Charles Simic (n. 1938) no es ya ningún desconocido para el lector español de poesía. Uno de sus libros incluso conoce ya un par de traducciones diferentes: me refiero a El mundo no se acaba, traducido en su encarnación más reciente por Jordi Doce y publicado por Vaso Roto ediciones (antes en DVD de la mano de Mario Lucarda). Simic comenzó escribiendo poemas-objeto que recordaban en algo los modos de Vasko Popa; luego convirtió a los personajes de su memoria en figurantes de un teatro filosófico y alérgico a la alegoría; y en sus últimos libros parece pasearse por los paisajes norteamericanos en busca de escenas que pueden tener sentido, o no; pues esos paisajes están habitados, en realidad, por sus propios fantasmas. Simic actúa como un retratista. A menudo sus poemas incluyen signos de interrogación (no es raro que un poema suyo esté hecho sólo a base de interrogaciones), pero nunca dan una respuesta; de hecho, a menudo parece que ni siquiera buscar una respuesta sea el objetivo de tanta pregunta.

Acaban de publicarse en España dos nuevos libros de Charles Simic. Uno es la traducción integral de su libro Mi séquito silencioso (a cargo de Antonio Albors para Vaso Roto), publicado originalmente en 2005, y tras el que Simic ha publicado otro par de libros más la casi veintena de poemas inéditos incluidos en New and Selected Poems 1962-2012, que son los que un servidor de ustedes, con algún otro añadido, ha traducido en Circo unipersonal, primer volumen de la colección ¡Arre!, publicada por Arrebato, cuyo segundo volumen es el nuevo libro de poemas de Teresa Soto, titulado Nudos. Como uno es el director del asunto, se acaba aquí la cuña publicitaria...

A partir de este importante libro, Mi séquito silencioso, no es que la voz de Simic cambie, pero sí adquiere modulaciones nuevas. Ha renunciado casi del todo a la mitología familiar, tan frecuente en otras de sus colecciones de poemas; pero sus personajes siguen deambulando pensurreando en el sentido de la vida, a sabiendas de que no lo tiene, abriendo la puerta a la ambigüedad, como en Dibujando sombras (cito la traducción de Albors):

 

Esta calle podría necesitar un poco de sombra,

y lo mismo le ocurre a aquel niño

jugando solo bajo el sol, una sombra

que se lanzase tras él como un gatito negro.

 

Sus padres sentados con las persianas bajas.

Las escaleras que van al sótano

apenas se usan alguna vez

excepto por algún vagabundo ocasional.

 

Las sombras del anochecer llegan

como actores itinerantes vestidos para interpretar

Hamlet. Pasan los días escondidas tras los árboles

frente al viejo juzgado.

 

Ahora viene lo difícil:

¿Qué hacer con las lápidas del cementerio?

El sol no se ocupa de las ambigüedades,

pero yo sí. Abro mi puerta y las dejo entrar.

 

 

La poesía última de Simic está hecha de los monólogos interiores de sus fantasmas, de los retazos de memoria de su séquito silencioso. Como los fantasmas de cualquier memoria, no vienen a traernos respuestas, sólo más preguntas. Y nunca esperan a que les contestemos; se dan la vuelta en la primera esquina que les sale al paso y nos dejan a solas con sus dudas, que son distintas de las nuestras, pero también nuestras. Esos fantasmas habitan los paisajes que creemos habitar nosotros. Vivimos a la vez todos los mundos en los que hemos vivido. Y el resultado de ese cruce de transmisiones son los poemas de Charles Simic.