Nos encontramos a José Manuel Sánchez Ron (Madrid, 1949) en su despacho de vicedirector de la RAE hojeando una reproducción facsímil de los Planos generales y particulares del telescopio de 25 pies ingleses de largo. Se detiene en el dibujo que William Herschel realizó para el desaparecido Observatorio Astronómico de Madrid. El volumen forma parte de la iconografía con la que se rodea este historiador de la ciencia y físico teórico en la Docta Casa (donde ingresó en 2003 para ocupar el sillón G). Como la lámina que cuelga de una de sus paredes, perteneciente a la cubierta del Tabulae Rudolphinae que en 1627 publicó Kepler con las observaciones de Tycho Brahe, o como la primera edición de la Encyclopédie de Diderot y d’Alembert que rescata de las apretadas baldas de la biblioteca. “La obra cumbre de la Ilustración”, comenta sin apartar la mirada de los volúmenes.

Como historiador de la ciencia, somete a un profundo escrutinio cualquier testimonio que nos abra puertas al saber. El trabajo que desde hace décadas viene realizando en torno al conocimiento internacional (en especial la física) y al español lo ha reflejado en, entre otros muchos títulos, El poder de la ciencia, Historia de la física cuántica, El mundo después de la revolución. La física de la segunda mitad del siglo XX (con el que obtuvo el Premio Nacional de Ensayo en 2015) y Albert Einstein. Su vida, su obra y su mundo. Ahora publica (el día 22) el que considera más ambicioso, El país de los sueños perdidos (Taurus), la historia de nuestra ciencia desde una perspectiva global tanto en el tiempo como en las disciplinas abordadas que cubre desde Isidoro de Sevilla en el siglo VII hasta la Ley de Ciencia de 1986. “Considero este trabajo una obligación con mi país, para ayudar a entender la relación histórica de España con la ciencia y para ayudar a que esa relación mejore en el futuro”, señala a El Cultural reconociendo que en el título elegido hay mucho de reivindicativo.

El imperio como laboratorio

“En cierto sentido es un título que me rompe el corazón”, añade el autor de El jardín de Newton pensando en el secular trato recibido por la ciencia en España y en el legado que se encontrarán sus nietos, a quienes va dedicado este homérico trabajo. “España no será un país mejor, más informado y educado, menos dependiente de los servicios (como se está viendo en la actualidad) sin una mayor capacidad científica”. Se nota que a Sánchez Ron le duele la ciencia española. Tanto como a nombres que también la compilaron como José María Millàs Vallicrosa, Pedro Laín Entralgo, Juan Vernet, José María López Piñero y Luis García Ballester. “Me gustaría pensar que mis trabajos en general, y El país de los sueños perdidos en particular, añaden algo aunque mi enfoque difiera en algunos aspectos al de ellos. Todos los historiadores de la ciencia en España estamos en deuda con estos cinco grandes. Los conocí a todos menos a Millàs”.

Pregunta. ¿En qué período histórico, político o social arranca la secular carencia científica de nuestro país?

Respuesta. Con todas las excepciones y matices que se quiera (el pasado no es ni lineal ni nítido), a partir de mediados del siglo XVII. Y esto es particularmente lamentable, porque fue entonces cuando tuvo lugar lo mejor de la denominada Revolución Científica, periodo en el que se sentaron las bases para la ciencia moderna con Kepler, Galileo, Harvey y Newton, entre otros, pero aquí dejó de ser valorada como algo útil.

“España no será un país más informado y menos dependiente de los servicios sin una mayor capacidad científica”

P. ¿Perdió España la inercia de la revolución científica pese a su imperio y a su potencia militar?

R. Sí. Ser un imperio, las obligaciones que lleva mantenerlo, tuvo sus costes. Y en el caso de España uno de ellos fue centrarse sobre todo en la ciencia aplicada, en la ciencia “útil”. Aunque esa circunstancia, digamos, tuvo también aspectos positivos, derivados, básicamente, de tener que explorar el inmenso territorio americano, pleno de novedades zoológicas, botánicas y minerales.

P. ¿Qué papel jugó América en la ciencia española? Como en lo musical, ¿puede hablarse de un conocimiento de ida y vuelta?

R. De ida sí, de vuelta no. La conquista, expansión y colonización del Nuevo Mundo requería utilizar un amplio conjunto de saberes y técnicas: geografía, cartografía, ingeniería civil, arquitectura, hidráulica… Fue imprescindible, construir caminos, puentes, puertos y edificios civiles, militares y religiosos, medir terrenos, introducir técnicas agrícolas y ganaderas, explorar las posibilidades que ofrecían las nuevas especies, animales y, sobre todo, vegetales descubiertas, así como encontrar y explotar minas, especialmente de plata (no en vano la España de aquellos años se la ha denominado como el “Imperio de la Plata”). Y todo esto significaba ciencia. De hecho, el estudio de la naturaleza americana constituye uno de los capítulos más brillantes de la historia de la ciencia española. Si no específicamente con los conquistadores, sí con la Corona, con las expediciones científicas que patrocinó y con los españoles instalados allí, que mostraron un gran interés científico.

P. ¿Qué otros capítulos de nuestra historia han hecho más ciencia?

R. Le diría tres. La que podríamos denominar “de Alfonso X el Sabio”, aunque no se reduzca a él, en la que florecieron disciplinas como la astronomía y la medicina; la del siglo XVI en la España de Felipe II, cuando todavía “ciencia” y “tecnología” estaban íntimamente relacionadas y España necesitaba de los conocimientos astronómicos, matemáticos y físicos para mantener su imperio, y la tercera, la de Santiago Ramón y Cajal, que se prolonga hasta el comienzo de la Guerra Civil.

P. ¿Es esta última etapa la que ha universalizado nuestra ciencia? ¿Marcó Cajal un antes y un después?

R. Sin duda en lo que se refiere a excelencia. Ningún español había aportado con anterioridad resultados de tanta transcendencia (todavía hoy son referencia en el ámbito neurocientífico). Creó, además, una escuela, que desgraciadamente terminó despareciendo, maltratada o emigrada, después de la Guerra Civil. Sin embargo, y aun admitiendo la excepcionalidad de Cajal, tengo que señalar que tuvo grandes maestros en la España en que se formó, como Luis Simarro o Aureliano Maestre de San Juan. Esta situación solo se daba en medicina. En otras ciencias, como la física o la matemática, habría sido muy difícil que surgiera otro Cajal.

Un nobel en el rastro

P. Siempre se ha mostrado muy dolido con el tratamiento de su legado. ¿Qué haría de urgencia para dignificarlo?

R. Me toca un punto que me resulta doloroso. No existe una edición de las obras (y dibujos) de Cajal, preparada por especialistas, y sí muchas publicaciones desperdigadas y mal, o nada, introducidas. Su casa en la calle Alfonso XII de Madrid se vendió hace poco a particulares, que, creo, la han reconvertido en pisos de lujo. Leí que en el Rastro habían aparecido libros suyos que incluían anotaciones. Sin olvidar la responsabilidad de la familia, las autoridades españolas conocían la situación, o debían inexcusablemente haber conocido (yo mismo lo denuncié a algún gobierno anterior). Es una vergüenza absoluta, una indignidad que ensucia a toda la nación. Cabría imaginar ante este trato que si Newton y Darwin hubieran sido españoles, sus famosas casas en el campo, en Woolsthorpe y Down, en lugar de ser centros históricos cuidados, visitados y respetados, serían ahora, pongamos por caso, hoteles rurales.

“Hemos estado más preocupados por salvar nuestras almas que por comprender la naturaleza”

P. ¿Diría que los Nobel de Cajal y Severo Ochoa son una excepción?

R. El de Cajal ciertamente lo fue en el momento en que se produjo. El de Ochoa no tanto porque, debo recordar, lo obtuvo por las investigaciones que realizó en Estados Unidos, donde encontró unas facilidades y estímulos que no existían en España, que, como es bien sabido, abandonó debido a la Guerra Civil…

P. ¿Ha tratado bien España a nombres como Gregorio Marañón, Severo Ochoa, Grande Covián y Negrín?

R. A Gregorio Marañón, conflictos políticos aparte, bastante bien, antes (catedrático de universidad y médico prestigioso) y después de la Guerra Civil, cuando además de lo anterior el Consejo Superior de Investigaciones Científicas le encargó la dirección de uno de sus institutos de investigación. Durante la guerra no, claro: fue uno de los españoles que se exiliaron. En cuanto a Ochoa, Grande Covián y Negrín, no, por razones diferentes. Es cierto que Grande Covián, y sobre todo Ochoa, fueron muy celebrados una vez recuperada la democracia (ambos se instalaron en España), pero esto no empaña el pasado. Y aunque ayudaron algo a los científicos españoles con su prestigio, quiero recordar una frase que Ochoa no se cansó de repetir: “Vivo en España porque en Estados Unidos no les interesan los científicos viejos”.

P. ¿No es una ironía que en “el país de los sueños perdidos” le den el Nobel a Echegaray por dramaturgo antes que por matemático?

R. Fue probablemente el mejor matemático español del siglo XIX, aunque no se le pueda atribuir ninguna contribución original. Su labor consistió en la introducción en España de nuevas ideas matemáticas, como la teoría de Galois. Fue número uno de su promoción en la exigente Escuela de Ingenieros de Caminos y miembro de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Pero para contestar a su pregunta, la de por qué un hombre así terminó recibiendo el Premio Nobel de Literatura en 1904, voy a citar un pasaje de sus memorias publicadas en 1917: “Las Matemáticas fueron, y son, una de las grandes preocupaciones de mi vida pero el cultivo de las Altas Matemáticas no da lo bastante para vivir. El drama más desdichado, el crimen teatral más modesto, proporciona mucho más dinero que el más alto problema de cálculo integral”.

Sánchez Ron hace suyo el lamento del autor de El gran galeoto y echa de menos en la historia de nuestra ciencia nombres que lo hayan entregado todo, tiempo y fortuna, a la investigación científica, como es el caso de los adinerados británicos Robert Boyle, Henry Cavendish y Lord Rayleigh, cuyos ejemplos marcaron los siglos XVII al XX. “Nombres como Blas Cabrera lucharon contra una cultura nacional en general alejada de la ciencia. Yo diría que todavía continúa estándolo. Durante una parte importante de nuestra historia hemos estado más preocupados por salvar nuestras almas o por mantener la “hidalguía” que por comprender la naturaleza y explotarla en beneficio de la comunidad”. Desde finales del siglo XIX, las mujeres se fueron uniendo a esta empresa, aunque luchando contra muchos más problemas que los hombres. Ahí están Dorotea Barnés, Elena Maseras, Bernis Madrazo, Pilar de Madariaga, García Riquelme o Piedad de la Cierva.

P. ¿Ha sido la convivencia entre ciencia y religión uno de los obstáculos de nuestro escaso desarrollo científico?

R. Con la gran excepción de la Compañía de Jesús, desde luego no ayudó. Los jesuitas mostraron siempre interés en la ciencia, contribuyendo a ella, aunque desde uno de los centros de enseñanza que llegaron a controlar, el Real Seminario de Nobles (siglo XVIII), que dependía del también jesuítico Colegio Imperial, se centraron en aspectos que no favorecían su difusión. Eso, en el caso de los religiosos más ilustrados, pero en los demás reinaba la persecución de las ideas científicas. Ahí están, por ejemplo, los problemas de Jorge Juan por recurrir a la física newtoniana, y de Odón de Buen, el mejor oceanógrafo español, por utilizar las ideas evolucionistas de Darwin. Ahora bien, quiero dejar claro que las carencias de la ciencia en España no se pueden reducir exclusivamente a la influencia y el poder de la Iglesia Católica.

“Si hubiésemos producido mejor ciencia la historia no se hubiese escrito en francés, alemán e inglés”

P. Hablando de Darwin, ¿de qué forma impactaron sus teorías en la sociedad española?

R. Durante la segunda mitad del siglo XIX fue motivo de polémicas, de confrontaciones ideológico-religiosas entre darwinistas (o transformistas, como también se les llamaba) y anti-evolucionistas.

P. ¿Comparable a la visita de Einstein a España en 1923?

R. No, sus hallazgos cautivaron la atención social, aunque fuese con estereotipos tan desviados como “ya lo dijo Einstein, todo es relativo”. Cuando visitó Barcelona, Madrid y Zaragoza fue recibido con gran entusiasmo pero ningún científico español contribuyó lo más mínimo a sus teorías.

El empuje del idioma

P. Desde su condición de académico (como Blas Cabrera, Ignacio Bolívar, José Rodríguez Carracido, Torres Quevedo y Julio Rey Pastor) qué ha aportado el español a la ciencia?

R. No demasiado, desgraciadamente. Si fuéramos mejores productores de ciencia, si el español o, al menos, los hispanohablantes hubiesen tenido más fuerza y presencia en el mundo de la ciencia, el problema acaso sería algo diferente, o mejor, la historia de la ciencia de los últimos siglos no se hubiera escrito mayoritariamente (siguiendo este orden) en francés, alemán e inglés. Pero con la excepción de Cajal, no hemos tenido grandísimos científicos, ni tampoco otros que, aunque no fuesen tan excepcionales, dejaran su recuerdo en la historia y en el lenguaje como Volta, Galvani, Ohm, Ampère, Watt o Joule para términos como voltio, galvanizar, ohmio, amperio, vatio o julio.

@ecolote