Kanzel 05 (exterior) Kanzel an den Obstgärten, 2015 (detalle)

Galería Pilar Serra. Santa Engracia, 6. Madrid. Hasta el 26 de enero. De 3.500 a 1.200 €

Con una sólida formación académica en artes visuales y música, Paula Anta (Madrid, 1977) ha cosechado diversos galardones, como el Premio Aena (2010) o el de la Comunidad de Madrid en la Feria Estampa (2016). También becas del prestigio de la Academia en Roma o el Colegio de España, en París. Anta practica lo que podemos llamar "fotografía conceptual", es decir, crea un tipo de imágenes en las que lo que podemos ver es menos importante que la idea que quieren transmitirnos. Uno de los padres del arte conceptual, Sol LeWitt, lo dejó meridianamente claro allá por 1967: "El arte conceptual está hecho para comprometer la mente del espectador más que su ojo o sus emociones". Sabemos, sin embargo, que si no hay cierta seducción visual -por mínima o contradictoria que sea-, no concederemos a la obra la atención que necesita para ser desentrañada. Las fotografías de Paula Anta no carecen de interés plástico ni de pericia técnica. Revisando su trayectoria, encontramos imágenes notables, como Emenge, que le hiciera merecedora del primero de los premios arriba mencionados. La serie Palmehuset, dedicada a las estufas o invernaderos -presentados como paraísos artificiales- es ciertamente evocadora y resulta de un hábil manejo de la luz interior. Las instalaciones fotografiadas de Edera (Anta extiende por diversos escenarios una hiedra negra que los transforma amenazadoramente) me parecen sin embargo más obvias y artificiosas. Si comento esta trayectoria es para señalar ciertas constantes, como su interés por la naturaleza y el mundo vegetal. Y también para subrayar su manejo del medio y su pulcritud visual. Es decir, para señalar que esa atracción visual que antes formulaba como condición para interesarse por la obra se cumple sobradamente.



El término Kanzel, -título de la exposición que comentamos-, alude a las casetas de aguardo para caza, que la fotógrafa nos muestra aquí en tres ámbitos distintos: el campo abierto, la linde del bosque y el interior del mismo, tal y como existen en un gran coto de caza en Alemania. Son artefactos creados para ver y no ser vistos, que se colocan en lugares determinados por el paso de los animales, la dirección de viento y la facilidad de disparar sobre el objetivo. Sin embargo, esta función cinegética no es explícita y de no aclararlo la hoja de sala pensaríamos que son simples escondites para avistamiento de aves. Dejando volar la imaginación, podríamos incluso pensar que con su discreta ranura y un observador en su interior, tienen algo de rudimentario dispositivo fotográfico (cuya película sensible sería el propio observador). Las fotografías expuestas muestran estos habitáculos tanto desde el exterior como desde el interior (esto último en formatos más grandes). Puedo apreciar la melancolía patibularia de estas construcciones de madera, creadas para la muerte. Y el contraste entre la espesa vegetación y la vida bullente que se ve desde los ventanucos y el austero interior, fabricado precisamente con madera separada de su fuente de vida. Puedo emparentar estas imágenes con las series de arqueología industrial de los Bescher, por razones visuales; o con las imágenes de zoológicos de Ignacio Evangelista, por el tipo de problemática que acogen. Sin embargo, si lo que vemos debe ser soporte de un discurso, éste de Kanzel es anecdótico y poco elaborado. Creo que esta no es la mejor exposición de una fotógrafa con talento.