En Sr. y Sra. Smith (Doug Liman, 2005) el matrimonio conformado por John (Brad Pitt) y Jane Smith (Angelina Jolie) desconocía la verdadera actividad de su cónyuge hasta que un objetivo compartido les revelaba no solo que ambos trabajaban como espías, sino que, un plan maestro organizado por la compañía que les contrataba, les forzaba a poner fin a la carrera del otro.



En aquel guion elemental de Simon Kinberg, una versión bruta de Kramer contra Kramer en la que el que la custodia del hijo es sustituida por la posesión de un arsenal armamentístico, la asunción de roles no podía ser más convencional - él escondía sus armas en el cobertizo donde se guardan las herramientas; ella en la cocina – y por si quedaba duda alguna ahí estaba el personaje encarnado por Vince Vaughn para llenar de carpetovetonismo los espacios en blanco.

El argumento original del guionista de X-Men: días del futuro pasado no era más que un pretexto para armar un actioner en la estela de los éxitos de Michael Bay (La roca, Dos policías rebeldes) o de la primera película protagonizada por Jason Bourne filmada por el propio Liman (muy inferior a las secuelas dirigidas por Paul Greengrass).



La manera de entender la acción o la música de John Powell se ajustaban a una tendencia -muy rentable por aquel entonces- en la que el peso de la dramaturgia quedaba enterrado bajo toneladas de tiroteos y persecuciones. La plenitud anatómica y la fotogenia de Jolie y Pitt, la química entre ambos y algunos apuntes cómicos como los relativos a las sesiones de terapia, hicieron de aquella producción un taquillazo (costó 110 millones de dólares y recaudó casi 500).

Precisamente, en una de esas visitas al psicoanalista, en la que los pacientes rememoran los inicios de su relación, escuchamos la frase “cuando algo acaba, piensas en cómo empezó”.



Sucede que, en la mayoría de las ocasiones, la memoria adopta los mecanismos de la ficción y altera los recuerdos hasta convertirlos en la representación de una antigua realidad que regresa modificada, por más que nosotros sigamos creyendo que las cosas sucedieron como nuestra moviola mental nos sugiere.



Mr. & Mrs. Smith, la serie para Prime Video creada por Francesca Sloane y Donald Glover, apenas retoma a los dos personajes principales y el planteamiento del guion de Kinberg (y nada más); de hecho, podría verse como el recuerdo del comienzo de aquella relación, un recuerdo distorsionado en el que Brad Pitt es Donald Glover y Angelia Jolie, Maya Erskine.

Fotograma de ‘Mr. & Mrs. Smith’.

¿La serie como un flashback del filme de 2005 ajustado a los patrones del presente? Pero ¿por qué enfangarse en esa elucubración actualizada? Pues porque pasaron casi 20 años, porque Michael Bay dejó de ser tendencia, porque estamos cansados de ver a tipos como Eddie (Vince Vaughn) en pantalla y porque, seamos honestos, levantar algo nuevo utilizando materiales de derribo siempre es un reto agradable (y la película de Liman, más allá de su éxito, era una milmillonaria producción de serie B).

Y aquí todo es distinto. Felizmente distinto a la película de Liman. Por más que la premisa sea reconocible, su desarrollo es nuevo porque el arco dramático nos cuenta desde el inicio de la relación hasta el conato de ruptura con el que termina, un armazón que sostiene las tramas capitulares autoconclusivas que hermanan Mr & Mrs Smith con otro del nuevo entretenimiento como es Poker Face (Rian Johnson, 2023), solo que aquí, en lugar de resolver un caso, hay que completar una misión.



Ese cambio subgenérico – del howcatchthem al spy game- nos introduce en una bondiana sucesión de escenarios más o menos exóticos (todos ellos elegantes) y permite hacer gala de un pulido oficio fílmico como denotan todas y cada una de las secuencias de acción (coreografías, montaje, sentido de la planificación).

Fotograma de ‘Mr. & Mrs. Smith’:

Pero las novedades fundamentales son otras. Allá donde reinaba la poética de los cuerpos de Pitt y Jolie, ahora se impone el atractivo de la inteligencia. El charme que derrocha un Glover cuya autoconsciente exposición física – esa cosificación voluntaria claramente visible ya en el primer episodio- esconde la fragilidad de quien necesita establecer un perímetro de seguridad en el interior de la pareja para poder manifestar su verdadera personalidad.



La sensualidad que exhibe una impresionante Maya Erskine – cuya oposición física con Jolie salta a la vista-, una mujer directa, con las ideas claras, sumamente inteligente (y divertida), segura de sí misma y con derivas sociopáticas que la llevan a querer controlar todo cuanto sucede en su entorno. 

Todo lo que implica esa sustitución actoral, tanto desde un punto de vista étnico, como en relación a los cuerpos que se nos han endilgado como prototipos de deseo, como en lo referente a la construcción de unos personajes llenos de carencias, tiene su correlato en los guiones que firman Adamma Ebo, Adanne Ebo, Stephen Glover, Yvonne Hana Hi, Carla Ching, Schuyler Pappas y los creadores.



Aquí, entre persecuciones de infarto y tiroteos que provocarían una sobredosis de Lexatin en cualquier diseñador de interiores, hay una profunda revisión de un buen puñado de convenciones asociadas a la pareja tradicional sin renunciar al entretenimiento.

Mr. & Mrs. Smith presenta un estudio sobre las relaciones sentimentales contemporáneas, esas que están mediatizadas por la tecnología (aquí esa especie de inteligencia artificial que recibe el nombre de Hi Hi, mezcla de algoritmo de Tinder y líder de Spectra), sustentadas en la apariencia y atravesadas por la opacidad confesional por el miedo a la exposición.

Fotograma de ‘Mr. & Mrs. Smith’.

Para conseguir fabricar una comedia romántica de acción -sin renunciar a la profundidad que aportan los momentos dramáticos- la serie se mueve a dos velocidades.



No teme imponer ritmos pausados cuando necesita explorar la intimidad de los protagonistas – dejemos que el público les conozca bien, no renunciemos siquiera a esos momentos banales, a los tiempos (casi) muertos- y acelerar cuando la acción irrumpe, muchas veces de manera repentina y a golpe de efectivo plot twist (verbigracia, el del episodio séptimo).



El juego con los tiempos es tal que sus creadores se permiten utilizar una elipsis para eliminar lo que hubiera podido ser una brillante set piece en plena jungla (episodio ) porque la clave de ese episodio no es otra que observar -y además con detenimiento- la interacción que establecen con los que serán sus antagonistas, los otros John y Jane Smith interpretados por Parker Posey y Wagner Moura (tan sorprendido por esa elipsis queda el espectador como los protagonistas por el embolado en el que les meten sus ‘nuevos’ amigos).



En una serie en la que hasta el humor escatológico (el típico chiste de pedos) o soez (el gag de la bañera) es elegante, la planificación no lo podía ser menos (no es casual que entre los realizadores de la serie este Hiro Murai o Amy Seimetz).



En una propuesta que maneja un arsenal de referencias equiparable a la colección de armas que Jane y John guardan en su casa, la primera y la que, junto con el elocuente prólogo protagonizado por Alexander Skarsgård y Eiza González, marca el tono.



Hablamos de la reproducción de ‘La expulsión de Adan y Eva del Paraíso terrenal’, obra de Masaccio, que cuelga en el comedor de los Smith y que, ya en el primer episodio, aparece visiblemente reencuadrada, con los personajes a sus pies.

Fotograma de ‘Mr. & Mrs. Smith’.

Podríamos extendernos repasando citas – Tom y Jerry como modelo de acción y divertimento; Harold y Maude (Hal Ashby, 1971) como ejemplo de las relaciones heterodoxas- pero seamos sucintos y cerremos con dos ejemplos de cuidada planificación que nos hablan de la construcción/destrucción de la pareja protagonista.

El primero lo encontramos al final de segundo episodio. John y Jane están en el sofá tras haber terminado una misión que no salió del todo bien. En el capítulo anterior ella había dejado que “i’m not in this for de romance” y que sus intereses pasaban por ganar dinero (cosa que John acepta sin oponer demasiada resistencia).

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Mantienen una conversación banal mientras ven dibujos animados. Tras un plano de situación tomado de frente en el que los vemos a ambos, una serie de planos y contraplanos ilustrarán la charla. Los dos bromean sobre lo que están viendo, sobre el racismo de algunos dibujos y ríen hasta que convienen que ha sido un día de mierda.



En ese punto, Jane le pregunta a John: “¿quieres besarme?”. Cuando el beso se produzca – un beso que contradice los principios acuñados por Jane- la cámara se situará al otro lado del eje, de manera que veamos a la pareja a contraluz -la pantalla tras ellos- mientras se besan y certifican, como la modificación del emplazamiento de la cámara, que las cosas han cambiado.

El segundo ejemplo lo tenemos en la secuencia climática situado en el octavo y último episodio. John y Jane, con el suero de la verdad corriendo por sus venas, están tumbados en el suelo confesándose todo lo que no se habían dicho después de dejar su casa lista para participar en un reality show de reformas exprés.



Donald Glover, que se reserva la dirección del episodio final, inicia una toma única justo después de que ambos se digan que querrán tener hijos juntos (estamos en un momento de re-unión). Ese reencuentro se rubrica con un beso, rodado desde una posición cenital, mientras ellos van diciéndose qué les gusta al uno del otro (y qué no).



Sin embargo, Glover cortará el plano en el instante en el que John le diga a Jane que no mató a su gato Max -motivo que desató el intento de asesinato mutuo que vemos a lo largo del capítulo- y Jane le informe de que ella tampoco intentó cargárselo poniendo una bomba en casa de su madre.



El idílico reenamoramiento queda interrumpido por una verdad desconocida, que acto seguido se manifestará con la llegada de sus verdaderos enemigos, no sin antes ver un plano de ambos -perfectamente reencuadrados- con el cuadro de Masaccio a sus espaldas. El único paraíso al que tendrán acceso John y Jane es el de nuestra memoria.