La importancia de la Nada es mayúscula -y por eso utilizo la mayúscula-, aunque parece que ahora no tenemos mucho tiempo para pensar en ella. Son millones y millones los no creyentes en la existencia de vida o de “algo” más allá de la muerte, y estas personas tienden a creer que es precisamente la Nada lo que nos espera, aunque no dediquen demasiado rato a pensar qué cosa es esa Nada que nos aguarda, si es que es.



Como asunto filosófico, la Nada ha ocupado la atención de muchos de los más grandes pensadores: Parménides, Platón, Kant, Hegel, Bergson, Jünger, Heidegger, Sartre..., lo que demuestra, por el caso de los cuatro últimos -filósofos del siglo XX-, que es un tema vigente y no resuelto.



Tomás Pollán recuerda una frase tajante de Heidegger: “aquel al que esta experiencia (de la Nada) le está vedada, se queda definitivamente y sin esperanza fuera de la filosofía”.



El profesor Pollán -que enseña Antropología y Teoría de la Cultura en la Universidad Autónoma de Madrid- hace este recordatorio en su extraordinario prólogo a La nada y las tinieblas (La uÑa RoTa), un librito que recoge las argumentaciones de Fridegiso de Tours - muerto en el 834-, abad que fue de San Martin de Tours y miembro destacado de la Escuela Palatina impulsada por Carlomagno, cuando el emperador del Sacro Imperio Romano promovió, en plena Edad Media, un gran renacimiento cultural.



Fridegiso quiso demostrar que la Nada y las Tinieblas tienen una existencia real. Dirigió a Carlomagno, en el 800, un texto titulado De substantia nihili et tenebrarum -que, junto a la traducción de Pollán al castellano, se reproduce en el libro en su original latín-, donde, valiéndose de las armas para la comprensión y expresión del pensamiento del trívium -la gramática, la retórica y la dialéctica-, quiso, en efecto, demostrar que la Nada y las Tinieblas existen.



Y quiso hacerlo sin desmentir a la teología católica, recurriendo, todo lo contrario, como complemento de sus razonamientos a la “autoridad divina” a través del amparo de la Biblia, donde se dice que Dios creó el mundo de la Nada (“ex nihilo”) y donde, desde el mismo Génesis, se mencionan repetidas veces las Tinieblas.



¿Qué pretendía Fridegiso? Acabar con la idea de que la Nada es, simplemente, la ausencia de ser o del ser. Fridegiso razona para intentar demostrar que la Nada existe y es, que no es, para entendernos, mera ausencia o negación de ser y de existencia.



La argumentación lógica de Fridegiso parece demostrar la existencia de la Nada, pero, como señala Tomás Pollán, “no especifica la naturaleza de ese algo existente que es la Nada -la mayúscula sigue siendo mía-; no dice si se trata de una existencia física o espiritual, potencial o actual”. Es una pena que Fridegiso no llegara a ese punto de concreción.



El texto de Fridegiso, en forma de carta, inquietó a Carlomagno, que pidió un peritaje al monje irlandés Dungalo, tanto por que la teoría del entonces diácono le había interesado como para despejar dudas sobre su eventual carácter herético.



¿Por qué es muy interesante hoy el texto de Fridegiso? Su escritura -tan limpia y económica- es, desde luego, una delicia. La Nada, está claro -lo insinué al principio-, es un asunto con manifiestas implicaciones filosóficas, teológicas y existenciales. También -probablemente bajo otra acepción-, científicas.



Pollán subraya en su prólogo la enorme actualidad de la argumentación de Fridegiso, y ésta reside en su recurso a la lógica gramatical y lingüística. Dice Pollán: “la estructura lógico gramatical de la lengua manifiesta inmediatamente la estructura misma del ser”. Y añade a continuación que, a juicio de Fridegiso, son “el modo de operar de la palabra Nada en la gramática, la propia estructura de la lengua y el sentido gramatical de la negación los que impiden negar la nada”.



La breve argumentación de Fridegiso, antes de recurrir a la “autoridad divina” (la Biblia), tiene cuatro jalones principales, que podemos resumir así:



1.Parece que la Nada es “algo”. “Y si parece que es algo, no puede parecer que no lo sea”.



2.Todo nombre finito -“hombre”, “madera”, “piedra”- significa algo. “Nada” es un nombre finito. “Es imposible que ese algo finito no sea algo”. La Nada, por tanto, es algo, es.



3. “Nada es una voz con significado. Pero todo significado se refiere a aquello que significa. De este modo también se prueba que la Nada no puede no ser algo”.



4. “Toda significación es significación de aquello que es. Es así que Nada significa algo. Luego Nada es significación de algo que es, es decir, de una cosa que existe”.



¡Ahí andaba el diácono Fridegiso, apenas iniciado el siglo noveno, dándole vueltas a la gramática y al lenguaje, a las estrechas relaciones entre significante y significado, al poder creador de toda afirmación que conjugue el verbo “ser” con un sujeto del que se predica algo, a la imposibilidad de negar la palabra Nada!



Pero la actualidad de las cavilaciones de Fridegiso de Tours cesa cuando dice: “Ahora nos complace acudir a la autoridad divina, que es baluarte y sostén firme de la razón”.



Eso ya no es tan actual. Hoy no se piensa que “la autoridad divina” sea el “baluarte y el sostén firme de la razón”. Desde el siglo XVIII, preferentemente, la Razón se ha dedicado a desmontar la autoridad divina. A negar su misma existencia, incluso. Aunque no son pocos los que, como Fridegiso al fin, pretenden conciliar la autoridad divina con la Razón. Enseñan en muchas escuelas. Sin el “trivium”. Bien mirado, la “autoridad divina” también es actual.