Aldoux Huxley visto por Ángel Uzkiano para La situación humana (Página Indómita)

¿Influye la genética a la hora de crear talentos científicos? Sánchez Ron no responde a esta pregunta pero sí aborda el caso de algunos investigadores como Darwin, cuyos antecesores fueron grandes talentos. Incluso su descendencia. El caso de Aldous Huxley también sirve de curioso paradigma.

No son demasiado frecuentes, mucho menos que en dominios como la industria o la banca, pero en el ámbito de las ciencias se han dado sagas familiares; esto es, hijos o nietos de científicos eminentes que también se distinguieron, no necesariamente tanto como sus antepasados, bien en el mismo campo o en otros ajenos a la ciencia. Semejante hecho no ayuda a esclarecer el antiguo problema de "Naturaleza (o genes) versus Crianza": ¿somos lo que somos por la herencia genética que hemos recibido, o por la educación que nos han dado? Y no esclarece esta pregunta, con evidentes implicaciones sociales, porque aunque supongamos que la descendencia de una persona eminente ha recibido "buenos genes" es posible que esos genes no fueran los responsables de sus logros, sino la educación que recibió, que en tales casos suele ser mejor que la del ciudadano "medio".



Me apresuro a decir que, en cualquier caso, eso de "buenos genes" plantea muchos problemas: la herencia genética es un batiburrillo que esconde muchos secretos e incertidumbres y en la que establecer firmes relaciones causales es arriesgado. Pero sea como sea, el hecho es que en el campo de la ciencia aparecen algunos buenos ejemplos de esas sagas familiares. Dos de ellos, entre los que existe además alguna relación, me son bien conocidos. El primero es el de Charles Darwin, quien sin duda dispuso de magníficas oportunidades para educarse, aunque no las aprovechase todas, pero cuya posición social le ayudó mucho inicialmente (esto de "las relaciones" es importante también a la hora de evaluar la importancia de "la Naturaleza"): sin los contactos que consiguió en la elitista Universidad de Cambridge no hubiera tenido la oportunidad de embarcarse en el famoso viaje en el Beagle, un periplo de casi cinco años que le cambió la vida, haciendo de él el científico que terminó siendo.



Su padre, médico y hombre de negocios, y su abuelo, el polifacético Erasmus Darwin, también médico, además de naturalista, poeta y yo qué sé cuántas cosas más, fueron hombres educados de cierta distinción (Erasmus fue, además, un pionero de la idea de la evolución de las especies). Y no olvidemos a su madre, Susannah, miembro -como también lo fue su prima carnal Emma, con quien se casó-, de la famosa dinastía de los ceramistas Wedgwood. Tres de los hijos de Charles y Emma llegaron a ser miembros de la Royal Society: George, astrónomo, fue catedrático de la Universidad de Cambridge; Francis, un botánico notable, que colaboró estrechamente con su padre; Horace, un ingeniero que fundó la empresa Cambridge Scientific Instruments y fue alcalde de Cambridge. Y aunque sin llegar a ser miembro de la Royal Society, pero sí dejando un legado en estadística, se encuentra otro de sus hijos, Leonard, maestro del gran biólogo evolutivo y estadístico Ronald Fischer. Y aún podríamos seguir la saga citando al físico teórico Charles Galton Darwin, hijo de George, quien se codeó con los principales responsables de la creación de la mecánica cuántica y llegó a ser director del Laboratorio Nacional de Física británico.



Pero si me he parado a pensar en estas sagas científicas ha sido por la reciente edición de un libro del escritor Aldous Huxley (1894-1963), La situación humana, publicado por Página Indómita (2018), que a su vez me llevó a otro del mismo autor publicado el año anterior por la misma editorial: Literatura y Ciencia. Ya conocía este libro, del que en alguna ocasión he citado pasajes como: "El mundo del que trata la literatura es aquel en que los seres humanos nacen, viven y finalmente mueren, el mundo en el que aman y odian, en que experimentan el éxito y la humillación; el mundo de la esperanza y la desesperación, de los sufrimientos y las alegrías, de la locura y el sentido común, de la estupidez, la astucia y la sabiduría; el mundo de las presiones sociales y los impulsos individuales, de la razón contra la pasión, de los instintos y las convenciones, de la lengua compartida y el sentimiento y la sensación incompartibles". Por el contrario, añadía Huxley, aunque "el científico habita el mundo polifacético en el que el resto de la raza humana vive y muere, como químico profesional, o como físico o fisiólogo, es un habitante de un universo radicalmente distinto, el del mundo de las estructuras inferidas y no del universo de las apariencias dadas; del mundo de las regularidades cuantificadas, y no del mundo percibido de los acontecimientos únicos y las cualidades diversas".



Podemos estar o no de acuerdo con Aldous Huxley (yo no del todo), pero de lo que no hay duda es de que poseía referencias de primera mano, ya que formaba parte de una familia en la que la ciencia desempeñó un papel central. Su abuelo fue un célebre biólogo evolutivo y paleontólogo, Thomas Henry Huxley, el mejor defensor de la Teoría de la Evolución de las Especies de Darwin, y un hombre de extensa cultura y acerada pluma, recordado por muchos por haber acuñado, en 1876, el término "agnosticismo". Su padre, Leonard, fue un importante escritor y editor, su hermano Julian y su hermanastro Andrew biólogos distinguidos; Julian fue, además, un magnífico divulgador científico y el primer director de la UNESCO, mientras que Andrew recibió el Premio Nobel de Medicina en 1963.



Ejemplo paradigmático de la alianza entre ciencia y literatura que, al menos en parte, refleja lo recibido por Aldous de su familia, es su libro más recordado: Brave New World (Un mundo feliz, 1932), en el que se describe un mundo futuro formado por castas inmutables, fruto del progreso en los campos de la biología, la psicología y la fisiología. Afortunadamente, no parece que los Betas, Alfas, Alfas Pluses o seres subhumanos que imaginó vayan a realizarse; la ciencia biológica-molecular camina por senderos diferentes. Distinta es otra de las posibilidades sobre las que alertó: la eugenesia, aunque, claro, no la llamaremos así, sino "mejora del acervo genético". Pero, ¿de cuántos, de quiénes? l