Ciencia

Ciencia y moralidad

Ensayos sobre ciencia y sociedad

11 julio, 1999 02:00

En el marco del acuerdo logrado entre El CULTURAL y la prestigiosa revista "Science", órgano de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, continuamos con la publicación de ensayos de los más destacados investigadores de la ciencia actual. En esta ocasión es el físico Edward Teller, considerado como el padre de la bomba de hidrógeno, quien explica las razones y circunstancias que le llevaron a apoyar la fabricación de esta arma tan terrible.

¿Qué es cierto? ¿Qué es bueno? ¿Qué es bello? Los científicos buscan la verdad, partiendo de ideas casi inimaginables (¡La tierra se mueve! ¡El futuro es impredecible!). Su trabajo consiste en entender estas ideas e integrarlas en un amplio y lógico esquema del Universo. Ello requiere un gran conocimiento y eventual consenso de puntos de vista que a menudo parecen incompatibles. El arte es el desarrollo de lo bello, mediante las palabras, una nota musical o la arquitectura.

Verdad, moralidad, belleza
La consistencia entre estos tres ideales ha sido una esperanza continua de la humanidad. Pero las actividades de la ciencia, la política y el arte divergen enormemente, por lo que considero que las tres actividades pueden en principio realizarse independientemente o sin llegar a reconciliar los posibles conflictos que puedan surgir. Hoy en día, por ejemplo, se percibe una fuerte contradicción entre los resultados de la ciencia y las demandas morales. La aplicación de los descubrimientos científicos ha dado lugar al desarrollo de armas nucleares, mientras que la moral internacional parece demandar su no utilización y la interrupción de las investigaciones relacionadas con ellas. Yo mantengo una postura radicalmente diferente, al pensar que debemos apoyar las contradicciones y la incertidumbre.

Contradicción e incertidumbre
Niels Bohr era partidario de las contradicciones. No toleraría la idea de que la mecánica cuántica pueda un día eliminar la física clásica. Para Bohr, la física clásica debía permanecer en permanente contradicción con la mecánica cuántica, y las tensiones entre ellas sobrevivir como parte de la ciencia. Del mismo modo, los impactos de la ciencia, la política y el arte deben ser independientes. Tenemos que aprender a vivir con contradicciones, porque dan lugar a un conocimiento más profundo y eficaz. Lo mismo se puede aplicar a la incertidumbre.
Según el principio de la incertidumbre de Heisenberg, sobre el futuro sólo se pueden realizar predicciones de probabilidad. Los aconteci- mientos pequeños pueden tener consecuencias importantes. Un ejemplo cotidiano sería la predicción meteorológica. Es bastante exacta para períodos de hasta cinco días, pero si se dobla este tiempo dejan de ser exactas. No está muy claro si esto implica la exclusión permanente de las predicciones a largo plazo, pero el ejemplo ilustra cómo las pequeñas causas pueden tener efectos significativos.
Esta situación tiene una analogía obvia con el libre albedrío. En un mundo totalmente determinista, lo que conocemos como el libre albedrío de los seres humanos se ve reducido a una mera ilusión. Quizás no sepa que mis acciones están predeterminadas en alguna complicada configuración de mis moléculas, y que mis decisiones son tan sólo la realización de lo escrito en la configuración de los electrones. Según la mecánica cuántica, no podemos excluir la posibilidad de que el libre albedrío sea parte del proceso por el que se crea el futuro. Podemos considerar la creación del mundo como incompleta y a los seres humanos, y a todos los seres vivos, como elecciones de la probabilidad.
Se podría argumentar que esta idea es producto de la fantasía. Pero Einstein creía firmemente en la casualidad y rechazaba la mayor parte de la mecánica cuántica (su famosa frase era que si bien Dios puede dirigir el mundo con cualquier tipo de leyes "Dios no juega a los dados con el universo"). Se ha intentado añadir leyes a la mecánica cuántica para eliminar la incertidumbre. Estos intentos han fracasado y no han dado lugar a ningún resultado de interés.

Experiencia personal
Analizando mi propio trabajo, mis actividades fundamentales se han situado entre la ciencia y la política. No ha sido algo premeditado, mis acciones y respuestas surgieron de situaciones inevitables en las que la ciencia americana tenía una importante influencia en la política mundial. Pero, pensándolo bien, creo que actué como si desde el principio hubiese estado convencido de la inevitable separación entre las decisiones científicas y las políticas.
Hubo una decisión fundamental en mi vida que parece haber tenido consecuencias importantes. Se trata de mi apoyo, en 1949, a continuar con la investigación sobre la bomba de hidrógeno. En agosto de 1949, los soviéticos probaron su primera bomba atómica. Cuatro años antes, se había interrumpido la investigación sobre la bomba de hidrógeno en los Estados Unidos. Yo había estado trabajando en una parte de ese proyecto: ver cómo la energía de una bomba atómica puede usarse para producir reacciones nucleares en los átomos más simples, los átomos de hidrógeno, para liberar energía de forma parecida a lo que sucede en el sol y las estrellas. A nadie le gusta abandonar el tema en el que está trabajando con entusiasmo, y tenía dos razones para que me disgustase dejar la investigación incompleta. Una era el firme convencimiento de que la búsqueda del conocimiento y la expansión de las capacidades humanas merecen intrínsecamente la pena. Podría dar argumentos válidos para apoyar este convencimiento, pero no explicarían la devoción que siento por el progreso científico y técnico. La segunda razón era mi preocupación sobre lo que podría pasar si los rusos se situaban por delante de nosotros en tecnología militar.
A menudo me han acusado de criticar el comunismo. A los once años ya había experimentado su sabor no demasiado dulce en Hungría. Esto me dejó un cierto rechazo, pero no una firme convicción de que el comunismo fuera malo, o que nos debiésemos oponer a los rusos en concreto. De hecho, el gobierno fascista húngaro de los años veinte fue mucho más desagradable. Dejé Hungría para estudiar en Alemania, y hacia 1930 tuve diferentes charlas con dos íntimos amigos. Uno de ellos era Carl Frederick von Weizsäker, hermano mayor del anterior presidente de la Alemania Occidental y oponente radical del comunismo. El otro era el excelente físico ruso, ganador del premio Nobel, Lev Landau, que no podía imaginar nada más ridículo que un gobierno capitalista. Escuché las opiniones de ambos, pero mi decisión final se vio influida por algo más importante que las palabras.
Mi segunda publicación sobre temas físicos la hice junto a mi buen amigo húngaro, L. Tisza. Poco después de nuestra colaboración en Leipzig, fue arrestado por comunista por el gobierno fascista húngaro. Perdió la oportunidad de obtener una posición académica, por lo que le recomendé a mi amigo Lev Landau en Kharkov, Ucrania. Algunos años después, Tisza me visitó en Estados Unidos. Ya no mostraba ninguna simpatía por el comunismo. ¡Lev Landau había sido arrestado en la Unión Soviética por espía capitalista! La implicación de este suceso fue para mi incluso más definitiva que el pacto Hitler-Stalin. En 1940, tenía todas las razones del mundo para que no me gustasen ni confiase en los soviéticos.

Tecnología nuclear
Con la llegada de la bomba atómica soviética en 1949 quedó claro que los comunistas se estaban poniendo al día en tecnología nuclear. ¿Desarrollarían una bomba de hidrógeno y se volverían imbatibles en todos los aspectos militares? Ernest Lawrence, el pionero de la energía nuclear y sus aplicaciones, me visitó en Los álamos, Nuevo México. Quería saber cosas sobre la bomba de hidrógeno. Después me invitó a acompañarle en su avión que se dirigía la mañana siguiente a Albuquerque. Al irse a dormir esa noche, lavó su camisa (la recientemente inventada camisa de secado rápido) y me dijo, "Para poder defender tus argumentos tendrás que viajar mucho. Ahora es mucho más fácil, porque como puedes ver, no tienes que llevar muchas camisas". Este no fue, quizás, el argumento más lógico que podría haber utilizado para estimular mi entrada en política, pero fue el más eficaz para convencerme de que realmente quería decir lo que decía.
Pero incluso entonces, no apoyé la bomba de hidrógeno en Washington. Yo era un físico, no un político. No era miembro del Consejo que recomendó al presidente interrumpir el desarrollo de las armas de hidrógeno. Esta recomendación unánime vino de importantes científicos como Robert Oppenheimer o mi buen amigo Enrico Fermi. No mucho más tarde, en una conversación privada, Enrico me dijo, "continua con tus investigaciones sobre la bomba de hidrógeno, espero que no tengas éxito".
Finalmente, di mi opinión a dos importantes personas. Una era el senador demócrata Brian McMahon, de la Comisión de Energía Atómica (Atomic Energy Commission, AEC). El otro, el Almirante Lewis Strauss, más tarde director de esta Comisión. Cuando me preguntaron mi opinión, les dije, "Creo que la bomba de hidrógeno es posible, que puede ser efectiva y que los soviéticos pueden desarrollarla muy pronto".
Mi consejo llegó al Presidente Truman, que decidió seguir con el desarrollo de la bomba de hidrógeno. Lo hizo aún cuando tan sólo una de las personas familiarizadas con el proyecto hizo esta recomendación. Por supuesto no sé si hubiera llegado a la misma conclusión frente a una oposición unánime de los expertos. Lo que sé es que me vi en la obligación de trabajar en la bomba, lo que hice tan sólo con la mitad de mi corazón, la mitad más pequeña. Quería hacerlo, pero la mitad más grande de mi corazón estaba con la ciencia pura, para la que estaba demasiado ocupado en lo que era entonces la plenitud de mi vida.
Varias décadas más tarde, la Guerra Fría terminó con una victoria americana. Es posible, incluso probable, que mi consejo de continuar con la bomba de hidrógeno jugase un papel importante en este resultado. ¿Me habría comportado del mismo modo si intereses puramente científicos no me hubiesen llevado a realizar cálculos sobre la producción de energía en el sol? ¿Habría dado la misma respuesta si mi amigo Tisza no me hubiese dicho nada sobre la persecución de Lev Landau en la Unión Soviética? De cualquier forma, mi decisión no fue un ejercicio momentáneo de voluntad, sino la combinación de muchas razones y muchas elecciones, algunas de las cuales eran una expresión de mi "libre albedrío".
Todavía me preguntan algunas veces si no me arrepiento de haber inventado algo tan terrible como la bomba de hidrógeno. La respuesta es que no. En mi 90 cumpleaños recibí una carta firmada por cuatro colegas rusos a los que había visitado en su laboratorio de Chelyabinsk *. La carta contenía un párrafo que se refería obviamente a la bomba de hidrógeno. Su contenido me puso contento.

Salvaguardar la paz
Las naciones desarrolladas han pagado un precio muy alto en sus recursos nacionales en este enorme esfuerzo para proteger la vida, para salvaguardar la paz. Han mostrado suficiente voluntad para superar las inclinaciones tradicionales hacia las soluciones militares de los problemas mundiales. Esto ha sucedido por primera vez, lo que ha dado lugar a un modelo para aplicar enfoques nuevos, pacíficos y conjuntos en la resolución de los problemas mundiales más urgentes. Por primera vez en la historia mundial, no se han utilizado las armas más poderosas jamás creadas. Por el contrario, han llegado a ser instrumento de la experiencia humana, la forma de llegar a los grandes descubrimientos, la herramienta para una penetración profunda en los secretos de la naturaleza. Confiamos en que a partir de ahora y para siempre ocupen el lugar que se merecen entre las herramientas más sofisticadas de las generaciones de su tiempo.

Edward TELLER

Los autores de la carta son: Evgeny J. Avrorin, director; Boris V. Litvinov, jefe de diseño; Vadim A. Simonenko, director científico adjunto; Georgly N. Rykovanov, jefe del departamento de física.

La dirección del autor es: Hoover Institution, Stanford University, Stanford CA 94306, USA.