La brillante y esquizoide mente detrás de Cómo ser John Malkovich (1999), Adaptation (2002) y Olvídate de mí (2004), aquellas películas que en el giro al siglo XXI nos hicieron volver la vista a Marienbad para creer en la posibilidad de un nuevo cine (indie) como camino de autorreflexión, ha vuelto a crear una obra memorable y extrañamente conmovedora. Lo cierto es que desde el estreno hace unos días de Estoy pensando en dejarlo en Netflix, se ha generado un revuelo en las redes sociales precisamente para mostrar cómo semejante aventura creativa o laberinto psicológico puede abrir en canal las pasiones de los espectadores, que al parecer solo son capaces de odiar o amar el film de Charlie Kaufman. Dice bien poco de los espectadores contemporáneos que una película tan rica y compleja solo pueda generar adhesiones o rechazos, si bien tampoco deja de ser un síntoma más de estos tiempos y su banalidad, esa de la que tanto se nutre (para nuestro gozo) el inimitable trabajo de este cineasta tan especial y, a su modo, radical.

Por lo que a mí respecta, Estoy pensando en dejarlo representa un extraordinario triunfo por todo lo que es capaz de decirnos (y representar) sobre la psique humana en el reverso de una adaptación literaria que, a la postre, se revela extremadamente cinematográfica. Es una película sobre las posibilidades del cine como un verdadero espejo de las percepciones subjetivas del mundo, lo que no deja de colocar a Kaufman en parentesco con Jean Vigo, Luis Buñuel, Ingmar Bergman, Alain Resnais o David Lynch… de hecho, si miramos de cerca, todos estos autores aparecen de algún modo en su cine. Ya lo hacían también en la memorable, infravalorada Sinécdoque, Nueva York (2008), el primero de sus guiones que se atrevió a dirigir.  Si queremos, también, se trata de un paso importante en sus intereses y discursos cinematográficos, una suerte de secuela espiritual de Anomalisa, su anterior film, donde sigue explorando las ansiedades existenciales del homo sapiens del siglo XXI.

El “debate” sobre la película corre el peligro de entrar en un callejón sin salida (como ocurre con Tenet, por otra parte) por la vieja costumbre de examinar las películas por lo que cuentan y no por cómo lo cuentan o tratan de contarlo. La lectura narrativa de una pieza que encuentra su dramaturgia precisamente en su estructura y acabado formal es un camino que no lleva a ninguna parte. No tiene sentido analizar estos filmes (sea para defenderlos o lo contrario) desde su guion, sino desde su puesta en escena. De ahí que nos resulta aún más interesante que se trata de una adaptación literaria (no literal), basada en la admirada novela homónima del autor canadiense Iain Reid, pues lo que la endiablada creatividad de Kaufman se propone, como siempre, es ofrecer una experiencia de inmersión psicológica absolutamente cinematográfica, imaginada para la pantalla. El modo de hacerlo pasa por adentrarnos en las abstracciones mentales de su protagonista (que podemos considerar su alter-ego femenino) mediante la deformación perceptiva del tiempo y el espacio. Más bien, mediante la ruptura de toda lógica convencional al respecto. El triunfo reside en que esas rupturas del tiempo y espacio convencional generan otra suerte de lógica que llena de sentido el aparente surrealismo del relato. De tal suerte que, en determinado momento, como de la nada y sin justificación dramática previa, dos bailarines toman el protagonismo de la pantalla para danzar en los vacíos pasillos de un instituto y esa bella pieza musical no solo acaba llevando la película a otro lugar, sino que enriquece enormemente el contenido de la historia. Podría decirse que la estrategia de Kaufman no pasa por crear un relato anti-realista, sino por ser extremadamente realista desde el territorio psicológico, onírico, subjetivo.

No será mucho lo que convenga contar de la película antes de verla, en verdad. Nos limitaremos a señalar que el viaje de una joven pareja (Jessie Buckley y Jesse Plemons) a casa de los padres de él (Toni Colette y David Thwelis), para que ella los conozca por primera vez, se transforma en una suerte de peregrinaje por el pasado, el presente y el futuro de los cuatro personajes, una exploración de los traumas, miedos y crisis que ella proyecta en su interior. De algún modo, estamos frente al mismo lenguaje escénico (y psicológico) de Olvídate de mí, en el que los espacios, que son recuerdos o proyecciones, se transforman y mutan sin solución de continuidad, y los personajes ocupan diversas edades en sus vidas a partir de la noción subjetiva del tiempo. La audacia del film, que algunos han etiquetado como una película de “terror psicológico”, es que mediante una puesta en escena realmente claustrofóbica (toda la acción transcurre en apenas tres espacios: un coche, una casa-granero y un instituto) aborda temas complejos como la memoria, la identidad, el miedo a envejecer y las crisis sentimentales. Lo hace de un modo metafórico y figurativo al mismo tiempo, sin miedo a los saltos al abismo, a perder al espectador con la densidad de los monólogos interiores en contraste con los diálogos, con la extrañeza de unos espacios y unos personajes que nunca se revelan del todo o están en permanente mutación.

Sus detractores suelen considerar narcisista, enrevesado, oscuro y deprimente el universo de Kaufman. Lo es. Pero también es lúdico y fascinante, como un reto, un lenguaje que no solo debemos descifrar (y es mucho más “amable” que el de Tenet, con la que comparte un claro interés por los multiversos y las paradojas temporales), sino sentir. Su inteligencia es cerebral y emocional. Dicen los detractores que pronto pierden el interés por la traducción de sus masturbaciones mentales en la pantalla, si bien considero que el bricolaje visual y atmosférico que construye Kaufman para revelar la psique y la emoción de sus personajes (en este caso, el paisajismo es una parte fundamental), está encaminado precisamente a revelar también nuestras fracturadas psiques y emociones. Y que, trascendiendo su propia obsesión narcisista (que es innegable), Kaufman suele conseguirlo. A la postre, Estoy pensando en dejarlo nos concede la oportunidad de asomarnos a nuestros propios abismos existenciales.

@carlosreviriego