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Valle-Inclán[/caption]

“España, en su concepción religiosa, es una tribu del Centro de África”/”La miseria del pueblo español está en su chabacana sensibilidad ante los enigmas de la vida y de la muerte”/”Este pueblo miserable transforma todos los grandes conceptos en un cuento de beatas costureras. Su religión es una chochez de viejas que disecan el gato cuando se les muere”/”¿Qué sería de este corral nublado? ¿Qué seríamos los españoles? Acaso más tristes y menos coléricos…Quizá un poco más tontos…Aunque no lo creo”/”La Revolución es aquí tan fatal como en Rusia”/”En España el trabajo y la inteligencia siempre se han visto menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero”/”Hay que establecer la guillotina en la Puerta del Sol”/”En Europa, el patrono de más negra entraña es el catalán, y no digo del mundo porque existen las Colonias Españolas de América”/”¿Mateo, dónde está la bomba que destripe el terrón maldito de España?”/”En España sigue reinando Carlos II”/”España es una deformación grotesca de la civilización europea”/”¡En España es un delito el talento!/ “En España el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser sinvergüenza. En España se premia todo lo malo”…

En esta ocasión, las citas van por delante. Éstas son algunas de las sentencias, preguntas y reflexiones que Ramón María del Valle- Inclán puso en Luces de bohemia en boca del poeta Max Estrella y de otros personajes de su obra: un negro diagnóstico sobre España. ¿Vigente hoy? Probablemente no en su literalidad, pero probablemente sí en la tendencia que señala. Que cada cual decida.

Es preciso tener en cuenta algunas cosas. Don Ramón publicó la edición definitiva de Luces de bohemia en mayo de 1924, durante el reinado de Alfonso XIII y la dictadura militar de Miguel Primo de Rivera. España era, sin duda, otro país muy distinto del actual.

Valle, además, en la escena primera, define a Max Estrella –viejo, ciego y pobre– como un “hiperbólico andaluz”, y sus exageraciones se incrementan, a lo largo de su paseo al fin de la noche y de la vida con su amigo Don Latino de Hispalis, por la borrachera que se va agarrando, por el resentimiento que tiene ante su falta de reconocimiento como escritor y, desde luego, por la indignación que le suscitan, en esa travesía aciaga durante una madrugada de disturbios callejeros en Madrid, sus encuentros y experiencias con timadores, pícaros, ociosos, poetas diletantes, funcionarios inútiles, policías de cachiporra, periodistas vendidos y políticos acomodaticios. Él mismo tampoco será un ejemplo de nada bueno, pues, en sus muy desfavorables circunstancias, sí, aceptará cobrar el sueldo que le ofrece su amigo ministro, procedente del fondo de reptiles.

Nadie se salva, prácticamente, en Luces de bohemia, salvo el joven, idealista y exaltado preso catalán –arriesgado trasunto del anarquista Mateo Morral–, que será asesinado por la policía, como él mismo presiente, so pretexto de un intento de fuga. Nadie se salva, digo: “Los ricos y los pobres, la barbarie ibérica es unánime”.

Y lo principal, claro: cuando Max (Valle), en diálogo con Don Latino, fija su teoría del esperpento –inventado, según él, por Goya, afirma: “El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada”. Por tanto, Luces de bohemia es una deformación, cuya naturaleza y funcionalidad se complican no poco cuando Max (Valle) añade: “La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una matemática perfecta. Mi estética actual es transformar con matemática de espejo cóncavo las normas clásicas”.

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Montaje de Luces de bohemia en el Teatro María Guerrero[/caption]

He extraído las citas de la lectura de mi vieja y descuajeringada edición (1974) de Luces de bohemia en la Colección Austral. La intención de estas líneas es invitar a la lectura del libro de Valle. Merece la pena ver y discutir el montaje de Alfredo Sanzol en el Teatro María Guerrero (CDN), pero mi experiencia personal, después de haber visto tres montajes de la obra muy distintos y separados por el tiempo –más la película de 1985 dirigida por Miguel Ángel Díez–, siempre me ha deparado mayor disfrute en la lectura que ante la representación. Como a todos, supongo, por otra parte.

Y creo, por cierto, que el cine reúne las mejores condiciones para, presuponiendo una producción y una realización simplemente notables, prestar a Luces de bohemia y a la cultura española un gran servicio. Que se haya intentado sólo una vez, y no cuatro o cinco, es síntoma de una terrible indigencia, desinterés y falta de coraje. ¿A qué espera la televisión pública –quién si no– para promover el proyecto?

Luces de bohemia, que además de una obra de ideas sobre España y su sociedad, es un drama familiar, una cartografía de Madrid, una oscura pieza existencialista y una amarga comedia sobre la amistad, se disfruta –y digo bien, se disfruta– mucho al leerla, diría que por tres razones: por poder subrayar y retener mejor precisamente sus ideas (fogonazos), por paladear mejor (al antojo) su portentoso lenguaje (diálogos, ritmo, color) y porque, por más humor que emane de sus representaciones teatrales, nunca se divierte uno tanto como leyéndola. Ésa es mi experiencia, al menos. Porque Luces de bohemia es, amén de trágica, tremendamente cómica.

Para su lectura, pues, disponemos de muchas y variadas ediciones. Por citar dos recientes, mencionaré la de Francisco Caudet en Cátedra del año pasado y, en otro orden de cosas, la de Luis Alberto de Cuenca para Reino de Cordelia, de este año, con ilustraciones de José María Gallego.

Y un argumento más para, sin excluir y sugiriendo la asistencia al teatro, recomendar la lectura de Luces de bohemia, un argumento que podría parecer extravagante, pero no lo es en absoluto: no perderse las muy literarias y jugosas acotaciones de Valle, que valen y significan tanto o más que los asombrosos diálogos.

Un ejemplo. Sin ir más lejos, la acotación de inicio de la escena segunda: “La cueva de ZARATUSTRA en el Pretil de los Consejos. Rimeros de libros hacen escombro y cubren las paredes. Empapelan los cuatro vidrios de una puerta cuatro cromos espeluznantes de un novelón por entregas. En la cueva hacen tertulia el gato, el loro, el can y el librero. ZARATUSTRA, abichado y giboso –la cara de tocino rancio y la bufanda de verde serpiente, promueve, con su caracterización de fantoche, una aguda y dolorosa disonancia muy emotiva y muy moderna. Encogido en el roto pelote de una silla enana, con los pies entrapados y cepones en la tarima del brasero, guarda la tienda. Un ratón saca el hocico intrigante por un agujero”.

¡Amigo, insuperable!