En un momento en el que el feminismo es un argumento dominante en nuestra sociedad, llega Lucía Carballal con su comedia Las bárbaras para recordarnos de quién es hijo ese feminismo, o sea, de cómo fue la juventud de las madres de las feministas de nuevo cuño. Estoy segura de que muchas mujeres que cruzan la cincuentena se identificarán en esta obra magníficamente dialogada e interpretada, refrescante, lúcida, reparadora y, sobre todo, divertida, que se ve con la ligereza de quien escucha una hermosa canción. Vayan a verla en el Valle-Inclán y lleven a sus hijos si logran convencerlos.

Es nueva entrega de Carballal, después de Una vida americana y La resistencia, confirman a esta autora como una de las más maduras del panorama teatral actual. En esta ocasión me ha fascinado cómo se enfrenta al argumento elegido. Ella misma lo explica en el programa de mano, se propone establecer un diálogo entre las mujeres de su generación (1984) y las de su madre; evita caer en un diálogo de ideas para centrarse en los conflictos de tres amigas a las que reúne para que recuerden cómo fue su juventud porque, como pone en boca de uno de sus personajes, es el momento “en el que nos formamos como mujeres”.

El esquema de la obra cumple con los requisitos de toda comedia de enredo: tres mujeres, un personaje fantasma, un enigma por desentrañar, la resolución del enigma. El hall de un bonito hotel -Hotel Juventud- recreado con gusto por el escenógrafo José Novoa e iluminado por Pedro Yagüe, reúne a las tres viejas amigas, de perfil y nivel económico distinto: Encarna (interpretado por Amparo Fernández) es la más convencional, una mujer ya jubilada de un trabajo en la Administración, ahora entregada y dedicada al cuidado de sus nietos; Carmen (Mona Martínez) es arquitecta de prestigio, nunca se ha casado y tampoco tiene hijos, se ha entregado de por vida a su profesión; y Susi (Ana Wagener) encarna a la burguesa adinerada casada con un músico de prestigio acostumbrada a la buena vida. El encuentro está motivado por una cuarta amiga común que acaba de fallecer, y sobre la que tampoco se dan muchas pistas de cuál era la relación que mantenía con ellas.

El aquelarre femenino pretende que las tres protagonistas hagan examen de conciencia sobre las renuncias que tuvieron que hacer en su juventud para llevar la vida por la que optaron. Afloran entonces los conflictos entre ellas, especialmente el que enfrenta a Carmen y Susi, larvado tiempo atrás y que las ha distanciado. Carballal las hace dialogar con ingenioso humor sobre el heteropatriarcado, la aceptación del instinto maternal, las relaciones homosexuales, el arte moderno… argumentos de actualidad que combina con los recuerdos de su juventud.

Hay un quinto personaje que contextualiza la juventud de estas mujeres: la música, bien interpretada en directo por la cantautora Maria Rodès, que juega a ser atracción musical del hotel, camarera, e incluso fantasma, pero a la que le toca cantar y tocar la guitarra una selección musical que va desde Mari Trini a Alaska.

Carol López ha dirigido la comedia con sencillez, introduciendo con acierto a la cantautora, lo que da lirismo a la obra; creo que las diferencias entre Carmen y Susi son una parte esencial de la pieza que hubiera estado bien acentuar. Pero las tres actrices hacen un gran trabajo; Ana Wagener compone una burguesaza magnífica, Amparo Fernández me recuerda por su humor al prototipo de una de los personajes de Las chicas de oro; y Mona Martínez es la triunfadora en un  mundo de hombres de perfil tenebroso.

@lizperales