Las tres hermanas, 1955

Museo Thyssen-Bornemisza. Paseo del Prado, 8, Madrid. Comisarios: Raphaël Bouvier, Michiko Kono y Juan Ángel López-Manzanaresr. Hasta el 26 de mayo

Balthus decía de sí mismo que era un pintor religioso. "Siempre empiezo un cuadro rezando", leo en sus Memorias (Lumen, 2002). Cuando murió, presidía la cabecera de su cama una imagen de Nuestra Señora de Czestochowa, patrona de Polonia. Y un rosario, regalo de Juan Pablo II. Con estos datos ya nos hacemos idea de qué tipo de pintor es este. Completa el retrato su indiferencia por las vanguardias del siglo XX. Y su admiración por los antiguos maestros de la pintura, su amor por Piero della Francesca y Masaccio. También por David, Poussin, Chardin y Courbet, a quienes copió con fervor en el Louvre, que fue su academia de arte.



Sin embargo, contradictoriamente o no con todo lo dicho, pero rompiendo el estereotipo, ciertos cuadros de Balthus han sido motivo de encendidas polémicas, por representar adolescentes en posturas provocativas. Por ejemplo, cuando hace dos años se colgó en las paredes del Metropolitan Museum neoyorquino Thérèse soñando (1938), que podemos ver en esta muestra, se recogieron más de once mil firmas pidiendo su retirada. O sea, que la clase a la que pertenece este pintor está aún por definir. En mi opinión, si algo muestran los cuadros de Balthus es que hay muchos y delicados matices entre el deseo y la inocencia. O entre la frescura de la juventud y el antiguo misterio de la vida. Porque, como escribió precisamente Rilke: "La belleza no es sino el comienzo de lo terrible". Y es que no hay ruptura entre lo sagrado y lo profano. Por eso Balthus podía decir que las jóvenes de sus cuadros son ángeles. En todo caso, uno de los temas de su pintura es ese haz de tan extrañas emociones que se llama adolescencia.



Si algo muestran los cuadros de Balthus es que hay muchos y delicados matices entre el deseo y la inocencia

Balthus fue un defensor del oficio de pintar. Otra vez en sus Memorias, advierte: "Hoy día se desconocen las virtudes milenarias del silencio y el trabajo, del diálogo secreto y profundo con lo invisible, que para mí también es lo divino, y esa reconstrucción aparente en el lienzo, que viene de muy lejos, de un lugar muy antiguo". Pintó apenas tres centenares de cuadros (Renoir, 5.000) y practicó siempre un realismo intemporal, a lo largo de su larga existencia (1908-2001). Vástago de la élite cultural francesa, se dio a conocer a los 12 años, ilustrando un libro sobre gatos prologado por Rilke, amigo de la familia. Mediada la década de 1920 se inició en el postimpresionismo, de la mano de Pierre Bonnard.



En su primera exposición, en 1934, La calle, cuadro aquí presente, provocó un escándalo. En la década de 1930 fue muy amigo de Derain y Giacometti. En 1961 André Malraux, ministro de Cultura, le nombró director de la Villa Médici, donde pasó 16 años. Restauró las decoraciones del edificio y en adelante, el fresco estuvo presente en su pintura. Tras un primer matrimonio (1937-1953) con Antoinette de Watteville, con quien tuvo dos hijos, en 1962 conoció a una joven traductora japonesa, Setsuko Ideta, de 19 años, con la que se casó. Acabaron comprando el chalet más grande de Suiza (5 plantas y 113 ventanas), donde desde entonces vivieron con su hija y luego sus nietos y donde el pintor falleció.



Los hermanos Blanchard, 1937

El Museo Reina Sofía presentó en 1996 una exposición monográfica de Balthus, con una amplia representación de sus dibujos. Esta del Museo Thyssen ha conseguido reunir la casi totalidad de sus cuadros importantes. Me gusta su Plaza del Odéon (1928), que esboza tempranamente sus espacios asfixiantes. La Calle (1933) ofrece muchos motivos de inquietud: un episodio de acoso, la desproporción de los niños, el carácter mecánico de uno de los transeúntes... A partir de un cuadro inaugural, Los hermanos Blanchard (1937), se repetirán ciertos temas: adolescentes ensimismadas, dormidas, mirándose al espejo, desnudas o desnudándose. También paisajes no menos soñolientos y algunos bodegones con el pan siempre apuñalado. Su pintura evoluciona desde una nitidez perfilada, que en ocasiones recuerda a la Nueva Objetividad, a una sequedad borrosa propia de la pintura italiana. Con el tiempo, las figuras van perdiendo interés en beneficio de elementos decorativos y alguno de los últimos cuadros creo que acusa en exceso el cansancio y los problemas de visión. En la mayoría de estos lienzos encontramos un silencio particular. Procede de la desconexión de las figuras, que casi siempre se ignoran. También de una extraña suspensión del tiempo. Percibimos acaso el eco de antiguas composiciones, que como espectadores tenemos guardadas sin saberlo en algún lugar de la memoria visual.



Hay dos cuadros que me han impresionado particularmente: La habitación (1947-1948) y sobre todo, Muchacha ante el espejo (1948). En el primero, una joven nos mira sin vernos, pues ocupamos el lugar de un espejo. Reconoce su cuerpo desnudo con apenas una sonrisa. A su lado, arrodillada en el suelo e interrumpiendo por un momento la lectura, la mira otra chica, más joven, admirada de su transformación. En el otro cuadro la escena es muy parecida. Pero la joven es aún más resplandeciente. Y un paso atrás mira su reflejo en el espejo una anciana, que se aferra al respaldo de una silla. Nosotros sabemos tantas cosas que están pasando ahí, qué están pensando ellas... Es una novela entera de silencio.