Ricardo Darín y Pablo Trapero durante el rodaje de Elefante blanco.

Un drama social en uno de los barrios más depauperados de Buenos Aires protagonizado por un cura de apostolado social. El Cultural conversa con Pablo Trapero y Ricardo Darín, director y protagonista del filme.

Nadie se lo esperaba. Frente al desasosiego generalizado y las incertidumbres futuras, el público pide comedias, frivolidades, platos ligeros que alimenten su ocio. Y sin embargo, un drama tan duro y realista como Elefante blanco escaló al primer puesto de la taquilla en su estreno argentino tras su presentación en Cannes. Allí se ha mantenido hasta hoy, que llega a salas españolas. "Los productores querían algo más tolerable, pensaban que la película era muy oscura y que la gente ya no quiere ver tristezas -recuerda Pablo Trapero (Buenos Aires, 1971)-. Por eso me alegra especialmente que el público haya sentido la necesidad de conocer qué ocurre en esos rincones de la sociedad de los que nunca queremos saber nada, aunque sepamos que están ahí, bajo los rascacielos del capitalismo".



Rincones lúgubres que cobijan inframundos como el de la Villa 31 de Capital Federal, donde el padre Julián, un sacerdote católico, desempeña su apostolado social con grandes dificultades pero manifiesta vocación. "Este papel me ha enseñado a dudar de mi falta de fe -explica Ricardo Darín (Buenas Aires, 1957)-. Yo soy escéptico por naturaleza, pero me di cuenta de que la gente que no tiene nada emplea su fe como instrumento de supervivencia. ¿Hasta qué punto tengo derecho a dudar de la fe ajena?". En un gigantesco reducto de marginalidad, con la ayuda de un sacerdote belga recién llegado (Jérémie Renier) y de una asistenta social (Martina Gusman), tres quijotes sociales emprenden un viaje por el infierno del barrio, controlado por las bandas de narcotráfico, sumido en fangosos intereses administrativos, amenazado por políticas de desahucio, por la corrupción y la gangrena de la violencia... "Hay que sumar que la película es en gran medida una historia sobre varias personas atravesando una crisis de fe. No solo espiritual, sino humanista, de pura creencia en el ser humano. ¿Es posible cambiar las cosas? Esa era una gran cuestión de partida", añade Trapero.



Elefante blanco toma su título de la estructura fantasmagórica del que pudo haber sido el hospital más grande de América Latina, cuya construcción empezó en 1938, pero que la desidia de los distintos gobiernos acabó entregando al olvido. "Desde las clases dirigentes a la clase media, todos hemos apartado la mirada de esos lugares, como si nos diera vergüenza: no hemos querido ver", explica Darín. La mole gigantesca del hospital inacabado es el contexto en el que transitan las criaturas del filme, relegadas al último puesto de las prioridades sociales, declaradas de algún modo elementos prescindibles del sistema. "El 95% de las personas que viven allí son trabajadores que quieren defender a sus hijos -sostiene Trapero-. La burguesía, en la que me incluyo, nos hace suponer que la villa es sólo un caldo de cultivo de delincuentes, y eso es una injusticia". Los vértices del conflicto social son la pobreza, el narcotráfico y la presión policial, y en el centro del triángulo Trapero coloca a tres personajes que han decidido dedicar su vida a la ayuda de los otros. "La persona en la que me inspiré para la película, el padre Carlos Múgica, murió asesinada a balazos. Es fácil caer en el pesimismo, pero yo he buscado un tono en el que una misma situación pueda verse como desazonante o como esperanzandora", afirma el director.



Encuentros con lo real

A su modo, las distintas villas de Capital Federal donde se rodó la película han significado para Trapero lo que los barrios de la droga de Baltimore para David Simon. Y es que tanto The Wire como Elefante blanco construyen sus historias ficticias a partir de los encuentros con lo real, donde las calles y bloques de edificios del barrio ejercen de gigante estudio cinematográfico. "La película es un cruce entre el mundo fabulado y la realidad que describimos -explica Trapero-. Lo que me gusta del cine es ese choque entre lo que existe y lo que imaginamos, que considero inevitable. Este tipo de películas, por las que siempre he apostado, se enfrentan justamente a un desafío especial, porque cuanto más sensación de verdad quieres conseguir en la pantalla, más construcción y trabajo formal tienes que hacer previamente. Es contradictorio, pero es así". Inapelable ley del cine: a la verdad se llega desde el artificio. "Se necesita una hiperplanificación agobiante para que el espectador sienta que todo fluye naturalmente".



Esa fluidez queda encapsulada en el extroardinario arranque del filme, un largo plano-secuencia en el que los personajes recorren la topografía de Villa Miseria. El proceso de inmersión es automático. De hecho, el plano-secuencia en movimiento, filmado desde la altura de los ojos de los personajes -"porque descubrimos y nos enfrentamos a esa dura realidad junto a ellos", apostilla Darín-, es el núcleo formal de Elefante blanco. "La idea era que la cámara y la puesta en escena no conspiraran contra la verdad de cada secuencia, pero que al mismo tiempo no cayéramos en la estética de un noticiario o un documental", sostiene Trapero. El trabajo con los habitantes del barrio ha sido fundamental en el proceso. "Para ellos significaba ser parte activa del relato de su propia experiencia -comenta Darín-, y sintieron la película como una oportunidad, como un proyecto integrador". Allí donde los niños duermen junto a las ratas y las estructuras del narcotráfico están instaladas en las venas de la sociedad, un equipo cinematográfico instaló sus bártulos para ofrecerse como comentarista de la realidad, pero también como una válvula de escape ante la opresión social. "Vengo buscándolo desde hace tiempo en mi cine: congregar delante de la cámara toda la espontaneidad de personas reales y la experiencia de actores profesionales", sostiene Trapero.



Como casi todo en el cine, lo más difícil fue tomar distancia. Y Pablo Trapero, uno de los cineastas del Nuevo Cine Argentino más dotados para la descripción de ambientes -como ha demostrado en Mundo grúa (1999), El bonaerense (2002) o Leonera (2008)-, ha resuelto el envite huyendo de las dos lacras fílmicas que suelen echar a perder este tipo de cine de corte social. Por un lado, evita juzgar las situaciones y los personajes que pone en escena -"estamos hablando de tipos que son muy necesarios y luminosos, pero están lejos de ser perfectos, son seres humanos con sus dudas y sus errores", dice Trapero-; por el otro, se aparta por completo de la estetización de la miseria. "Si filmas la pobreza desde tu mirada pequeño-burguesa siempre lo vas a hacer con cierta condescendencia, subrayándola o apelando a la plasticidad estética, pero cometes un grave error. La miseria es subjetiva y hay que despojarse de prejuicios y de reclamos morbosos", concluye el director. Si Carancho (2010) despertó entusiasmos por su habilidad para combinar el realismo social y el cine de género, Elefante blanco va un paso más allá. Nos abre una ventana a esos inframundos de los que apartamos la mirada.