Blue bird, ilustración de la naturalista Susan Fenimore Cooper

Con motivo de la publicación del libro El país de los pájaros que duermen en el aire, de Mónica Fernández-Aceytuno, Sánchez Ron se detiene en algunas de las naturalistas más importantes de la historia, como Edith Holden, Rachel Carson o Susan Fenimore Cooper.

Como antiguo físico teórico, siento especial querencia por contemplar el mundo, la naturaleza, desde el punto de vista de las leyes que rigen el comportamiento de los “objetos” y de los fenómenos que se dan en él. Creo que no existe logro mayor que expresar esas leyes en forma matemática, algo que, dicho sea de paso, me plantea -al igual que a muchos otros- el problema de por qué el mundo es matemático en un sentido profundo. Como carezco de una educación musical, no puedo escuchar en mi mente la, digamos, 5ª sinfonía de Beethoven leyendo su partitura, pero sí soy capaz de disfrutar de otro tipo de placer, estético e intelectual (del que me enorgullezco): “escuchar” la música de la armonía del cosmos que atesora la Teoría de la Relatividad General que Einstein completó en 1915, leyendo sus ecuaciones. Aunque sus dominios sean muy diferentes -pero unidos porque en ambos casos su hogar es el cerebro humano-, tanto Beethoven como Einstein produjeron obras de arte mayúsculas.



Tal vez sería maravilloso -al menos para determinados científicos- poder comprender la Naturaleza en base a relaciones matemáticas imaginadas por mentes humanas, pero esa Naturaleza, el cosmos, nos sorprende constantemente; no podemos recrearlo en nuestro cerebro como si se tratara de un conjunto de estructuras obligadas por la lógica. La historia de la ciencia me redimió de la miopía de dar un protagonismo desmedido a la ciencia teórica; me enseñó algo, por otra parte trivial, pero que, deslumbrados por figuras tan imponentes como Newton, Gauss, Einstein o Heisenberg, a veces olvidamos: el papel esencial de la observación y de los experimentos. Sin instrumentos, laboratorios o trabajos de campo, la ciencia no habría llegado a ser lo que es, ni podrá continuar progresando en el futuro.



Hasta aquí nada que deba sorprender, pero ahora quiero referirme a otra dimensión de la Naturaleza, una a la que no suelo referirme en estas páginas, pero que no deberíamos olvidar nunca: la contemplación y disfrute estético-emocional que produce esa Naturaleza, tal como se manifiesta en nuestro planeta, la Tierra. Un libro publicado recientemente me ha vuelto a hacer patente este hecho: El país de los pájaros que duermen en el aire (Espasa) de la bióloga y escritora Mónica Fernández-Aceytuno. Se trata de un tan delicado -poético incluso- como informado “paseo por la extraordinaria Naturaleza española”. Enriquecido con dibujos de animales y plantas, la autora reflexiona, informa y, sobre todo, nos hace revivir -seguramente para muchos, los cada vez más numerosos urbanitas, más que revivir, vivir por primera vez- sensaciones primigenias, que se enquistaron en nuestro genoma según avanzaba por el camino de la vida homo sapiens. Sensaciones primigenias que ya nunca nos abandonan, como el miedo instintivo a las serpientes. Tal vez algo parecido quiera decir Fernández-Aceytuno cuando escribe: “Me gusta la realidad mientras la realidad sucede. La realidad de las cosas más pequeñas para hacerlas grandes un instante. La realidad para escapar de la realidad”.



Si la memoria de las contribuciones femeninas a la ciencia ha tenido que luchar contra el olvido, más lo ha sido en el caso de las ciencias naturales

Me he referido al miedo instintivo a las serpientes que sienten los humanos. Puedo imaginar su origen: cuando no sólo los homo sapiens, sino también otros homínidos (como los neandertales, con los que estamos emparentados, como ha demostrado el reciente Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica, Svante Pääbo), se encontraban y sufrían los efectos letales de sus mordeduras. Pero lo que ignoramos es cómo ese temor, al fin y al cabo individual, terminó “almacenándose” en nuestro genoma, hasta convertirse en un instinto.



Me recuerda este País de los pájaros a un libro que mi mujer y yo descubrimos recién publicado cuando vivíamos en Oxford: The Country Diary of an Edwardian Lady (1977), de Edith Holden (1871-1920), una inglesa que ilustraba libros infantiles y que tuvo un final tan dramático como poético, si es que semejante palabra se puede emplear en semejante circunstancia: se ahogó en el Támesis, a la altura de Kew (donde se encuentra el famoso jardín botánico londinense, Kew Gardens), cuando observaba unos brotes de castaño de indias. Organizado siguiendo los meses del año (el libro de Fernández-Aceytuno sigue la misma pauta), como indica su título se trata del facsímil del diario de Holden, en el que abundan acuarelas de temática natural. En 2000 se habían vendido ya más de seis millones de ejemplares de la versión inglesa.



Aunque sé que sistemas fisiológicos distintos se pueden manifestar en ocasiones estableciendo comportamientos o habilidades cognitivas diferentes, no me gusta distinguir entre mujeres y hombres. Creo más bien que muchas de las diferencias que observamos entre los dos sexos se deben a las circunstancias específicas en que se desarrollan, en que se han desarrollado, sobre todo, en el pasado. Pero no puedo pasar por alto el hecho de que los dos libros que he mencionado, obras que muestran una alta sensibilidad para con la naturaleza -sensibilidad en donde predominan las emociones frente a lo analítico-, se deben a mujeres. Junto a Holden y Fernández-Aceytuno, quiero recordar a Rachel Carson, la bióloga marina y zoóloga (traté de ella en estas páginas) que escribió un libro inolvidable, Primavera silenciosa (1962), que emociona al mismo tiempo que ilumina nuestra inteligencia racional.



Si la memoria de las contribuciones femeninas a la ciencia -que por razones que todos conocemos han sido, en general, mucho menos distinguidas que las de los hombres- ha tenido que luchar contra el olvido, perdiendo no pocas veces la partida, seguramente más lo ha sido en el caso específico de las ciencias naturales. Ejemplifica bien esta realidad el caso de la estadounidense Susan Fenimore Cooper (1813-1894), una artista, naturalista y autora de libros tanto de ficción como de no ficción. En 1850, Cooper publicó de manera anónima -“por una señora” (“by a lady”), se leía bajo el título- un libro, Rural Hours, cuyo argumento era la conservación de los bosques, adelantándose en sus llamamientos al célebre Walden (1854, Errata naturae 2013) de Henry Thoreau, y a Man and Nature (1864), del diplomático y filólogo George Perkins Marsh, textos fundacionales del conservacionismo (o movimiento ecologista) estadounidense.