No todas las series despiertan en uno la voracidad analítica a la que invitan los títulos revisados en este blog a lo largo de las últimas semanas (Insecure, Normal People, etc.). Sin embargo, a veces basta con variar nuestra posición con respecto al objeto —mirarlo desde un lugar infrecuente— para encontrar en él un brillo que, de otro modo, pasaría desapercibido. Esa reubicación en tanto espectador (o en tanto analista, si se quiere) no implica extraviarnos en lecturas fantasiosas, ni debería desviarnos por rutas alternativas que, finalmente, nos alejan de nuestro destino crítico: en cualquier caso, nuestra aproximación debe remitir siempre a las imágenes (o, ulteriormente, a los elementos que configuran el texto). 

Valga este preámbulo para acercarnos a Flesh and Blood, miniserie británica que Filmin estrenó el pasado 21 de julio, una producción funcional que satisfará a los aficionados a los dramas familiares aliñados de misterio que gana enteros si se observa desde una perspectiva inmobiliaria; esto es, examinando las casas y los apartamentos en los que vive la familia protagonista para ver qué ligazón hilvana espacios y personajes. Para eso es necesario delimitar brevemente el armazón argumental de esta producción escrita por Sarah Williams (La joven Jane Austen) y dirigida por Louise Hooper (Engaño, Lucky Man) para la ITV británica. 

Vivien (Francesca Annis) es una viuda septuagenaria —perdió a su marido 18 meses atrás— que vive frente a las costas de Eastbourne. Posee una casa de líneas rectas, totalmente reformada y de apariencia cómoda. Están, si no lo han adivinado ya, ante una de esas producciones que parecen patrocinadas por el patronato de turismo regional, en este caso el del condado de East Sussex; de esas que, desde la ficción, deslocalizan falsamente sus paisajes playeros para reubicarlos bajo el calor de un sol mediterráneo (como si el litoral británico pudiera ser algo más que una postal sacada de una impresora cuya amplitud cromática se reduce a la escala de grises). Es una serie increíblemente soleada. 

Helen (Claudie Blakely) es la mayor de sus tres hijos. Está casada con George (Keir Charles) y tiene a una hija adolescente. Acaba de asumir el cargo de CEO en un hospital y su nombramiento implica el inicio de una gestión de ajuste que requerirá despidos. Entre sus motivaciones para no incluir bebidas sin graduación en su dieta líquida figuran el estrés y la reforma de la casa familiar que lleva a cabo su marido. 

Jake (Russell Tovey) es el mediano. Se acaba de separar de su mujer, que está a cargo de sus dos hijos, después de que esta descubriera que se ha pulido el dinero de las cuentas conjuntas en apuestas. Jake trata de recuperar los ingresos perdidos —que puntualmente debe regresar a su exesposa— trabajando como monitor en un gimnasio. Sus tareas incluyen, también, clases particulares que derivan en sesiones de gimnasia sexual previo aumento de la tarifa. Inicialmente, Jake no tiene casa hasta que su alumna predilecta le pone un piso a cambio de que siga haciendo flexiones sobre su cuerpo. 

La última rama de este árbol genealógico es Natalie (Lydia Leonard), la hermana pequeña. Una joven soltera que mantiene un affaire de larga duración con su jefe (contratista de obras), el típico cincuentón casado y con hijos siempre con una promesa de divorcio aleteándole en los labios. Nat vive en un pequeño apartamento situado al lado de un edificio en construcción. Y nos queda Mary (la gran Imelda Staunton), la vecina y amiga de Vivien, una ancianita demasiado observadora y siempre dispuesta a echar una mano, propietaria de la casa contigua, mucho menos moderna y mucho menos adecentada que el inmueble adyacente.

Las vidas de este núcleo familiar que orbita alrededor de la figura materna verán truncadas sus trayectorias cuando Vivien inicie un fulgurante romance con Mark (Stephen Rea y su rostro indescifrable), un médico también viudo cuya sombra se proyecta como el perfil de un asteroide a punto de impactar sobre una normalidad que los hijos creían tener bajo control. El relato se estructura en dos tiempos, un presente en el que la policía interroga, a razón de personaje por episodio, a Mary, Helen, Jake y Natalie, y un pasado en el que se narran los hechos que han desencadenado el suceso violento que ha requerido la actuación de las fuerzas de seguridad (y que no es necesario revelar para alcanzar nuestro propósito, así que el misterio puede permanecer bajo llave).

Volvamos a las casas como si, por una vez, esto fuera la revista El Mueble. Vivien posee un inmueble agradable y bien estructurado. Como ella, su residencia costera responde a las necesidades de una persona metódica que siempre hace ejercicio a la misma hora, que se ha acostumbrado a regirse según sus propias reglas y que, desde que su infiel esposo compró un billete de ida en Cruceros Caronte, no rinde cuentas a nadie. Cuando Mark llegue y surja el amor, la plácida y rutinaria existencia de Vivien cambiará tanto como si un DJ puesto de sangría pinchara Camela después de Einstürzende Neubauten. Pero ¿cómo afecta la irrupción de Mark (alguien que, por cierto, no sabemos dónde vive) a nuestra asumida perspectiva inmobiliaria? Su presencia derivará en la puesta en venta de la que, hasta ese momento, había sido la casa familiar que había visto crecer a Helen, Jake y Natalie, a la que iban puntualmente a visitar a su madre, en la que sigue latiendo el recuerdo del padre muerto. Vivien cambia de vida cambiando de casa. 

Este tipo de lógica descriptiva aplica en todos los casos. Helen está consumida por el estrés, no tiene tiempo ni para su marido ni para su hija y bebe como un cosaco encerrado en la planta embotelladora de Smirnoff. Veremos a George dedicado en cuerpo y alma a reformar el hogar familiar, una casa que necesita adaptarse a las nuevas circunstancias para seguir siendo de utilidad, metáfora inequívoca sobre la situación matrimonial (una pareja que apenas habla, que no mantiene relaciones sexuales, que solo cohabita). Renovar la casa implica renovar la vida conyugal. Piensen en cómo termina la reforma y en cómo acaba esa familia (y miren la foto 2). 

Flesh and Blood - Tráiler | Filmin

Jake pasa de ser un hombre sin hogar, expulsado por su mujer tras descubrir sus infidelidades contables, a vivir en un lujoso apartamento propiedad de su amante entregado en contraprestación por sus servicios gimnásticos y, sobre todo, eróticos. El cambio de pareja conlleva un cambio de casa; de hecho, cuando Jake trate de recuperar a su familia, su suntuoso flat será el escenario en el que se certifique la imposibilidad de esa vuelta atrás.

Natalie está pendiente de que su jefe y amante dejé a su mujer y le suelte ese sí quiero que nunca llega. Es una aspirante, alguien que desea algo que no puede conseguir. Eso también tendrá su traslación en forma de metáfora inmobiliaria cuando Tony (Vincent Regan) le muestre una mansión de portada del ¡Hola! que, según sus palabras, se convertirá en su hogar cuando, más pronto que tarde, abandone a su actual familia. De amante a esposa, de alquilada en un pequeño apartamento a propietaria de un casoplón. El sueño de su vida. Nótese que el piso de Natalie está situado al lado de un solar en el que se está levantando otro bloque de apartamentos, una nueva metáfora que relaciona la existencia ‘en construcción’ de la hija menor con los trabajos que pueden verse desde su balcón.

Mary es la versión geriátrica del Buffalo Bill de El silencio de los corderos: ¿se acuerdan de aquel “codiciamos lo que vemos” que usaba Hannibal Lecter (Anthony Hopkins) para describir su conducta? Su amistad con Vivien esconde una envidia insana, el deseo de poseer una familia que jamás ha tenido. Como en aquel relato de Raymond Carver (‘Vecinos’), Mary ha ido probándose poco a poco la vida de su amiga como si fuera una colección de prendas: ha cuidado de sus hijos, ha conservado sus dibujos, ha guardado los viejos vestidos de Vivien, ha cocinado para ellos, ha compartido su mesa, … ¿Y cómo es su casa? Conserva cierta decencia exterior pero los desconchados del tejado se perciben sin dificultad (es una residencia bastante más humilde). La cocina necesita una reforma y un caos permisible invade cada estancia. A house is not a home (solo tienen que ver la foto 3 en la que se puede comparar la apariencia de ambos edificios).

Su casa en nada se parece a la de esa vecina a la que ella quiere parecerse, así que su única opción pasa por (re)forzar sus vínculos con ella, introducirse otra vez en su mundo (cuyo acceso le ha sido vedado por Mark… que reconstruye la valla que separa ambas propiedades), recuperar la posición que tenía antaño y, si se da el caso, ejercer como sustituta (como si el casting para Mujer blanca soltera busca lo hubieran hecho en un asilo). Ahí radica, para quien esto firma, el mayor interés de Flesh and Blood, en ver cómo los personajes y su propia evolución guardan una estrecha relación con los espacios que habitan —vale, también me gusta esa suite alegre, obra de Dan Jones; el acompañamiento perfecto para un misterio ligero de sobremesa— de ahí que la última secuencia (foto 1) nos ofrezca una comida familiar en la que Mary ocupa el lugar en la mesa que le correspondería al cabeza de familia mientras Vivien sale al exterior (seguida por un movimiento de grúa): la madre queda expulsada de su hogar y la vecina preside el almuerzo. 

@EnricAlbero