Los cinco episodios que conforman el biopic producido por Netflix sobre la figura del diseñador Roy Halston se mueven entre la intrascendencia y el golpe de genio, entre la sobrexplicación molesta y la solución visual deslumbrante. En realidad, su evolución no es tan distinta a la de su protagonista, un icono del mundo de la moda devorado por una industria que solo entiende lo artístico si atiende a lo económico, pero también fagocitado por su carácter errático. Halston (Ewan McCregor) fue un visionario, un fabuloso adulador y un emperador caprichoso que trataba a sus empleados como si fuesen súbditos y que se conducía con modos de dictadorzuelo de la república independiente de la haute couture. Esa ciclotimia que lo lleva de la fragilidad a la furia, acrecentada por un consumo exorbitante de cocaína, parece afectar igualmente a esta teleserie dirigida al completo por Daniel Minahan que lo mismo nos brinda sugerentes soluciones formales que necesita poner en boca de los personajes los sentimientos que experimentan. 

Lo más interesante de Halston está en sus episodios 2 y 3 y tiene que ver más con decisiones de puesta en escena que con los guiones firmados por Sharr White, Kristina Woo, Tim Pickney e Ian Brennan (con apoyos puntuales de Ted Malawer y Ryan Murphy, también productor ejecutivo) y su trabajo de adaptación de la novela Simply Halston de Steven Gaines. La teleficción arranca montada sobre una nube de polvo de ángel, con tres saltos temporales en apenas tres minutos -1958, 1961 y 1968- que invitan a tus neuronas a marcarse un pogo, a rebotar unas contra otras como las burbujas de una gaseosa en manos de Antonio Machín. Ese acelerón inicial junto con los flashbacks que nos remiten a la infancia de Halston para ayudarnos a entender sus comportamientos, parecen indicar una voluntad por abarcar la totalidad de una vida evitando excesos en el metraje. En realidad, o bien la serie necesita más episodios para profundizar en esos hechos apenas esbozados o bien puede prescindir de su exposición puesto que la angustia que el modisto padece, causada por la soledad y el desamparo, quedan explicadas sobradamente tanto por vía del diálogo -el momento en el que firma su fáustico contrato con David Mahoney (Bill Pullman)- como mediante distintos recursos estéticos que iremos viendo.

HALSTON | Tráiler oficial | Netflix

Halston es, digámoslo ya, repetitiva. Tanto que no encuentra una salida ingeniosa -sintética- para mostrar la adicción del diseñador, con su nariz convertida en un aspirador último modelo que parece no deteriorarse con el uso a tenor de las exigencias energéticas del usuario. Me dirán, y no sin razón, que de eso van las adicciones, de otorgar a los vicios la regularidad necesaria para convertirlos en hábitos. Les responderé que existen maneras más sutiles de mostrarlo, aunque la estética de determinada drogadicción da bien en pantalla y se ha hecho atractiva a ojos del espectador. Sin embargo, a pesar de la sobreabundancia de lugares comunes, de clichés y arquetipos, esta historia de auge, caída y redención parcial, vestida con los ropajes habituales de las producciones de Ryan Murphy que incluyen (y en este caso no podía ser de otro modo) un primoroso vestuario y un diseño de producción divino (léanlo separando las tres sílabas y alargando las íes), contiene unos cuantos destellos de brillantez quizá empañados por la caída de tensión causada por esas ya mencionadas iteraciones (Halston dándole al turulo, Halston enfadándose con todo el mundo, Halston sintiéndose solo) de sus dos últimos episodios. 

Detrás del preciosismo que envuelve su acristalado despacho de la Olympic Tower, detrás de la frivolidad pop que revolotea alegre por los techos del Studio 54; detrás, también, de esa amargura que se esconde bajo los vestidos de muselina; detrás de la mitomanía que atraviesa cada episodio, detrás de todos esos tropos inherentes a los shows que llevan el sello Murphy se agazapan un puñado de buenas ideas que nos permiten leer Halston desde otro ángulo. Veamos.

Nos vestimos para ser otra persona”, se le escucha decir al modisto en el último episodio. En el primer capítulo veremos al diseñador frente a un doble espejo, embadurnándose el rostro de maquillaje y dándole una nueva forma a su cabello (foto superior). Esa nueva imagen que crea para sí mismo nos es introducida mediante un reflejo duplicado, recurso que sirve para expresar la dualidad que tensiona la vida de un artista que quiere triunfar en la industria, de alguien que desea ser amado pero que aparta a todos los que se le acercan. Como dos esferas que se atraen y se repelen constantemente, las pulsiones del creador quedan resumidas en un plano fundamental para entender la serie: de un lado Halston se enfrenta a sí mismo y, simultáneamente, fabrica un personaje, una marca (“i’m a brand” llega a afirmar) que será la que ofrezca al mundo. Se viste, en definitiva, para ser otro. Ese otro que ha de conseguir la aceptación profesional y personal que necesita.

Esa escisión psicológica y visual -moldear una máscara con la que mostrarnos ante los demás sin sentirnos vulnerables- plasmada en un espejo es solo una de las múltiples formas de emplear expresivamente los reflejos que presenta Daniel Minahan. Hay otras igualmente sutiles, como ese plano tomado en el despacho de Halston en el que, utilizando los cristales que componen la fachada, se multiplica la figura del creador como si de una reproducción en serie se tratase. Una opción nada baladí si se tienen en cuenta que, en ese momento, acaba de vender, por las presiones de David Mahoney, sus diseños a JC Penny, una cadena de grandes almacenes destinada a la venta al por mayor, lo que supone una renuncia a la exclusividad y al prestigio en aras de los beneficios (foto inferior). Esa composición no es sino la traslación visual de la conversión de Halston en alguien vulgar, imitable, reproducible.

En todos los episodios pueden encontrarse rastros de composiciones inteligentes, por más que los guiones no conserven la finura de las imágenes y solo ‘The sweet smell of success’ sobresalga desde el punto de vista de la escritura: ese duelo de inteligencias entre Halston y Adele (magnífica Vera Farmiga) dota al episodio de una estructura más consistente que el resto, amén de una progresión dramática que no tiene parangón en ningún otro capítulo. 

Pero a los juegos especulares, o la concepción centrípeta de la serie, con Halston como fuerza motora alrededor de la cual orbita todo (siempre ocupando el centro del encuadre, como se observa claramente en la secuencia de la llegada al aeropuerto de París en ‘Versailles’), hay que sumarle un más que interesante trabajo de montaje. Y no nos referimos a esas vistosas secuencias musicadas como la primera del tercer capítulo, pura épica sintética al son de de Gigliola Cinguetti para resumir la creación del envase que encerrará el nuevo perfume de la marca. No; nos referimos, por ejemplo, al sentido musical que domina todo ‘Versailles’, a la creación de una cadencia que empareja el mundo de los desfiles con el de los espectáculos musicales con la figura de Liza Minnelli (sorprendente Krysta Rodríguez) como nexo de unión y casi como pretexto para que todo el tramo final de este 1.03 -que comienza con la preparación contrarreloj de un pase que reúne a los mejores diseñadores de Francia y EEUU- parezca un musical.

Todo el montaje del episodio, obra de Shelby Siegel y Shelly Westerman, es chispeante: arranca con dos secuencias montadas en paralelo pero situadas en cronologías distintas -la charla con David Mahoney es inmediatamente posterior a la que Halston mantiene con Eleanor Lambert (Kelly Bishop) pero están intercaladas- que al quedar suturadas de esa manera dan la medida de la creciente presión que sufrirá el diseñador por parte de los popes de la industria, una presión que adopta el tono del consejo sabio y amable y el sonido de un canto de sirena.

Con todo, la idea de montaje más llamativa, directamente relacionada con esa composición dual del personaje de Halston la encontramos en el choque entre dos secuencias situadas en los primeros compases del episodio. La primera arranca con un travelling de derecha a izquierda que nos muestra un escasamente iluminado aparcamiento de camiones en el que, ocultos bajo la noche, varios hombres mantienen relaciones sexuales. La cámara se detendrá frente a Halston, que está siendo sodomizado por el prostituto que ha contratado, mientras otra pareja se entrega a sus escarceos eróticos en el segundo plano del cuadro. Una bombilla alumbra débilmente la escena, en la que los personajes aparecen encajonados por sendos contenedores.

De ese ambiente clandestino, socialmente condenado, en el que Halston da rienda suelta a sus pasiones y en el que busca una complicidad que nunca termina de encontrar -Victor Hugo (Gian Franco Rodríguez), su problemática pareja, procede, también, del mercado del sexo- pasamos por corte directo a una secuencia diurna, bañada en luz, que se desarrolla frente a la tienda de Halston. Veremos al diseñador hablando con David Mahoney, ofreciéndole su ‘lado’ bueno mientras agradece a dos clientas que le alaben el gusto. Esa colisión lumínica y ambiental -oscuridad/luz, marginalidad/high-class, prohibido/aceptado, cerrado/abierto- sirve para reflejar, por otros medios y una vez más, la doble cara de Halston, cuya figura no pocos analistas han comparado con la del propio Murphy -el artista devorado por la industria- asunto sobre el que no es preciso derramar más tinta puesto que nada aportaría a lo que la guionista Paloma Rando señaló en esta columna. 

En definitiva, Halston no debería ser valorada únicamente en función de sus cualidades superficiales (ese look tan artificioso como deslumbrante) sin atender a sus evidentes desequilibrios en el guion. Tampoco deberíamos quedarnos solo con la apabullante actuación de Ewan McCregor (pero también con la de Rebeca Dayan como Elsa Peretti) como mérito principal de una producción que contiene algunas imágenes lo suficientemente relevantes como para no pasar desapercibida o como para colgarle la etiqueta de “otra serie fallida de Ryan Murphy” (sello delator tanto de la desidia crítica como de la ausencia de análisis que se esfuercen por vadear los lugares comunes). 

@EnricAlbero