Foto: Gregory Bul.

El terremoto que asoló Japón dañó la central de Fukushima provocando una grave crisis nuclear. Antonio Fernández-Rañada, catedrático de Física Teórica de la UCM, aboga por un debate libre de prejuicios acerca del uso de esta polémica energía.

En su libro Nuestro siglo final (tontamente traducido en la edición española como Nuestra hora final) el cosmólogo británico Martin Rees considera los peligros que tendrá que superar la humanidad para sobrevivir en buen estado al siglo XXI. Su obra es una reflexión sobre la vulnerabilidad de una sociedad cuando se hace, a la vez, planetaria y altamente tecnológica. Concluye afirmado que convivimos hoy con un hecho nuevo que enuncia así: "A partir de un cierto nivel, los avances técnicos pueden hacer más vulnerable a la sociedad, no menos", en contra de lo que ocurría hasta hace algunos años. Hay ahí un serio problema, pues disminuir el hambre en el mundo, combatir las enfermedades o luchar contra la pobreza necesitan avances tecnológicos. Por ello la humanidad se encontrará cada vez más a menudo ante lo que los lógicos medievales llamaban un "dilema cornudo", la necesidad de elegir entre dos alternativas que parecen rechazables las dos, pero ante las cuales no cabe la inacción. Debemos tener en cuenta la reflexión de Rees al considerar las malas noticias que nos están llegando de Japón. Son malas y tristes por las vidas perdidas, la terrible devastación de varias ciudades y la ruina para tantas personas. Pero lo son también por la explosión emocional que empieza a envolvernos sumiendo en la confusión el debate sobre el problema de la energía, mucho más grave de lo que se suele pensar.



La humanidad está saliendo lentamente de una profunda crisis que en algunos países, el nuestro por caso, dejará una huella duradera. Su causa principal es que muchos individuos y no pocas empresas decidieron vivir por encima de sus posibilidades. Algo parecido está ocurriendo con la energía, todos quieren tener televisores, electrodomésticos, ascensores, móviles, etc., sin pensar que la electricidad necesaria no baja del cielo: hay que generarla.



Decía el astrónomo norteamericano Carl Sagan que "los humanos somos muy inteligentes pero no lo bastante como para poder prever las consecuencias de nuestros actos". En el caso Fukushima, todos debemos sentirnos aludidos por este dictamen. Tanto los que se oponen radicalmente a la energía nuclear, afirmando que es un elemento de destrucción, como los que la defienden como necesaria para garantizar el futuro según el modo occidental. Necesitamos tener las ideas claras pero eso es muy difícil si se entra con paso firme en una ceremonia de la confusión. El debate se ideologiza, atribuyendo, de modo absurdo y sorprendente, las energías renovables a la izquierda y la nuclear a la derecha. He visto y oído por radio y televisión en varias ocasiones cómo se asustaba a la población, confundiendo explosión nuclear con explosión de hidrógeno al observar unas nubes que salían por encima de dos o tres reactores. Lo primero, la explosión nuclear, sería gravísimo pero ni se produjo ni se espera que lo haga (escribo estas líneas el viernes 18); lo segundo sí se dio y ello es cosa nada mala pues esas nubes son parte necesaria del buen funcionamiento de los sistemas de seguridad. De hecho cumplen la misma función que las espitas en las ollas a presión en nuestras cocinas: evitar las explosiones. En el debate sobre los residuos radiactivos y los cementerios para albergarlos, se oye a menudo que la larga vida media de algunos isótopos representará un peligro grave e i-nevitable para el futuro del planeta. Sin embargo se puede argumentar a contrario que son más peligrosos los residuos de los combustibles fósiles o los de otras actividades industriales que superan en mucho a los nucleares y están muy por debajo de ellos en su control. De hecho, los radiactivos se almacenan en lugares seguros, están allí confinados y controlados y no los respiramos en nuestra vida cotidiana, ni nunca. Además bastaría con no muchos cementerios con espacios no demasiado grandes para guardarlos. Los residuos del petróleo, en cambio, se quedan en la atmósfera y los respiramos a diario, especialmente en los centros de las ciudades o a lo largo de las autopistas. Además deterioran la atmósfera, ese medio sutil que nos envuelve.



Se afirma estos días que los sucesos de Fukushima son pruebas irrefutables de que la energía nuclear es "intrínsecamente" peligrosa. No parece ser así. Está muy claro que los problemas de los reactores fueron extrínsecos, no les vinieron de dentro sino de fuera. Se los diseñó para resistir bien a terremotos de alto grado de Richter y así lo hicieron, apagándose en el instante inicial del seísmo tal como estaba previsto, de modo que sus sistemas de seguridad empezaron a funcionar inmediatamente y de modo correcto. Lo malo vino más tarde, cuando la tremenda fuerza del agua del tsunami afectó negativamente a esos sistemas. De los once reac-tores activos en la zona, sólo tres de los seis de Fukushima 1 sufrieron daños importantes. Es una triste reflexión que, si hubiesen sido construidos algo más separados de la costa, en algún lugar elevado un centenar de metros o poco más, solo habría habido daños leves en los reactores. De hecho, hasta hoy y frente a los lamentables varios miles de muertos por el terremoto o el tsunami, no ha habido ninguno por radiactividad, aunque sí algunas personas irradiadas levemente y una de modo significativo. En todo caso, la destrucción no nuclear de vidas y edificios fue inmensamente más grave que lo ocurrido en los tres reactores de Fukushima 1.



Hay varias cosas difícilmente rebatibles. Los reactores nucleares pueden tener accidentes, como tantos otros productos tecnológicos. Frente a ello, los países que usan energía nuclear emiten menos CO2 per cápita que los que no lo hacen. Las renovables hoy existentes son incapaces de proporcional toda la energía necesaria para el mundo actual y son muy incipientes los estudios de su no despreciable impacto ambiental en una implantación masiva. La dependencia del petróleo o el gas es causa de muchos problemas económicos o políticos y de tensiones entre países.



Sin duda Fukushima implicará una parada de los programas de desarrollo de centrales nucleares, pero el debate acabará reabriéndose de nuevo. El campo contrario reclamará el desmantelamiento de las centrales existentes y el compromiso de no construir otras nuevas. El favorable aducirá la mejora cierta en la seguridad de la nueva generación de reactores, repitiendo que no existe el riesgo cero y que lo más que conseguiremos es disminuir la frecuencia de los accidentes. Sobre esto en el último número del Boletín de los científicos atómicos, tan famoso durante la guerra fría, se informa que el último registro en el Pacífico de un terremoto que pudiese haber sido de 9 grados es del año 869 en un monasterio; en 1.142 años no hubo otro tsunami tan intenso. Los dos bandos tienen sus razones pero el clima de la discusión seguirá siendo emocional. En todo caso, decidir ahora cómo hacer una transición desde el actual mix energético, dominado por los combustibles fósiles, a otro libre de emisiones de dióxido de carbono, sin muy graves deterioros de la economía global no puede basarse en consideraciones emocionales, como así afirma la Sociedad Europea de Física en un position paper publicado el último lunes.



Ignacio Ellacuría, cuyo asesinato en la Universidad de El Salvador conmovió al mundo, solía decir que el modelo de vida occidental no es universalizable en el sentido de que es imposible conseguir que toda la humanidad llegue a tener una vida como la nuestra. El planeta no podría soportar las muchas e intensas tensiones que ello implicaría. Lograr un mundo más justo requiere cambiar de estilo de vida. Por desgracia, no parece probable que eso llegue a ser posible.