Nadie sabe nada. Eso decía el guionista William Goldman a propósito del negocio del cine, esa rama del arte que, como casi todo lo relacionado con la creatividad, tan mal se lleva con las matemáticas. El autor de las dos partes de ‘Las aventuras de un guionista en Hollywood’ -el único manual que no da pistas sobre cómo escribir una película y del que más lecciones se pueden extraer- afirmaba que era inútil emperrarse en desmenuzar las películas más taquilleras o más premiadas en busca de la piedra roseta que desvelase los secretos de la escritura, que lo que había funcionado una vez no tenía porque hacerlo una segunda. De hecho, lo más probable era que la repetición condujese al más absoluto de los fracasos. Sin embargo, algunos gurús del screenwriting como Syd Field o Robert Mckee -cuyos guiones originales se cuentan con los dedos de una mano, dos tipos que han acumulado tantos taquillazos como yo títulos mundiales del peso welter- son contrarios al parecer del guionista de Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976) y sostienen que es posible identificar una serie de patrones presentes en diversas películas oscarizadas -de Bailando con lobos a Terminator 2- que pueden ser reproducidos para generar nuevos triunfos industriales; es como aplicar el concepto de cadena de montaje a la creación cinematográfica. 

Todo esto viene a cuento porque Álex Pina y Esther Martínez Lobato, quién sabe si siguiendo las enseñanzas de los profetas del guion, parecen haber dado con la tecla. Después de batir récords de audiencia con La casa de papel (2017-?), el despegue internacional de su carrera profesional les ha llevado a firmar tres nuevas series en apenas dos años y, a juzgar por su construcción, la dupla de guionistas ha encontrado una fórmula magistral que lo mismo vale para un drama poliamoroso como El embarcadero (2019-2020) que para Sky Rojo (2021-?) la road movie emancipatoria que hoy mismo estrena Netflix. Probablemente las series firmadas por esta curtida pareja de guionistas -llevan más de dos décadas dedicándose al bisnes- haya obtenido el respaldo de los espectadores, lo que no quita para señalar que tras la primera tanda de episodios de La casa de papel su escritura se ha vuelto mecánica y presenta una alarmante sobreutilización de recursos que las alejan de los que, a juicio de quien esto firma, son los picos creativos de su carrera (las dos primeras temporadas de Vis a Vis y la ya citada primera temporada de su particular versión de las heist movies). 

Verónica Sánchez, Lali Espósito y Yany Prado en un momento de la serie. Foto: Tamara Arranz

Sky Rojo es la historia de una huida, la de Coral (Verónica Sánchez), Wendy (Lali Espósito) y Gina (Yany Prado), tres prostitutas del club ‘Los Novios’ que se dan a la fuga tras agredir a su proxeneta, Romeo (Asier Etxeandia), quien no dudará en mandar a sus secuaces, Moisés (Miguel Ángel Silvestre) y Cristian (Enric Auquer), a que las persigan. La serie parece diseñada como una droga sintética: episodios cortos (8 de 25 minutos), acción constante y continuos plot twist; si fuera un cóctel lo llamarían ‘Compulsión’. El sacrificio de la coherencia interna o el despliegue de artimañas que alteren las leyes de la causalidad estarán bien empleadas siempre que el espectador esté dispuesto a anular su capacidad crítica a cambio de una adicción frenética que le conduzca a meterse por los ojos, y a ser posible de una sentada, los ocho episodios como si fueran un colirio lisérgico. Y es que Sky Rojo se exhibe como un dealer de MDMA en un festival de música electrónica: colores saturados, dos toneladas de brilli-brilli, tiros de cámara extremos,… Como si a Migue Amoedo, responsable del look de la serie, le hubiera poseído un demonio de neón. El colofón lo ponen un par de personajes adictos al Propofol (o a cualquier anestésico que se ponga a tiro) y al crack -es irrelevante desvelar sus identidades – para, de algún modo, hipertrofiar la estética de burdel que envuelve toda la propuesta.

El resto ya lo saben porque lo han visto antes. Aquí cambiamos la Ibiza de White Lines (2020) por Tenerife, la voz en off de Tokio (Úrsula Corberó) por su versión polifónica y el tímido guiño antisistema de La casa de papel por una no menos tímida reflexión sobre la prostitución y la trata de blancas - en ‘La realidad paralela’ (1.02) no falta ni la cita estadística. Todo ello pasado por una Thermomix que se dedica a mezclar la trama que se desarrolla en el presente -la escapada- con el pasado de las protagonistas, unos flashbacks que, además, sirven para tapar los agujeros que el propio desarrollo de la historia va generando, como una levadura mágica que te ayuda a que el suflé no se venga abajo cuando te das cuenta de su inesperada flacidez. Un ejemplo: durante la pelea con Romeo, Gina es herida de gravedad. Necesita un médico, pero no pueden ir a un hospital. ¿Qué hacemos? Flashback. Coral tiene un cliente que es veterinario. Bingo. Opera a chihuahuas, pero tendrá que valer. Con este recurso, que Pina, Martínez Lobato y sus respectivos equipos de guionistas han empleado a discreción, puedes arreglar cualquier entuerto. Yo que sé: ¿que las chicas necesitan un tanque? Flashback. Uno de sus asiduos es un traficante de armas saudí que guarda un carro de combate en el garaje junto al Porsche 911 Targa y al Hummer.

Sky Rojo | Tráiler oficial | Netflix

También podemos entretenernos jugando a las referencias: desde la huida desesperada que recuerda a Thelma & Louise (Ridley Scott, 1991) al humor bruto estilo Airbag (Juanma Bajo Ulloa, 1997), del frenesí barriobajero del primer Guy Ritchie -Lock & Stock, Snatch- al Enric Auquer que fotocopia su personaje de Quien a hierro mata (Paco Plaza, 2019), pasando por un homenaje piscinero a una de las secuencias más icónicas de El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2013). Los nombres de Quentin Tarantino o del Harmony Korine de Spring Breakers (2012) y The Beach Bum (2019) mejor guárdenlos para ocasiones especiales, concretamente para aquellas en las que su invocación resulte pertinente: esta no lo es. Y hablando de personajes, Verónica Sánchez vuelve a sostener el papel de una mujer tan torturada -aunque aquí por otros motivos- como la de El embarcadero (serie en la que fingía ser bióloga… ¡justo el título académico que incluye su CV en Sky Rojo!); el resto del elenco exuda intensidad y exuberancia física, hay carne como para hacerle la competencia a Joselito -no al pequeño ruiseñor, sino al de los ibéricos- y escenas picantes para ponernos las hormonas a centrifugar, como las orgías de White Lines o los tórridos encuentros de El embarcadero. He aquí un dejà vu en versión concentrada: el crimen o la muerte que desencadena el relato, la utilización de la voice over (en White Lines era la de Zoe Walker hablando con su terapeuta), la efectista puesta en escena, la ampulosidad interpretativa y ese exasperante modelo de narración denotativa que confía menos en el espectador que la élite política de este país en Villarejo. Además, la receta viene bien cargada de música -el montante de los royalties del soundtrack da para comprar dos toneladas de ‘brilli-brilli’, un tanque y el festival de electrónica por el que se pasea el dealer de MDMA- para que no falten ni la épica ni los subrayados, para que nuestros sentidos estallen ante tanto estímulo. Si Sky Rojo fuese una droga sintética, podría llamarse ‘La triple E’: énfasis, éxtasis y entretenimiento. Así que ya saben, apaguen el cerebro y disfruten. Ahora bien, si ketamina les suena a antiséptico, si tienen alergia a las luces de neón o son de los que no quieren desconectar viendo la televisión, ni se les ocurra abrir la puerta de este burdel: se sentirán tan incómodos como si llevaran alzacuellos. 

@EnricAlbero