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Eva Vaz[/caption]

Hay quien piensa que la poesía de corte más realista, la que “llama a las cosas por su nombre”, es de por sí menos retórica que cualquier otra variedad más barroquizante o pegada a la tradición literaria en cualquiera de sus variantes. Naturalmente, es falso: estamos sólo ante una retórica distinta, que en los mejores casos logra inventar (que no recrear, pues no existe como tal) una lengua coloquial, o incluso “de la calle” según los casos, cuyo éxito está tanto en su verosimilitud (debe parecer coloquial) como en su elevamiento sobre esa norma (debe, por poner el ejemplo más chusco, decirnos algo más que cualquier borracho de barra, porque si no ¿para qué necesitamos el poema? Pesados los hay por cualquier parte). El ejemplo paradigmático de creador de una lengua coloquial verosímil y trascendida en la poesía española es, claro, Luis Cernuda.

Precisamente, enredando con un verso de Luis Cernuda comienza el nuevo libro de poemas de Eva Vaz, Trabajo sucio (La Isla de Siltolá). En ese poema, “Cinta en el jardín”, Vaz comienza de una manera que nos hace temernos lo peor; estamos ante un poema más sobre vacuos malditismos: “Perder placer es triste, / por eso están los bares / o las casas de putas: / placeres a manotazos, / como espantapájaros que aplauden. // Tú arañabas el placer dando lengüetazos / a los restos de coca de tus libros”.  Enseguida nos damos cuenta, sin embargo, de que hemos caído en una trampa, y que lo que iba camino de ser una celebración hedonista es otra cosa: “Es cómico encontrar / El retrato de Dorian Gray / junto a la cama de una muerta”. En la estrofa siguiente, ya ha cambiado la perspectiva: “desayunabas martinis con vodka, / pero no había glamour en ello: / realmente era patético”. Lo que parecía empezar como un canto al placer acaba demostrando ser un informe sobre los trabajos de la muerte que “se ceba con los alcohólicos, / hace trabajos cochambrosos”.

La autora, dentro de esta retórica de lo real, invita a que confundamos abiertamente la voz del poema con la voz de la autora: en “Leña” habla de la cubierta de uno de sus propios libros como percha de un poema sobre un momento de la vida en el que aparecen tanto los muebles que “me los dio mi padre” y alguien see masturba “en el estudio, tan lejos” mientras ella “leía todas las noches”.

En este contexto, la poesía, que es reflexión sobre lo real, es también parte de ello, juez y parte, diríamos: “Querías un poema, como si fuera / una medalla: un poema sobre ti. / Aquí lo tienes, ¿te gusta?”.

Un buen ejemplo del tono general del libro lo encontramos en un poema como “Crímenes imperfectos”:

Ni el mismo Caín

podría tener ese pozo de crueldades,

ese manojo de llaves

para las cárceles de tu conciencia,

Caín aliviándote de ti mismo

y yo guiñándole un ojo:

gracias, Caín, sálvalo de sí mismo.

Yo ya no puedo.

 

Se me está llenando la mirada de sangre,

esto duele. Este miedo duele:

hemos abierto una puerta

sellando con cemento la anterior.

En esta estancia estamos solos:

Tú y tú. Yo y yo.

 

Sé de la eficacia del cemento:

¿Cómo se vive aquí? ¿Cómo éramos antes?

Creo recordarte.

En todo caso, aprenderemos a ser

mientras somos sensatos y normales.

Pero alguien ha muerto un poco:

tú y yo, el sentido, tras el cemento.

 

Joder, cómo duele esto,

¿no será el principio de una agonía?

Cómo miedo,

cómo tú y cómo yo,

cómo ahora y mañana.

Ya no corro. No hay sentido.

Estoy perdida.

 

Permítele a Caín que te ayude

y tú descansa de ti mismo,

debes de estar agotado.

Duerme, amor, relájate...

mientras en la tele ponen

“Crímenes imperfectos”.

Como toda buena retórica, la retórica realista de Eva Vaz ataca a dos enemigos principales: caer en lo tópico (decir lo mismo que todos han dicho y de la misma manera) y caer en lo poético. De ahí que abunden en el libro finales anticlimáticos como el del poema que acabo de copiar. Hay en Trabajo sucio una inteligencia dolorida de entender las relaciones sociales y de pareja (como en “Los clones”, uno de los mejores poemas del conjunto), una mezcla de referencias que va de Cernuda a Morrisey de una manera que resulta vivida. El trabajo sucio es recoger los reveses vitales e intentar encontrar en ellos no una lección, pues se ha hecho ya un poco tarde para eso, pero sí un consuelo en el mero hecho de haber entendido que hay cosas imposibles de entender. En “Llaves” nos dice: “Por mi vida han pasado / treinta, cincuenta, mil llaves”; “Mi vida es un trasunto de llaves / para puertas que ya no existen. / Llaves como patrimonio / del fracaso. / Llaves como féretros”. El poema concluye preguntándose: “¿Dónde están esas llaves?” Y en la respuesta está contenida toda una poética, para quien sepa escucharla: “En el fondo del mar, / matarile, rile, rile...”.