Vaya por delante que el esnobismo no es un santo de mi predilección, aunque tampoco de mi aversión. La atención preferente a las personalidades, conductas y obras creativas distinguidas y diferentes puede ser el síntoma de una patología de la individualidad, aunque también -y este es el lado que me interesa- un necesario y vivificante ingrediente para alejarse de la uniformidad roma, del convencionalismo mostrenco y del aniquilador gusto común y mayoritario. Dicho queda.



He leído con diversión el Diccionario de Literatura para Esnobs (Impedimenta), del francés Fabrice Gaignault, con espléndidas ilustraciones de Sara Morante. Es un chispeante compendio de biobibliografías, retratos rápidos y agudos, quintaesenciados como un perfume en frasco minúsculo, de escritores desmesurados, todos ellos tocados por la gracia del ingenio personal y, con frecuencia persistente, por la desgracia de vidas sobadas y robadas por el dedo de la calamidad, tan atractivas y fragantes -cuando las husmeamos desde la barrera- como dudosas, en lo referente a la aspiración a la felicidad, cuando nos adentramos en ellas. ¿Un juicio moralista, el mío, aunque sea sin querer?



La pauta, creo, es, cómo no, wildeana. Dijo Oscar Wilde: “Deberíamos ser siempre inverosímiles”. Entiéndase: disparatados, brillantes, fuera de lógica. Solo un inglés o un francés, como es el caso, podría escribir un libro así. Aunque también podría haberlo escrito Luis Antonio de Villena, quien, de hecho, lo ha escrito en entregas diversas y bajo formatos periodísticos y literarios variados. Malditismo, rareza, dislocación, vitalismo ciego, vocación minoritaria, ingredientes para el paladar del esnob.



El libro se disfruta como siempre se disfruta de la espuma, las burbujas, la osadía, la libertad y la heterodoxia que anhelamos y que nos faltan. Gaignault, como es normal, se contagia del dulce aroma vírico de sus personajes y, con ello, afila su escritura y nos deleita. Lean el libro para saber quiénes hay -más o menos conocidos-, aunque adelanto que escritores españoles con entrada solo están Max Aub y José Carlos Llop, merecido prologuista de la edición. ¡Glups! Hay, eso sí, una alusión a Enrique Vila-Matas -¡menos mal!- cuando Gaignault, de pasada -pero con mucha intención, aunque insuficiente-, define a Marguerite Duras, en pocas líneas, como “famosa por haber alquilado durante varios años una mansarda al gran escritor español Enrique Vila-Matas” Por ahí va el ingenio maligno -y, otras veces, benigno y colegueante- de Gaignault.



El libro, a ver, tiene valor documental -triste es decirlo-, pero quienes lo lean -que serán los previamente apercibidos-, disfrutarán, en verdad, no sólo haciendo algunos descubrimientos y constataciones, sino refrescándose con anécdotas irresistibles. Abundan las de carácter faltón y misógino respecto a las relaciones entre todos -tres o más- los sexos. Le dijo una actriz madura al escritor y abate Mugnier que, cuando pasaba ante un espejo, no podía menos que exclamar: “¡Qué guapa soy!”. Y, atribulada, le preguntaba: “¿Es eso pecado?”. A lo que respondió el abate: “No, solo es un error”.



Hay otra, de este mismo tenor, muy buena. Noël Coward le espetó a Edna Ferber: “Edna, parece usted casi un hombre”. Y Edna replicó: “Usted también, Noël”.



No falta el conocido “must” de Winston Churchill -Premio Nobel de Literatura, a no olvidar-, cuando fue interpelado por una agresiva dama. Dijo ella: “¡Si fuera su esposa, echaría veneno en su taza de té!”. Y el fumador de puros respondió al segundo: “Si yo fuera su esposo, lo bebería”.



Oh, no quiero impregnarme de la pimpante y efervescente epidermis del libro. Tampoco, para rectificar, daré ahora un listado de los nombres consignados y glosados. Iré al grano o, mejor, a la perla que había elegido previamente.



Escribe Gaignault sobre Arthur Cravan, el boxeador y literato dadá sobre quien Isaki Lacuesta hizo una película y Eduardo Arroyo, varios cuadros y parte de un libro. Visitó Cravan al conspicuo André Gide, y le preguntó: Señor Gide, ¿por dónde vamos con el Tiempo? (así, con mayúsculas). Y Gide, sin pestañear, contestó: Las seis y cuarto.



Lejos de mí rechazar la especulación metafísica o la reflexión sobre asuntos más o menos abstractos e inaprehensibles, que, a la larga -a la corta, no- tanto influyen sobre lo cotidiano, pero, fuera un corte dialéctico o un recorte estético, me divierte sobremanera, en esta ocasión, la respuesta de Gide: “Las seis y cuarto”.



Aspiramos a saberlo todo, pero, a veces, es preciso aterrizar abrupta y modestamente en lo más palpable. ¿El Tiempo? Uf. ¡La hora! Aquí vivo. Sin que sirva de precedente, añado.