Uno de los esquemas de Darwin realizado en 1837.
Los recientes hitos paleontológicos y arqueológicos en China están abriendo nuevos caminos al conocimiento de nuestra especie. Manuel Martín-Loeches, del Centro UCM-ISCIII de Evolución y Comportamiento Humanos, analiza su repercusión.
No hace tantos años se consideraba al hombre de Neandertal un antepasado nuestro, el paso previo al surgimiento de nuestra especie. Acorde con esta concepción, se le llegó a llamar Homo sapiens neandertalensis. El paso de los años y el número cada vez mayor de fósiles encontrados vinieron a poner las cosas en su sitio, y de ser predecesora de nuestra especie vino a ser coetánea, originadas ambas de un tronco (o rama) común cuyos miembros se separaron cientos de miles de años antes de llegar a convertirse en neandertales o en sapiens. Técnicamente, cuando aún éramos todos Homo erectus -en el sentido laxo del término-.
Aislados genéticamente
Un grupo de erectus, especie originaria de África, viajó por extensas partes del mundo, algunos de los cuales -o sus descendientes- habrían llegado a Europa y, allí, aislados genéticamente de otros congéneres, evolucionaron por su cuenta. Los vertiginosos avances que ha experimentado la genética en los últimos años han venido a confirmar lo acertado de esta nueva visión, pero también han dado lugar a conclusiones chocantes. Una de ellas es que en algún momento ambas especies, neandertales y humanos modernos, se debieron de cruzar, existiendo hoy día en todo el mundo -a excepción del continente africano- muchos miembros de nuestra especie que portan un 4 % de su genoma cuyo origen es neandertal.La genética ha sido además la principal evidencia del descubrimiento de otra de las múltiples y enrevesadas ramas de la evolución humana, el llamado homínido de Denisova (por el nombre de la cueva siberiana donde se han hallado sus restos). Hace más de 40.000 años, miembros de esta especie, emparentada pero distinta del neandertal, debieron también de cruzarse con miembros de nuestra especie, pues algunas personas de Melanesia portan en su ADN un 6% de origen desinoviano.
Este tipo de descubrimientos nos ayuda a poner algunas cartas sobre la mesa respecto a la evolución humana. Si desinovianos y neandertales eran especies muy similares, pero distintas, se ponía de manifiesto que en Siberia se estableció una población que se aisló y evolucionó independientemente del resto de habitantes del continente europeo, que acabarían siendo neandertales. Ambas poblaciones parece que se cruzaron con la nuestra, que habría salido de África hace unos 70.000 años.
Ahora bien, la concepción clásica de especie contempla la imposibilidad de dejar descendencia fértil cuando dos miembros de especies distintas se cruzan. Estos hallazgos pondrían por tanto de manifiesto las sutilezas de la evolución, que se harían más complejas y enrevesadas aun cuando tratamos con una especie, la nuestra, con patrones muy peculiares de ‘especiación' y extinción. En el reino animal resulta del todo inusual encontrar que sólo quede una única especie de un mismo género, en este caso el Homo, y que además carezca de radiación adaptativa, o variabilidad genética dependiente del nicho ecológico.
Dicho de otro modo, la semejanza genética entre los miembros de nuestra especie es tan elevada que para la genética no existen las razas humanas. Además, las diferencias entre neandertales, desinovianos y sapiens son de menos del 1 %, una diferencia más minúscula que la que nos separa de los chimpancés, que ronda el 2 % y sin embargo es aún inferior a la que con cierta frecuencia podemos encontrar entre miembros de una misma especie. No todos los genes tienen la misma importancia en el proceso de ‘especiación'.
Pero mientras la genética va poniendo de manifiesto todas estas peculiaridades de nuestra evolución, los hallazgos arqueológicos y paleontológicos se van sucediendo en todo el mundo. Y ponen de manifiesto que, en el caso del ser humano, habría que hablar no ya de un árbol muy frondoso, sino probablemente de un arbusto cuyo tronco quedaría muy difuminado por sus ramas.
Recientemente se ha abierto el debate acerca de si los seres que dejaron sus restos hace más de 500.000 años en la Sima de los Huesos, en Atapuerca, fueron realmente Homo heidelbergensis, como se venía considerando hasta ahora, o constituyen una especie distinta. El Homo heidelbergensis es una especie antecesora del neandertal y, sin embargo, en los restos de Atapuerca pueden observarse rasgos anatómicos únicos que no posee el neandertal.
Estaríamos ante otra rama de nuestro linaje. Parece que los descendiente de aquellos Homo erectus que salieron de África fueron muy prolíficos, dando lugar a nuevas ramas de nuestra evolución, entre las que también habría que mencionar al Homo georgicus, que quizá no constituya una nueva especie sino sólo una variante de erectus que vivió en Dmanisi, Georgia, hace aproximadamente 1,8 millones de años. El tan polémico ‘Hobbit', el Homo floresiensis, sería una especie descendiente de un grupo erectus que quedó aislado en la isla de Flores.
A este frondoso árbol genealógico podrían añadirse ahora unos restos encontrados en dos cuevas del suroeste de China y recientemente descritos por un equipo de científicos chinos y australianos. Una de ellas, Maludong, o Cueva del Ciervo Rojo, ha dado nombre a lo que podría ser una nueva especie, cuya costumbre más peculiar, por lo que sabemos, era la de su preferencia alimenticia por este tipo de cérvido, ahora también extinto. Los restos apenas superan los 11.000 años, por lo que son casi coetáneos del descubrimiento de la agricultura en esa parte del planeta. Pero aquélla habría sido una población humana aislada del resto del mundo desde mucho tiempo antes, hasta el punto de desarrollar unas características anatómicas peculiares: salientes mandíbulas, grandes molares, prominentes cejas, caras planas y amplias fosas nasales son algunos de los rasgos que caracterizan a estos seres humanos.