Nunca olvidaré, y creo que muchos de los que tienen treintaytantos tampoco, la primera vez que vi Top Gun. Era en la sala Aribau, de Barcelona, y ya fui al cine con el corazón en un puño sabedor del hipnótico efecto que esa película tenía sobre las mentes infantiles de mis compañeros de colegio más afortunados que ya la habían visto. Tenía yo entonces 11 o 12 años y era un niño un tanto repelente al que le gustaba el cine clásico de Hollywood y un lector compulsivo, pero desde luego no era inmune, ni mucho menos, al poder de atracción que ejercían esos blockbusters de los 80 en los que aun se contaban historias de personas de carne y hueso.



He vuelto a ver varias veces Top Gun a lo largo de los años y no estoy muy seguro de que la película resistiera del todo una visión actual aunque la recuerdo de maravilla. A veces, es mejor escribir la leyenda. Sin haber tenido jamás ninguna inclinación por el mundo bélico, salí del cine ansioso por convertirme en piloto de aviones de mayor. Me sorprendió, además, lo sexual que era la película y de hecho sigue siendo sorprendente. Los títulos comerciales de Hollywood de hoy son, por lo general, mucho más castos que esa Top Gun en la que KellyMcGillis y Tom Cruise se lo pasaban de maravilla en la cama.



Top Gun, no tengo ni idea, debe ser una película que no gusta a los críticos ni tampoco a los izquierdosos. Desde luego, tiene un mensaje patriotero a más no poder, es una de esa películas que antes se llamaban, no sé si la gente las sigue llamando igual, "americanadas". Por "americanada" todo el mundo entendía una película con efectos especiales, en la que el héroe era al mismo tiempo valeroso y sentimental, donde triunfan los mejores augurios y al final la gloria del protagonista se acaba confundiendo con la de toda una nación, Estados Unidos, por supuesto. Esas películas, hoy, creo que son quizá menos evidentes en el fondo (se suele incluir alguna crítica al país para matizar el asunto) pero no muy distintas en el fondo.



Con los años, he aprendido a apreciar a Bergman, Kiarostami o Godard, pero a los doce años para mí el cine, el gran cine, lo ejemplificaba esa Top Gun de emociones épicas y valores puros en la que había un lugar para la amistad, el heroísmo y el compromiso afectivo. Son valores, seguramente, conservadores, pero parte del éxito de Hollywood en todo el mundo es su capacidad para defender sus intereses y, al mismo tiempo, tomar en cargo la responsabilidad de educar a los demás y suelen hacerlo con principios sencillos pero difícilmente reprochables y universales. Sin duda, el éxito de Hollywood también ha sido moral, y eso que es ampliamente discutible, precisamente, su monopolio en este terreno.



Todo esto viene a cuento porque se murió Tony Scott y me dio mucha pena. Yo, que soy un sentimental, en seguida me acordé de esas imágenes de Top Gun que tenía guardadas en algún lugar de mi inconsciente. Imágenes que me hicieron soñar de tiempos más ingenuos, los míos y quizá también en general, en los que el cine prácticamente sólo se veía en pantalla grande y uno debía esperar a veces incluso meses para que llegaran las famosas películas de Hollywood a nuestro país. Eran tiempos en que había mucho menos al alcance y donde una película como ésta se convertía en una acontecimiento social. Tony Scott supo tocar la fibra de un momento histórico y que su película trascendiera el propio cine para ser un fenómeno. Muy pocos lo consiguen, su suicidio es una pena, como siempre que se muere un artista que ha sabido conmover y entretener al mundo.