Trabajo forzado, Tejedora (detalle), 2005

Artium. Calle Francia, 24. Vitoria. Comisaria: Estrella de Diego. Hasta el 27 de agosto

Relacionar a Liliana Porter (Buenos Aires, 1941) con el universo borgiano, con sus cartógrafos y bibliotecarios, con sus acciones inútiles y sus gestos fútiles pero cargados de significación e ironía; poner en paralelo ambos artistas es algo inevitable de puro evidente. Cuando vi sus piezas por primera vez me dije: "sólo puede ser mujer y argentina".



Un imaginario como el de Porter tiene que proceder del ámbito de lo femenino, con ese minucioso trabajo de memoria que no es sino cancelación de esas viejas cuentas pendientes que todos tenemos allí, en lo más profundo del "ello" freudiano. Pero también con esa importancia dada a la escala, tanto en lo minúsculo de los personajes como en lo desproporcinadamente inmenso de las tareas que tienen que realizar.



La apertura de la exposición de Artium ya muestra la obsesión de Porter por el hecho mismo (mental y físico) de la representación y por la relación entre imagen, proceso y eso que llamamos mundo real. Arruga, una de sus primeras piezas, recurre a la técnica del grabado para mostrar un proceso ínfimo y a la vez alejado del núcleo central de esa práctica artística que implica una larga secuencia de acciones que deben ser ejecutadas con pericia técnica, un virtuosismo y savoir faire artesanal que se colocan en el centro del proceso. Uno comienza con una fotografía, que pasa luego a una plancha metálica, trata la plancha al ácido, la entinta, elimina cuidadosamente la tinta sobrante y la coloca sobre el papel. Todo ello ejecutado con el mayor mimo y calidad artesanal.



Arruga, 1968

El proceso en el que centra Porter su obra no es el del tratamiento de las planchas, ni el entintado o la presión sobre el papel, sino que es otro que se produce con anterioridad. El simple proceso de hacer un gurruño de una hoja de papel. De hacer que pase de ser un objeto útil, portador de ciertas cualidades como textura, blancura, absorción de la tinta, a un objeto de desecho. Algo que se arroja a ese submundo de las ideas fallidas llamado papelera.



Claro que en Arruga está también el juego por la representación y la verosimilitud que campan luego por toda su obra. La pieza es el hueco grabado de una hoja de papel, y por lo tanto una hoja de papel que representa una hoja de papel. Mientras una sigue impávida, convertida en objeto de museo y, en consecuencia, destinada a la eternidad, la otra se transforma y se degrada, hasta no ser nada. Todo lo más, un desecho de la sociedad de consumo.



Arruga recuerda muy directamente a otras arrugas que hemos conocido mucho más recientemente en nuestro entorno, si bien no es la única vez que Porter utiliza el papel para reflexionar sobre la representación y su ruptura, o degradación.



El interés por los juegos de representación se prolonga en la utilización de la línea, que actúa como elemento disyuntivo, como herramienta de separación y delimitación, aunque también haya que entender su papel como el de una aparición. La línea separa dos espacios, pero, al mismo tiempo, hace "aparecer" ante nuestros ojos un espacio que, sin esos límites, sería imperceptible.



Pero la parte central de la exposición gira en torno a las piezas en las que Porter construye su pequeño mundo de grandes tareas en el que el juego, la multiplicidad de significados y la ironía adoptan un papel central. Utilizando pequeñas figuras de plástico, compradas en cualquier tienda para niños, Porter es capaz de elaborar situaciones que dejarían abrumado al propio Sísifo. La pequeña escala de las figuras se empequeñece aún más al ser colocadas en el contexto de un objeto de tamaño normal, una madeja deshecha de lana, por ejemplo que, aparentemente, la figura tiene que tejer.



Trabajo forzado, Arena azul, 2008

Es ese juego de escalas el que abre la puerta a lo fantástico, porque las pequeñas figuras de plástico nos retornan inocentemente a nuestra niñez, a los sueños y fantasías de la infancia. Pero la infancia no suele ser el momento de esas pesadillas de trabajos interminables. Si a todo ello unimos nuestra propia estatura, que nos coloca a una escala aún mayor, la pieza alcanza un tercer plano, el de quien observa las penalidades de esos pequeños seres que tanto se parecen a nosotros. Claro que la obra de Liliana Porter recuerda a Magritte. Pero jamás podría ser Magritte. Entre otras cosas, por esa peculiar visión del psicoanálisis que flota en el universo de lo argentino y, en segundo lugar, por el "retorcimiento" (y no lo lean en sentido negativo) de la transformación del universo de los juegos y los sueños en el de las pesadillas.



Hay también ese detalle por lo mínimo, lo cotidiano, lo aparentemente insignificante, que subyace en el imaginario femenino. Repensar situaciones sencillas y devolvérselas al público convertidas en el espejo grotesco de sus miedos y frustraciones acumuladas en esos años de supuesta inocencia. Porter habla del tiempo, de la imposibilidad de un presente que siempre fluye, imposible de aprehender, y del pasado como única forma en que podemos experimentarlo, siempre a través de la representación. De ahí que la última parte de la exposición se centre en el uso no ya de esas figuras diminutas, sino de pequeños juguetes de plástico. Juguetes con los que Porter confiesa haber jugado primero, antes de enterrarlos en sus obras.



La reflexión sobre el tiempo tiene un inteligente giro en la serie Recontruction, en la que contrapone una figura de loza rota y fotografiada, con otra idéntica entera, forzando al espectador a una lectura inversa del supuesto orden de los acontecimientos. La historia al revés. Sólo la imaginación argentina podría concebir eso.



@esprz