Al pirata escocés John Gow hubo que colgarlo tres veces hasta que, al fin, estiró la pata. Condenado a la horca en Londres por sus sangrientas fechorías, la primera intentona fue fallida, pues la cuerda se rompió. Y la cuerda se rompió porque varios hombres tiraban hacia abajo de las piernas de Gow al objeto de abreviar su sufrimiento, ya que el nudo y el simple peso del desgraciado no surtían el efecto previsto.



Gow estaba vivo, pese a haber permanecido suspendido cuatro minutos, de modo que subió al cadalso por segunda vez por su propio pie y con gesto despreocupado. La soga volvió a romperse, y hubo que repetir la operación por tercera vez, que fue la vencida.



Leemos estos detalles en el documentado relato El pirata Gow (Gadir), publicado por Daniel Defoe en 1725, apenas unas fechas después de la horrible ejecución del delincuente. Con estilo casi periodístico, el autor de Robinson Crusoe reconstruye las correrías de Gow, su azaroso prendimiento y las minucias de su ajusticiamiento. John Gow fue ejecutado a los 27 años, tras apenas dos temporadas de tropelías.



En un momento dado, Defoe reconstruye los debates mantenidos entre Gow y sus secuaces sobre el rumbo que debían tomar para proseguir sus desmanes. Y escribe: Otros, y no precisamente los más ignorantes, proponían asentarse en la Bahía de México, y unirse a una nueva clase de piratas en Santiago de Cuba, que eran todos españoles, y se hacían llamar “guarda de la costa”, pero bajo ese pretexto hacían presa de los barcos de todas las naciones y a veces incluso de los de sus propios compatriotas, y en especial de los ingleses. Pero cuando se hizo esta propuesta, los demás respondieron que no se atrevían a confiar en los españoles.



Es de suponer que la confianza entre piratas nunca debió de ser demasiado grande, pero Defoe parece sugerir que los curtidos hombres de John Gow recelaban especialmente de los piratas españoles. ¡Menuda fama!



En estos días de Odyssey y de la recuperación del tesoro de La Mercedes, tiene cierta gracia recordar lo que a menudo se olvida: no sólo los piratas ingleses saqueaban nuestros barcos, sino que hubo muchos y muy famosos piratas españoles que faenaron en el Caribe, en el Atlántico, en las costas holandesas y, por supuesto, en el Mediterráneo.



Y no sólo eso, sino que España, durante siglos, fue importante cantera de corsarios, esto es, de piratas “con patente de corso”, que no era otra cosa que una reglada autorización, otorgada por los mismísimos reyes, para ejercer la piratería y acarrear botín como revancha y compensación de las mermas en nuestro oro y en nuestras mercancías que nos infligían los piratas ingleses y no ingleses. Los corsarios, como es natural, tendían a desmandarse y a tener ideas propias sobre su negociado.