Este año las ondas gravitacionales se han detectado varias veces

Especial: Lo mejor del año

Una vez más -y demos gracias- llega el momento de volver la vista atrás, de revisar las novedades científicas que se produjeron en 2016. Es ésta una tarea a la que difícilmente se le puede vislumbrar un final, no, desde luego, en mucho tiempo. Tal vez llegue un momento en que la capacidad de los humanos para comprender la naturaleza, para descubrir nuevos fenómenos y las leyes a las que obedecen, llegue a su fin -nuestro cerebro es poderoso, pero no infinitamente poderoso: ¿cómo podría ser de otra manera, siendo como es un producto más, excelso, sin duda, de la evolución biológica?-, pero ese final, si se produce, se halla aún muy lejos. En cualquier caso, dejemos estas elucubraciones y vayamos a lo que, en mi opinión, ha destacado más en la ciencia de 2016.



Espero que no sea sólo por mi formación de físico, pero no tengo ninguna duda de que el acontecimiento más importante del año que se va es el anuncio realizado el 11 de febrero -las observaciones correspondientes tuvieron lugar entre septiembre y diciembre de 2015- de que con el proyecto LIGO (siglas inglesas de ‘Observatorios de Interferometría Láser para Ondas Gravitacionales') se habían detectado ondas gravitacionales, una de las más elusivas predicciones de la Relatividad General, teoría que describe la interacción gravitacional. Sucede, además, que las ondas gravitacionales detectadas provienen de la colisión de dos agujeros negros, lo que significa que se puede obtener de esta manera información muy valiosa acerca de estos sorprendentes objetos cósmicos. Con este hallazgo, LIGO ha abierto una nueva ventana a la observación del Universo. Quién sabe qué encontraremos en el futuro a través de las ondas gravitacionales, porque, no nos engañemos, todavía queda mucho que descubrir en el cosmos, como bien nos recuerda la existencia de la denominada ‘materia oscura', un tipo de materia aún no detectada, pero que forma alrededor del 27 por 100 de la masa-energía del Universo observable.



Y a propósito de la materia oscura, podemos decir que en mayo de 2016 concluyó un experimento, iniciado en octubre de 2014, que utilizando un detector, LUX (Large Underground Xenon), subterráneo, que contenía 370 kilogramos de xenón líquido ultra puro, pretendía detectar la interacción de partículas que constituyen esa materia oscura con el xenón. El resultado ha sido negativo, pero aun así quiero incluirlo en mi selección porque, para avanzar, la ciencia necesita también de este tipo de resultados. Es injusto, y una equivocación, valorar únicamente investigaciones en las que se consigue verificar el objetivo planificado. La ciencia es una construcción que se ha levantado con éxitos y con fracasos. Otro "fracaso" notable se ha producido en el famoso acelerador LHC (Gran Colisionador de Hadrones) del CERN. Se tenía la esperanza de poder detectar con él un candidato de partículas de masa oscura, apodadas WIMP (siglas inglesas de ‘Partículas masivas que interaccionan débilmente'), cuya existencia predice la denominada Supersimetría (relacionada, a través de la Teoría de Supercuerdas, con el intento de lograr unificar la gravitación con las otras tres fuerzas conocidas: débil, fuerte y electromagnética). También en este caso el resultado ha sido negativo.



Junto al Universo, nuestro cerebro es probablemente el "objeto" más complejo que conocemos: contiene cien mil millones de células, las neuronas, cada una conectada a otras diez mil neuronas que, una vez estimuladas, crean influjos nerviosos que, a su vez, engendran mediadores químicos que atraviesan el espacio intercelular para llegar a otras neuronas. Cien mil millones de neuronas, cada una pudiendo tener de una a diez mil conexiones sinápticas con otras neuronas, dan lugar a un conjunto de interconexiones de, aproximadamente, ¡diez mil billones!



Pues bien, en 2016 se avanzó en el conocimiento de esta delicada y a la vez poderosa estructura; más concretamente, en el de la corteza (o córtex) cerebral, la delgada capa de tejido que cubre los hemisferios cerebrales. Utilizando técnicas de imagen por resonancia magnética, que miden el flujo sanguíneo que se produce cuando se realiza una tarea mental, un grupo de 12 científicos publicaron en julio un artículo en Nature en el que presentaban un nuevo mapa del córtex. El inicio del estudio de la cartografía del rugoso córtex data de 1909, cuando el neurólogo alemán Korbinian Brodmann publicó un artículo memorable ("Estudios comparados de localización en la corteza cerebral, sus fundamentos representados en la base de su arquitectura celular") en el que estableció una arquitectura de la corteza cerebral con 52 regiones, en función de sus estructuras y organizaciones celulares, de ahí que se hable de citoarquitectura (el prefijo cito proviene del griego "célula"). En el artículo publicado este año en Nature se establece un mapa dividido en 180 regiones, habiéndose estudiado por primera vez la estructura y las funciones de 97 de estas regiones. Avances tan importantes como este no permiten responder a la pregunta fundamental de cómo es posible que el cerebro tenga conciencia de sí mismo, pero indudablemente éste trabajo constituye un hito, porque no es posible comprender algo de manera, digamos, "global", sin saber antes cómo está constituido y cuáles son las funciones de sus partes.



Durante 2016 también se han producido otros descubrimientos que merece la pena recordar; novedades nunca faltan, porque si hay algo que caracteriza a la ciencia actual es el acelerado ritmo de su desarrollo. En el muy activo mundo de la biología sintética, recordaré la "fabricación" de una bacteria con 473 genes, el número mínimo de cualquier célula viva conocida. Otro paso más en esa fascinante, y a la vez escalofriante, carrera para la producción de vida artificial, o, mejor, "a la carta".



El descubrimiento de un nuevo exoplaneta, que orbita alrededor de Proxima Centauri, una enana roja con la peculiaridad de ser la estrella más cercana al Sol, del que dista 4,24 años-luz, es otro hallazgo notable aunque algo así era esperable. Proxima b, como se ha bautizado a este exoplaneta, tiene una masa comparable a la Tierra, está situada en la zona "habitable" de Proxima Centauri (ni mucho calor ni demasiado frío, de manera que puede existir agua líquida), pero no es el primer exoplaneta descubierto de estas características, ni el primero detectado que orbita en torno a una enana roja, un tipo muy común de estrella en la Vía Láctea. Su gran atractivo reside en ser el exoplaneta más cercano a nosotros que potencialmente podría acoger vida, aunque, para que nos hagamos una idea, la sonda espacial más rápida de las que hasta el momento se han lanzado tardaría en llegar a él unos 80.000 años. Y para entonces, ¿qué habría sucedido en la Tierra? El futuro siempre está abierto, ya lo sé, pero éste está muy, muy lejano. Demasiado.