Si los estrenos de series fueran comida, tendríamos víveres acumulados hasta la llegada del Apocalipsis. Tenemos la nevera llena y no sabemos qué comer, así que vamos picando de aquí y de allá para ver si nos decidimos. Pero, de verdad, paren ya de estrenar cosas, un poquito de por favor, que no nos da la vida. 

Mare of Easttown (HBO España)

Recientemente, un guionista y director me exponía que, en su opinión, la crítica tenía cierta responsabilidad para con las teleficciones que se despegan de las tendencias dominantes comandadas por la narración vertiginosa y los giros de guion constantes. Un storytelling en consonancia con un espectador cada vez más impaciente, habituado a nuevos modelos narrativos basados en ese binomio que forman velocidad y brevedad y que explotan redes sociales como Tik Tok. No se trata de abjurar de esas nuevas vías, sino de pelear por la convivencia entre formas y eso pasa por reivindicar que se sigan produciendo series como Mindhunter

Todo esto viene a cuento de Mare of Easttown, la nueva producción de HBO estrenada el pasado día 19, escrita por Brad Ingelsby (La ley de más fuerte, Una noche para sobrevivir) y dirigida al completo por Craig Zobel (La caza). He aquí un piloto que se toma su tiempo para acomodar al espectador en la atmosfera lánguida y opresiva que envuelve Easttown, una pequeña localidad del estado de Pensilvania en la que el sol luce con la desgana de una vieja linterna y las ropas, las paredes de las casas, los árboles o el cielo tienen el color del asfalto: es como si al director de fotografía Ben Richardson le hubieran encargado imprimir la serie en escala de grises (por cierto, estamos ante alguien que domina ese tipo de gradaciones, como ya demostró a propósito del blanco en Wind River). 

En esa ciudad en la que todo transcurre con parsimonia y nunca pasan grandes cosas, Mare Sheehan (Kate Winslet) ejerce como inspectora de policía. Sus casos son tan menores que en una comisaría de Filadelfia serían un post-it pegado en la esquina de una pantalla de ordenador alérgica a las miradas. Su vida está lejos de ser apacible: vive con su madre, su hija y su nieto y su exmarido está a punto de casarse de nuevo; es huraña y terca y, sin necesidad de palabra alguna, nos informa de que, básicamente, está hasta el moño: por más que el cumplimiento con la rutina diaria pueda confundirse con perseverancia, no es nada de eso, simplemente le va pasando la vida. Una vida que fue mejor, bastante mejor, 25 años atrás cuando era una buena jugadora de baloncesto que consiguió, gracias a una canasta decisiva, el único título estatal que adorna las vitrinas del instituto local. Es una vieja gloria, muy parecida al Jack Cunningham (Ben Affleck) de The Way Back, película escrita, también, por Ingelsby y dirigida por Gavin O’Connor que aquí ejerce como productor.

La nueva serie de HBO nos pide un pelín de calma y que dejemos el móvil a un lado para que nos familiaricemos con sus personajes. El caso criminal que invalidará esa afirmación de que en este pueblo nunca pasa nada solo llegará al final del episodio, cuando hayamos conocido un entorno habitado por familias desestructuradas, depauperado económicamente, con una población que pagaría gustosamente más impuestos si con ello lograra que de sus grifos saliera cerveza en lugar de agua potable y con una tasa de embarazos adolescentes que invita a pensar que en las farmacias de Easttown no se venden condones. En apenas 56 minutos Ingelsby dibuja personajes con trazo firme -la madre con cáncer que sigue buscando a su hija desaparecida un año atrás; esa excompañera de equipo que ve como su hermano le roba viejos trofeos para revenderlos y conseguir un nuevo chute; la madre, el primo (cura) y la hija de Mare y esa extrañísima convivencia al margen que se establece entre ellos (comparten techo y poco más)- mientras que Zobel diseña composiciones que denotan el aprisionamiento existencial que hastía a la protagonista (el plano tomado desde detrás de un acuario, la manera que tiene de filmar el interior de la pequeña casa familiar). Siguiendo el consejo de aquel guionista, defendamos las series que merecen el tiempo que nos piden. Por cierto, Kate Winslet, la ojerosa Kate Winslet, la desmañada Kate Winslet, la coja Kate Winslet, da un recital. 

Palomares: días de playa y plutonio (Movistar +)

Tráiler de 'Palomares', nueva serie documental original de Movistar+

Las buenas sinopsis tienen que ser seductoras. Como cualquier foto de Paul Newman. Como un donut de chocolate. “El 17 de enero de 1966, cuatro bombas nucleares con 75 veces la capacidad atómica de las de Hiroshima cayeron sobre Palomares, un pequeño pueblo de Almería. Por primera vez, un documental desvela lo que ocurrió realmente. 55 años después la información ha sido desclasificada”. Usted lee esto y compra. Siempre he creído que los documentales tienen una ventaja sobre la ficción: no importa lo pobre de su ejecución, ni que se parezcan a un reportaje de Equipo de Investigación, o que solo veamos a hombres y mujeres mirándonos a la cara y contándonos su vida, si el tema es atractivo querremos esa mierda. Unas veces por interés, otras por curiosidad y algunas por morbo. No importa. Como diría el coche fantástico, el KIT de la cuestión es que lo veremos sin pestañear independientemente de su calidad: que vayamos a tener continuación de Wild, Wild, Country es el ejemplo palmario. We want more

Con Palomares: días de playa y plutonio, la miniserie documental que Movistar + estrenó ayer y que lleva la firma de Álvaro Ron, sucede algo similar. El tema, resumido con mercadotécnica claridad en su sinopsis, interesa. Y los cuatro episodios se devoran. ¿Por qué? En primer lugar, porque tendremos acceso a informaciones que llevaban cinco décadas y media bajo siete llaves. En segunda instancia, porque ha habido un exhaustivo trabajo de investigación y de recolección de testimonios que, por un lado, completa una labor de análisis histórico fundamental para entender qué sucedió y, por otro, consulta a fuentes directas cuya experiencia personal aumenta exponencialmente el valor de lo referido: ahí están, entre otras, las entrevistas a Larry Messinger, piloto del B-52 que se estrelló llevando cuatro bombas nucleares en su interior, a Marvin McCamis, responsable del submarino que encontró la bomba perdida o a Paco Paredes, un humilde prospector que vio como su contador Geiger se puso a vibrar como una serpiente de cascabel en un estuche en cuanto empezó a inspeccionar la zona.

Hay, además, nuevo material de archivo e imágenes inéditas manejados con astucia, todo al servicio de una construcción en crescendo que encamina al espectador a formularse interrogantes constantemente, a preguntarse si con el chapuzón de Fraga todo acabó o si los índices de enfermos por cáncer de aquella área geográfica no se recopilan porque los resultados pueden ser terribles, como explica el profesor y periodista Rafael Moreno en esta entrevista realizada con motivo de la publicación de La historia secreta de las bombas de Palomares, libro editado en el año del 50 aniversario del incidente (Moreno es uno de los principales intervinientes en el documental). También hay un voluntarioso trabajo de dramatización que pretende reconstruir el enrarecido ambiente que se instaló en la pequeña localidad almeriense durante casi tres meses -el desembarco de 1000 soldados, las zonas vedadas, el repentino desalojo de casas, los exámenes médicos, la quema de ropa-, insertos ficcionales que se benefician de un notable trabajo técnico y de unos dignísimos efectos digitales. 

El documental producido por Movistar + y 93 metros no reinventa el formato ni nos cambiará la vida, pero arroja luz sobre un acontecimiento voluntariamente oscurecido y sobre el funcionamiento del régimen franquista en su llamada etapa de apertura, sin obviar las no menos arteras maniobras estadounidenses en plena Guerra Fría para evitar no ya una masacre atómica, sino que su tecnología pudiera caer en manos del enemigo (a los amantes de las conspiraciones también les va a chiflar). De todos modos, quizá lo más atrayente sea observar la pasión con la que el inasequible investigador del caso José Herrera -los ojos huyéndole de las órbitas, las manos incontenibles, esa voz secuestrada por la urgencia del querer contar- relata los hechos y arrastra con él a una audiencia que no puede más que dejarse llevar.

The Nevers (HBO España)

The Nevers- Trailer Oficial

Aquí huele a refrito. A Joss Whedon haciendo cosas de Joss Whedon, pero no haciendo cosas nuevas manteniéndose fiel a su estilo sino dándole candela al motor de la planta de reciclaje. Estamos en el Londres de 1899. Un inexplicado incidente ocurrido tres años atrás ha provocado que un elevado número de mujeres desarrollen habilidades especiales. Algunas de ellas se refugian en una institución tutelada por Amalia True (Laura Donnelly) y Penance Adair (Ann Skelly), cuya detentora es Lavinia Bidlow (Olivia Williams), una potentada que va en silla de ruedas. La sociedad victoriana está dividida con respecto a estas ‘nuevas mutantes’, sus dirigentes las consideran un peligro para el resto de la humanidad y algunos abogan por su integración. Efectivamente, ladies and gentlemen, estamos en el terreno de los X-Men, un universo en el que Whedon trabajó entre 2004 y 2008 (hablamos de cómics), abordado desde una perspectiva diferente (aunque estén todos, absolutamente todos los elementos propios de la saga: desde los temáticos -el racismo- hasta los personajes -Bidlow como trasunto del profesor Xavier, por citar el más evidente- pasando por una trama que recuerda a Dios ama, el hombre mata con guion de Chris Claremont y dibujos de Brent Eric Anderson fechado en 1982). 

Pero la cosa no se queda ahí. Reutiliza otros elementos propios -esos esbirros vampíricos que parecen sacados de Buffy Cazavampiros- y ajenos como las citas a Jack El destripador o Drácula y ese decadentismo victoriano propio de títulos como Penny Dreadful, si bien Whedon atenúa la oscuridad que baña la serie de John Logan con sus habituales toques de humor (que, paradójicamente, la acercan a novelas gráficas como The League of Extraordinary Gentleman de Allan Moore), una mezcla de tonos que no beneficia al conjunto. Sus dos primeros episodios parecen una colección de dejà vu por más que los mordaces diálogos made by Whedon siempre nos alegren los oídos. Habrá que esperar a la llegada de la segunda mitad de la temporada para ver si las cosas cambian, puesto que a pesar de figurar como factótum de The Nevers, el creador de Firefly abandono la serie justo en su ecuador, cuando fue substituido por la británica Phillippa Goslett por cuestiones que se explican muy claramente aquí y que se resumen, siendo generoso, en que no es el hombre feminista que dice ser y cuyo posicionamiento defiende, precisamente, en series como la que nos ocupa, un relato “sobre mujeres cuya complejidad asusta al patriarcado inglés” en palabras del crítico de La Vanguardia, Pere Solà, que no puedo más que compartir. 

Hasta entonces, los fans del estilo Whedon lo pasarán moderadamente bien con un show visualmente insulso, de narrativa ligera y ritmo vivaz. A los que el otrora tótem de la franquicia Vengadores no les haga gracia no encontrarán ningún motivo -ni nuevo ni viejo- para engancharse a ella. 

@EnricAlbero