Jake Gyllenhaal y Duncan Jones durante la presentación de la película en Madrid. Foto: AP

Un hombre normal en una situación extraordinaria se sienta frente a una bella desconocida en un tren. Un clásico. Como en una de Hitchcock pero pasado por el filtro de Duncan Jones. Y lo del filtro, o la huella, tiene su gracia, porque hablamos de un cineasta que firma con Código fuente su segunda película y su segunda aportación a una nueva forma de ver la ciencia ficción que encuentra en el menos es más su arma. Y ahí está su estilo. Como en Moon, su ópera prima, aunque contada de una forma más moderna y ágil, esta nueva película que aceptó por un apropiado encargo se centra en un personaje que vive a la merced de la autoridad y que duda sobre su identidad, inmerso como está en un macabro juego militar por el que tiene que deslizarse una y otra vez en el tiempo hacia los ocho minutos que preceden un atentado en un tren para encontrar al terrorista.



Pero si en Moon, más allá del homenaje a la ciencia ficción de los setenta, la clave estaba en los laberintos de la conciencia del astronauta protagonista, Código fuente alcanza su cima en una estructura narrativa que Jones ha conseguido repetir incesantemente sin que al espectador le resulte pesada. Grueso collar de plata, pelo cuidadosamente despeinado y algún kilo más que la última vez que lo vimos por España (allá por el Sitges de 2008, donde acaparó todos los premios) el hijo de Bowie -aún se da un par de películas para dejar de serlo- nos cuenta cómo consiguió aportar frescura a una narración que se reproduce una y otra vez: "Cuando leí el guión por primera vez me resultó entretenido e interesante. En la segunda lectura ya lo miraba como futuro director y empecé a pensar a hacer algo parecido a lo que Michael Gondry hace con sus vídeos musicales. Se trataba de ir variando cada regreso al Código Fuente a nivel visual, y al mismo tiempo de asegurarme de que a nivel narrativo ocurría algo distinto, de que los personajes experimentaban algún tipo de evolución perceptible para el espectador. Luego, al juntar todos los cortes, tenías por fin esa sensación de frescura".



También le dio algún toque al guión, -"todos los directores lo hacemos"- y se apoyó en ocasiones en su protagonista, el actor Jake Gyllenhaal, que entró en el proyecto antes que él: "Se nos iban ocurriendo cosas sobre la marcha. El guión funcionaba muy bien ya de por sí, pero quizá lo que más me preocupaba era el tono, que al principio me resultaba muy serio. Mi manera de personalizarlo fue aligerándolo con algunos elementos de humor que eran imprescindibles para que el público aceptase unas reglas que eran muy complejas, para que viniera con nosotros una y otra vez al tren".



Curioso que haya sido Gyllenhaal el actor elegido para este papel. Primero, porque ya hizo de soldado americano (en Jarhead, 2005); segundo, porque ya viajó en el tiempo con Donnie Darko y sus hordas de fans que lo convirtieron en actor de culto, y tercero porque en su vida personal ha dejado patente su proximidad al pensamiento budista. También presente en la entrevista en Madrid, el suave Gyllenhaal se expresa de este modo en torno a los viajes en el tiempo: "Creo en la conciencia y en el subconsciente colectivo y pienso que somos capaces de viajar en el tiempo a nivel emocional. Muchos periodistas me preguntan qué le pasa al protagonista al final de la película. Duncan dice que está muerto, yo creo que ha renacido. Hay un poco de las dos filosofías en esta historia".



El ex estudiante de filosofía Duncan Jones lo contradice: "Comprendo hasta cierto punto las reglas teóricas de los viajes en el tiempo, pero para mí esto es ciencia ficción. Y hay dos tipos de ciencia ficción, una dura y otra blanda y más fantasiosa. A mí me interesa es la primera, en la que se muestra el mundo tal como es pero introduciendo elementos que, de pronto, pueden transformarlo", ataja el cineasta, que ha reconocido entre sus influencias a Philip K. Dick y a J. G. Ballard, precisamente un maestro en el asunto de mostrar realidades similares a las nuestras que sólo mediante un elemento se alteran radicalmente. "La posibilidad de los viajes en el tiempo y la realidad paralela tienen unas reglas muy complejas, pero mi trabajo es mostrarlas como si yo las entendiera y creyera en ellas", se ríe.



Sobre a su estilo minimalista, asegura Jones que no tiene inconveniente en hacer películas más grandes, "incluso al aire libre", bromea en torno al parecido de los dos títulos de su filmografía, pero a la vez se siente feliz de que los productores lo viesen capaz para acometer esta película donde la clave está, asegura, en la relación del público con el protagonista: "Hay mucha gente que puede sentirse identificada con el sometimiento de John a la autoridad, es muy difícil ser individuo hoy día. La identidad es un concepto fascinante porque es subjetiva: yo me veo de una forma, tú me ves de otra. Es el conflicto más esencial de todos los que hay", amplía.



Remotamente, el cine de Jones comparte características con los títulos españoles Cronocrímenes, de Nacho Vigalondo, y Enterrado, de Rodrigo Cortés. A él estos dos cineastas ni le suenan, tampoco quiere oír de parecidos remotos con títulos como Atrapado en el tiempo, así que habla de su gran referente para este trabajo, Hitchcock: "Me vino a la mente en cuanto leí la historia. No me gusta robar, pero si lo hago, quiero que la gente sea consciente de que lo estoy haciendo. Por su parte, Gyllenhaal nombra a en este sentido a Con la muerte en los talones, sobre todo en su momento preferido de Código fuente, cuando su personaje descubre su destino: "A partir de ahí, cuando hago el siguiente viaje en el tiempo, ya cambio, empiezo a tomar el control".



Este cambio es fundamental en su personaje, que tiene una doble vertiente: una primera, en la que está encerrado en una cápsula ajeno a lo que de verdad sucede y donde un equipo militar le da órdenes, y la otra en la que es obligado a actuar dentro del tren para descubrir al terrorista: "Me lo planteé como dos personajes diferentes. El John de la cápsula está como en el vientre de la madre, es un personaje muy infantil, muy primario. El otro John, el del tren, se enfrenta a la realidad de la vida, a la tragedia una y otra vez, tiene un proceder más adulto". Asociado desde sus inicios al cine independiente y feliz de trabajar en este tipo de proyectos, confiesa el intérprete que cada vez es más fácil que se hagan películas pequeñas que cuenten una buena historia y que, además, tengan su público. "Me siento afortunado de haber trabajado en una película como esta, y de que en este momento histórico en el que suceden tantas cosas puedan hacerse películas así".