada como un telefilme de lujo, plano, contraplano, e iluminación soberbia, el filme se equivoca, de forma rotunda, al querer que el espectador inmediatamente se posicione al lado de Arendt al ensalzarla como voz de la razón contra los prejuicios y la sinrazón y presentarla como una víctima. El problema es que lo hace sin profundizar en el hueso del asunto, no en la "banalidad del mal" y en su certera observación de la estupidez y mecánica de la aniquilación, sino en su ciertamente atrevida y perturbadora observación de que los judíos fueron en parte culpables de su propio exterminio. No basta con partir del tópico de "el mundo es malo y los que dicen la verdad son castigados" cuando se trata de defender una opinión tan controvertida ni de asumir que todo el mundo conoce a fondo las ideas de Harendt, cuando uno defiende algo así está obligado a explicarlo hasta el final (¿se refiere Harendt a que los judíos no entendieron o supieron calibrar el Mal que se cernía sobre ellos o quiere decir que realmente buscaban su autoaniquilación?) y la película no lo hace. Estoy seguro de que a la brillante pensadora no le habría gustado un filme excesivamente "partidista" que anula lo que precisamente ella defendía, la dificultad para entender la verdad, los peligros del victimismo y cómo la indignación, incluso la más justa, puede ser sinónimo de odio e irracionalidad.



Lo mejor ha sido Barbara, otra película alemana, de Christian Petzold. Ambientada en los años 80, en los estertores del pavoroso régimen comunista que dominaba el Este de Alemania, cuenta la historia de una entregada médico que abomina del país en el que vive y sueña con huir al Oeste con su amante. Por su camino se cruza un atractivo doctor que hará tambalear su mundo. Hay dos cosas muy buenas en esta película irregular, una es su contundencia a la hora de denunciar los terrores de cualquier totalitarismo, del signo que sea. Otra es su profunda observación sobre la ética de los médicos y la belleza que uno percibe al identificarse con esas personas entregadas a nuestra supervivencia. Petzold describe y muestra el trabajo de esos profesionales con sensibilidad y respeto. El final feliz es un tanto forzado y es probablemente culpa de la deficiente interpretación de la protagonista, cuyo hermetismo y frialdad hacen difícil de entender su generosidad y grandeza del final.



Es una pena que Woody Allen: A Documentary, de Robert W. Beide, sea tan malo. Es una pena sobre todo porque el cineasta permite al director un acceso a su intimidad que podría haber dado mucho más de sí. Uno comprueba que Allen vive en una casa maravillosa muy parecida a las que salen en sus películas y tiene su gracia ver su dormitorio, tan jodidamente clásico, o enterarse de que escribe a máquina sus guiones y los edita grapando los mejores fragmentos. Toda película necesita un centro, o un tema, y la linealidad con la que el documental construye su relato carece del menor interés. Aburrido y largo como una mala cosa, es sencillamente malo.