Vista de las fotografías de Miserachs en el MACBA

MACBA. Plaza dels Àngels, 1. Barcelona. Hasta el 27 de marzo.

En 2011 el MACBA recibió en depósito el archivo del fotógrafo Xavier Miserachs (1937-1998) con el compromiso de catalogarlo, conservarlo y difundirlo. Se trata de un conjunto de unas 80.000 imágenes, al margen de otra documentación, que da cuenta de más de 40 años de la vida profesional de unos de los grandes fotógrafos del país. Miserachs se asocia a aquella generación que renovó la práctica fotográfica en los años 50 y 60 y, frente al pictorialismo y la "fotografía de salón", propuso un estilo documental y realista. Buscaban captar la vida de una manera directa, sin excesivas preocupaciones técnicas y formales, y apostaron por una fotografía sin artificios que renunciaba al preciosismo para adherirse a la vida. Este compromiso con la realidad condujo a un nuevo estatuto para la fotografía, cuyo ámbito ideal de difusión era el papel impreso, el reportaje periodístico y el libro. Todos ellos representaban la réplica o versión española "del momento decisivo" de Henri Cartier-Bresson.



Era obligado por el museo, y hasta cierto punto esperado, revisar este momento a través de una gran retrospectiva sobre el fotógrafo. Sin embargo, y para decepción de los círculos fotográficos, el MACBA presenta una exposición parcial basada en uno de los trabajos principales de Miserachs: Barcelona, blanco y negro, un fotolibro testimonio de la ciudad de un periodo especialmente potente y ágil, modélico en su género. Publicado en 1965, fue maquetado por Ràfols-Casamada, que compuso una joya del diseño gráfico.



Lo que ha desatado las críticas de los fotógrafos es que la exposición consiste en una gran escenografía: las fotografías de Miserachs se amplían a formatos gigantes, se recortan, devienen un simulacro de arquitectura en el que se introducen efectos pirotécnicos de luces y de espejos. Hay quien ha calificado la muestra de "traición al espíritu del fotógrafo". Tal vez, los que provenimos del arte contemporáneo estamos más acostumbrados a este circo tecnológico, pero la verdad es que a nadie se le ocurre modificar los colores, por ejemplo, de un Picasso o cortar una sus telas. Y eso es así porque la pintura es un original y, por tanto, posee un aura sagrada y crematística que la hace intocable. En cambio, la fotografía, por su condición de reproductibilidad, es más susceptible de ser alterada. Además, hay un detalle importante: el fondo Miserachs depositado en el MACBA no consiste en fotografías soporte papel o positivos, sino en clichés y transparencias. ¿Por qué no reactualizar estos negativos?



La exposición The Family of Man (MoMA, 1955), hito de la fotografía documental y de la que tenemos constancia que fue vista por Miserachs, jugaba de una manera muy creativa con grandes paneles y la manipulación de los formatos. El mismo Català-Roca intervenía en la maquetación de sus fotolibros, alterando la disposición de las fotografías en sus exposiciones para crear ritmos visuales y nuevos itinerarios de sentido. Falta saber el sentido de esta nueva versión de Barcelona, blanco y negro. Sin duda, resulta extraña la apuesta del MACBA que, antes de la crisis de dirección del museo, se había presentado como una plataforma de reflexión. Los decorados, y esta exposición es un decorado, están vacíos de contenido. Ilusión óptica o traca de artificios. El mensaje de la exposición es el propio decorado. No hay más.