Detalle de Agua, 2016

Galería Marlborough. Orfila, 5. Madrid. Hasta el 5 de enero. De 23.000 a 48.500 euros

En el revelador texto para esta exposición, Juan Navarro Baldeweg (Santander, 1939) hace una precisa distinción entre obra de arte y arte. La obra de arte resulta perfectamente descriptible en su naturaleza material e incluso por los procedimientos que han llevado a su realización, "el arte -escribe- tiene muchos disfraces tomados en préstamo de la complejidad constructiva, sensual y temática de la obra de arte", y además "no está propiamente en el lienzo o en el objeto, sino en un lugar intermedio entre la obra y el espectador, está en tierra de nadie, o mejor, en una tierra compartida".



Navarro Baldeweg tiene, tras su larga trayectoria como artista y arquitecto, toda la legitimidad para plantear tamaña distinción, fundamentalmente porque es de los contados artistas que han hecho del arte huésped permanente del espacio vacante entre sus objetos conceptuales (incluyendo sus pinturas) y el espectador, que asiste a la epifanía de su descubrimiento. En lo que a mí respecta, puedo afirmar que mucho de cuanto pienso y siento respecto al arte me fue descubierto en sus obras de los años 70 y ha sido desde entonces una experiencia constante en unas y otras de sus producciones.



Ceñido ahora a la práctica estricta de la pintura muestra una veintena de piezas, doce de las cuales constituyen una sola serie en la que revierte la idea de pinturas anteriores, donde reflexionaba sobre la naturaleza figurativa de la abstracción o asumía a la vez que se debatía contra alguna influencia, como bien podía ser la de Franz Kline. En el fondo venía a ocuparse de uno de los que han sido motivos sustanciales de su trabajo, la relación simpática existente entre el arte y los fenómenos naturales, incluyendo el paisaje como lugar de acontecimientos y el cuerpo mismo y sus sentidos.



En las pinturas actuales se ciñe a unas dimensiones y a un modo de realización por estratos y capas singulares, así como a unos mínimos esquemas geométricos que asumen su condición de figuras. Hay en ellas una atención básica al proceso de realización de la pintura, tanto en lo que se refiere a los aspectos materiales de la misma, a la propia naturaleza líquida de los pigmentos y sus distintas densidades, como a la actividad del pintor y a los útiles de que se sirve, pincel, espátula, las manos mismas. "La imagen final es, sobre todo acumulativa" y él mismo viene a describirla como "un baile de vitalidad abstracta".



Son pinturas extremadamente agresivas, como si la capa que se superpone discutiera con la que se asienta y a su vez fuese motivo de discordia formal con la que le sigue. Los colores son densos, muy saturados, con intensidad sobresaliente en los rojos, verdes, azules, amarillos y el negro, predominante en varios de ellos. Cabría subdividirlas, a su vez, en grupos más pequeños. Media docena exploran esa presencia brutal de las bandas negras sobre campos de color, una pareja lo hace con "rayados" de distintos colores que conforman un entramado casi sólido y otros tres juegan con bandas o enrejados de color blanco sobre fondos muy coloreados. En otro, incluso, asoma el símbolo, aquí agnóstico, de la cruz.