Goya: La Duquesa de Alba, 1796- 1797

Patrocina: Fundación BBVA. Museo del Prado. Ruiz de Alarcón, 23. Madrid. Hasta el 10 de septiembre

Produce vértigo descubrir que no hay otra institución en el mundo que permita por sí sola un recorrido tan completo por la historia, el arte y la cultura españolas como la Hispanic Society, cuya sede está… en Manhattan. Lo cierto es que, si por un cataclismo de ciencia ficción, la península ibérica se volatilizara, visitando ese caserón modernista neoyorquino se podría reconstruir nuestra historia de forma verosímil. En concreto, hasta comienzos del siglo XX, que fue cuando el edificio abrió sus puertas. Y ello gracias a un fondo que reúne 18.000 piezas de arte (desde cerámica paleolítica a pintura modernista), 250.000 manuscritos y 25.000 libros (entre ellos, 250 incunables). Que semejante acopio fuera además la labor de un solo hombre, resulta abrumador. Como sorprende el amor de Archer Milton Huntington (1870-1955) por nuestro país, desde un temprano encuentro con la cultura hispánica en un viaje a México cuando tenía 15 años. A partir de entonces, dedicaría sus esfuerzos y su patrimonio a conocer y dar a conocer España y su cultura.



El proyecto de su vida fue crear un museo y una biblioteca que permitieran a otros seguir sus pasos. Para ello recorrió nuestro país de punta a cabo, entabló relación con intelectuales y artistas, editó manuscritos, promovió traducciones (la primera en inglés del Mio Cid) y excavaciones (de la Itálica romana), y compró y compró. Todo lo que dio de sí una de las fortunas más importantes de Estados Unidos, producida por la creación de compañías de ferrocarril y astilleros navales. Podríamos leer también esta historia al revés y fijarnos en la devastación de nuestro patrimonio que esto supuso. Menéndez y Pelayo escribió a un amigo lamentándose de la compra de la gran biblioteca del marqués de Jerez de los Caballeros por Huntington. Y tiempo después corrigió su opinión, señalándole que a la vista de las ediciones facsímiles que éste realizaba, nunca estos libros hubieran sido tan divulgados ni estudiados de seguir en territorio español.



Giovanni Vespucci: Mapamundi, h. 1526

Es la primera vez que abandonan su sede muchas de las doscientas piezas que hoy podemos ver en el Museo del Prado. Y confieso que la visita de estas salas es toda una experiencia. Por la calidad intrínseca de las obras, por su variedad y por el impecable montaje, con aciertos notables en lo que se refiere a la exposición de cerámicas y libros. Dejaré de lado torques y brazaletes celtibéricos y el busto de mármol de un joven romano. Hemos visto ejemplos semejantes. Lo que no tiene parangón es, por ejemplo, la Seda de la Alhambra, un paño de 2,3 x 1,5 metros de delicadeza insuperable y complejidad alucinatoria. Guardado durante siglos en el arcón de un convento, surge intacto ante nuestros ojos. Tras contemplar platos, barreños y albarelos pensé que si nunca me ha gustado mucho la cerámica ha sido porque no había visto ejemplos excelentes. Estos lo son, de las factorías de Manises, que en el siglo XIV barrieron de los mercados peninsulares las producciones que hasta entonces se traían de Oriente. La muestra de documentos es igualmente deslumbrante. Destaca la colección de privilegios rodados y la de ejecutorias de hidalguía, preciosamente ilustradas. Pero veremos asimismo manuscritos que revelan la vida privada de Europa: el decreto por el que Carlos V aumenta la pensión anual a Tiziano o la carta de Isabel I de Inglaterra a Felipe II. En esa posición entre lo textual y lo visual que ocupa la cartografía, vamos a encontrar también ejemplares maravillosos. Lo es, sin duda, el grandioso Mapamundi de Giovanni Vespucci y lo es el ingenuo y directo Mapa de Tequaltiche. Quiero señalar que a partir de esta pieza, veremos otras muchas procedentes tanto de Suramérica como de Filipinas, que se integran en un patrimonio común con toda naturalidad. En efecto, Huntington llamó a su institución Hispanic y no Spanish Society, porque su intención fue mostrar la extraordinaria potencia de la cultura hispánica. Y así, del mismo modo que se muestra en un continuum la Biblia Hebrea, un arcón mudéjar y una custodia procesional, también se exhiben lacas del virreinato colombiano o una inolvidable tira de cuatro metros de papel en la que Pancho Fierro pintó a la acuarela en 1830 el paso de una procesión por las calles de Lima. No quiero dejar de mencionar las piezas de escultura en madera policromada: el San Acisclo de Pedro de Mena (1680) o Santa Marta y Santa Magdalena, de Juan de Juni (1545) son ejemplos extraordinarios de un arte no siempre apreciado.



He dejado deliberadamente para el final un comentario relativo a la pintura, que sin duda constituye la parte más conocida de estos fondos. Hablar de ella podría ocupar varias páginas. El Conde Duque de Olivares, de Velázquez, la versión más impresionante de La Duquesa de Alba, de Goya. Y Zurbarán, el Greco, Murillo, Moro, Morales… Hasta llegar a Ramón Casas y Anglada Camarasa. Merece destacarse la soberbia colección de retratos de Sorolla, de personalidades de la España de finales del XIX realizada. Es sabido que Huntington encomendó a Sorolla el encargo más importante de su carrera, los 14 paneles dedicados a las distintas provincias españolas. Ya estuvieron en nuestro país en 2010, como en este caso, aprovechando el necesario desalojo de la sede de la Hispanic Society para realizar una reforma. Es uno de los pocos casos en que uno puede decir, "benditas sean las obras y que duren lo que duren".