A 8.900 kilómetros del cuartel general de la compañía, fuera del foco de atención de Silicon Valley, trabajan los responsables de uno de los proyectos menos conocidos de Google. Su tarea es más discreta y mucho menos visible que la de la mayoría de los equipos de la compañía, pero ni el objetivo ni la denominación de la iniciativa son precisamente modestos. A esta oficina de París repleta de ingenieros y programadores se la ha bautizado como el Google Cultural Institute. Su misión es hacer accesible a través de la Red los artefactos y objetos más valiosos que se preservan en los museos y archivos más importantes.



No es casual que el gigante de internet haya situado la sede del Cultural Institute en la capital francesa, como una forma de resaltar su compromiso con la cultura universal. Pero perfectamente podría haber estado en Madrid, porque de hecho allí es donde se sitúa la semilla del proyecto. En enero de 2009, Google colaboró con el Museo del Prado para digitalizar en altísima resolución 14 de las telas más importantes de su colección y hacerlas accesibles a través de Google Earth, su atlas digital. Esta experiencia serviría como prototipo del que se ha convertido en el proyecto de preservación cultural más conocido, el Google Art Project. Tras adaptar a los pasillos de museos y galerías la misma tecnología que emplea para escanear el mundo en su servicio Street View, el Art Project ofrece la posibilidad de pasear desde el navegador por una reproducción digital de las salas de más de 200 museos, 23 de ellos españoles. Entre ellos, el Museo del Romanticismo, el Museo Sorolla y de El Greco o el Museo del Traje. La experiencia no pretende reemplazar a la visita presencial a cualquier de estos centros, ni realmente puede hacerlo, aunque es indudable que la posibilidad de explorar sin prisas cada centímetro de las reproducciones digitales en alta resolución de obras maestras (de la Torre de Babel de Bruegel al Nacimiento de Venus de Boticelli) hace posible una forma de relación con estos iconos que no se da en las salas de las que cuelgan.

Lenguaje de la muestra virtual

Algunos de los proyectos de digitalización de documentos son especialmente valiosos, como la reproducción de los manuscritos del Mar Muerto, depositados en el Museo de Israel en Jerusalén. El interés que despertó su puesta a disposición en la Red por parte del Cultural Institute provocó una avalancha de visitas a su exposición digital; en los primeros tres días se visualizaron cerca de un millón de veces, mismo número de visitas que el museo recibe en un año.



La capacidad de llevar a públicos tan amplios los contenidos de las instituciones culturales afecta sin duda a la misión de centros, bibliotecas y archivos. ¿A partir de qué momento los visitantes digitales deben ser un objetivo tan importante para estas entidades como los que cruzan sus puertas? Más allá de la simple reproducción fidedigna de lo que custodia alguna institución cultural o histórica de prestigio, el foco del trabajo actual del Cultural Institute está en explorar el lenguaje de la “exposición virtual”, un formato que museos y centros de todo el mundo llevan años explorando con desigual fortuna.



El pasado octubre, Google anunció el lanzamiento de más de 40 exposiciones digitales de carácter histórico que plantean experiencias interactivas para navegar, a través de imágenes y documentos audiovisuales, por episodios y acontecimientos del siglo XX. Otras 17 instituciones de todo el mundo han abierto sus archivos, del Imperial War Museum de Londres a la Casa Museo de Anna Frank en Ámsterdam. Entre las exposiciones hay tributos a figuras clave, como Steve Biko, o vivencias de personas atrapadas en circunstancias excepcionales, como la historia de amor de Edek y Mala, dos internos del campo de Auschwitz.



De momento, Google Cultural Institute no es una institución cultural per se, sino un grupo de ingenieros que ponen sus capacidades al servicio de las necesidades de otras que sí lo son pero que no cuentan con los recursos técnicos ni económicos para llevar a cabo estos proyectos. En su plantilla no hay comisarios ni conservadores, pero su cara visible, el carismático Steve Crossan, es historiador además de ingeniero de software. Esto podría cambiar. Google tiene planes de realizar en su sede parisina algunas actividades presenciales, desde exposiciones a conferencias. En su formulación actual, la iniciativa del Cultural Institute parece un esfuerzo filantrópico y de buenas relaciones con un sector, el cultural, con el que la compañía de Sergei Brin y Larry Page ha tenido sonados encontronazos. Ninguno de los proyectos ha requerido de la aportación económica de las instituciones. Más aún, el objetivo más ambicioso, según Crossan, es desarrollar un conjunto de herramientas y estándares que todo museo, archivo o galería pueda emplear para digitalizar su colección y ponerla en la Red en formatos que faciliten su consulta online.



Colonialismo digital

Pero esto no significa que todo el sector vea con entusiasmo una iniciativa privada que podría convertirse en una forma de colonialismo digital. El precedente de Google Books, en el que se lanzó a digitalizar millones de libros sin el beneplácito de editores y estados, es un aviso de los peligros de dejar que una compañía con ánimo de lucro sea el intermediario que define cómo preservar el patrimonio universal en la Red. Y como han visto los usuarios del servicio Google Reader, recientemente cancelado, todo lo que Google te ofrece un día te lo puede quitar.