Uno de los dibujos primerizos de Le Corbusier con los que se abre la exposición.

Fundación Juan March. Castelló, 77. Madrid. Hasta el 28 de junio.

Es la primera vez que se dedica en España una exposición al art decó, el movimiento artístico vivido en los felices años veinte y los no tan felices años de la Gran Depresión. Ahora la Fundación Juan March hace un repaso con más de 300 obras entre pinturas, mobiliario, vestidos y cerámica.

En 1944 murió Paul Poiret. Al llamado "rey de la moda", tuvo que pagarle el entierro su protegida y amiga, Elsa Schiaparelli, la diseñadora que convirtió el Surrealismo en tendencia durante los años 30, con sus guantes con las uñas pintadas de rojo y los sombreros zapato, realizados en colaboración con Salvador Dalí. Poiret, que había dominado el mercado del lujo durante las dos primeras décadas del siglo XX, había sido olvidado después de su quiebra y vivió sus últimos años casi en la indigencia. Se cuenta que incluso se vio obligado a vender dibujos por los cafés y las calles de París para ganar algo de dinero. En 1926, los problemas financieros de su Maison ya se habían hecho evidentes y tuvo que cerrarla tres años después. Sus vestidos habían empezado a parecer demasiado exagerados, y además no estaban bien acabados. Habían sido pensados para que el efecto se produjera a distancia, no aguantaban la proximidad, igual que tampoco lo hacen los disfraces.



Las prendas de Poiret tenían algo de teatrales. No en vano se quedó fascinado con los Ballets Rusos de Diaghilev cuando irrumpieron en París en 1909 y todavía eran más exóticos (un exotismo particular que estaba a la vez lejos y cerca, como el de lo español) que vanguardistas. No triunfaban sólo los bailarines, Vaslav Nijinsky, Ida Rubinstein o Tamara Karsavina, sino también las escenografías y los vestuarios de Alexandre Benois y Léon Bakst, que se movían entre el revivalismo y el orientalismo, el simbolismo y el modernismo, si no son todos estos términos un poco lo mismo.



La asociación del

Quizás Poiret se reconoció en los Ballets Rusos. Él había hecho algo parecido cuando recuperó en sus diseños algunos de los estilos del período napoleónico, desde el clasicismo de los vestidos de corte imperio a la moda mameluca con sus turbantes y bombachos. También se dejó influir por la estructura del kimono japonés para hacer esos abrigos amplios que caían libres en pliegues por la espalda y que fueron muy copiados, o se inspiró en la indumentaria de los antiguos egipcios para crear algunos de los cuellos de sus vestidos de noche, casualmente poco tiempo después de la presentación de Cleopatra en esa primera temporada de los Ballets Rusos en Francia. Poiret liberó a las mujeres de los corsés, el polisón y las peligrosas crinolinas y abrió el camino a diseñadoras como Cocó Chanel o Madame Vionnet, que simplificaron aún más la silueta de los trajes femeninos.



Es este momento, la primera década del siglo XX, el que han elegido Manuel Fontán del Junco, María Zozaya y Tim Benton, comisarios de El gusto moderno. El art déco en París, 1910-1935, para comenzar el recorrido de esta impresionante exposición. Es la primera que se dedica en España a este estilo, y en ella se pueden ver más de 300 obras (entre pinturas, esculturas, mobiliario, moda, joyería, cerámica...) con las que se pretende establecer un panorama de lo que supuso el art déco en el París de la era del jazz, durante esos felices años 20 y los no tan optimistas primeros 30, anteriores al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Para los organizadores, la programación de esta muestra, que podría parecer que rompe con las líneas de la institución que está revisando grandes movimientos y figuras de lo que se ha venido en denominar modernidad, es una declaración de principios con la que se pretende reivindicar el papel del art déco en este período.



Man Ray: Simone Kahn, ca. 1926

El gusto moderno evidencia cómo existió una modernidad otra que convivía con las experimentaciones de las vanguardias y confirma que, lejos de mantenerse aisladas, una y otras se relacionaron, porque las fronteras no estaban tan delineadas como se ha pretendido y las etiquetas no terminan de funcionae. O no del todo. Ese es el hilo argumental. Así, al comienzo de la exposición se ha incluido una serie temprana de dibujos ornamentales de Le Corbusier, que en sus escritos posteriores rechazará el arte decorativo y afirmará que "una casa es una máquina en la que vivir", siendo el máximo exponente del funcionalista y despojado Estilo Internacional, que marcó la forma de contar la historia del arte de este período, excluyendo todo lo que no entraba en su norma.



Estas relaciones entre art déco y vanguardias se aprecian también en la última sala, en la que casi como cierre, se puede encontrar la famosísima Chaise longue LC4 que el arquitecto ideó en 1928 junto a Charlotte Perriand y su primo, Charles Jeanneret, para la villa Church, y que no se aleja demasiado de otros ejemplos de mobiliario que han sido catalogados como art déco, un art déco industrializado que se apartaba del preciosismo artesanal del comienzo. Fue este proceso el que no advirtió Poiret, un error que le llevó a la ruina justo en el momento en el que este estilo, del que había sido precursor, conquistaba a la sociedad francesa (y al mundo) en la Exposición Internacional de Artes Decorativas celebrada en París en 1925. La misma en la que Le Corbusier presentó su pabellón racionalista para L'Esprit Nouveau.



Pero esta narración de encuentros y casualidades puede llevarse más allá. Por ejemplo, podría añadirse la atracción que Le Corbusier sintió por la cantante afroamericana Josephine Baker, con la que coincidió en un crucero en 1929 y cuyos espectáculos habían hecho que París se tambaleara (igual que había sucedido con los Ballet Rusos), seduciendo también a los artistas del art déco, como demuestran las ilustraciones de Paul Colin para el libro Le Tumulte noir (1927) o las acuarelas de la no muy conocida diseñadora y pintora, Aleksandra Koltsova-Bychkova.



Los vestidos de Paul. Poiret vistos por Georges Lepape, 1911

La influencia de lo africano fue fundamental en el desarrollo de lo moderno durante las primeras décadas del siglo, como se subraya en el espacio que se ha dedicado al cubismo, movimiento importante en el desarrollo del art déco, con la inclusión de una pintura de Picasso de una cabeza de mujer de 1907, muy señorita de Avignon, que recuerda a una de las máscaras de la cultura fang (establecida en Guinea Ecuatorial, Camerún y Gabón) que poseía el fauvista André Derain, o en la fotografía de Man Ray, Noire et Blanche (1923-26), en la que el rostro blanquísimo de Kiki de Montparnasse contrasta con una máscara baoule del África occidental. Fue la Exposición Colonial Internacional de París de 1931, a la que los comisarios han dedicado una parte de El gusto moderno, la que llevó al extremo esta influencia, inundando el mercado de objetos de inspiración africana como la silla de Pierre Legrain o los sillones elefante de Jacques-Émile Ruhlmann para uno de los pabellones.



La asociación del art déco con adjetivos como decorativo, excesivo, superfluo, frívolo, banal, inauténtico, conservador, retrógrado, lujoso, incluso femenino, fue una de las causas que hizo que fuera excluido durante un tiempo del canon o que cuando fuera incluido, lo hiciera como una oposición no deseable. Su popularización en los años 30 y 40 también contribuyó a este rechazo porque se relacionó con el kitsch, ese concepto estético que alude a un gusto degradado. Sin embargo, hoy ya se sabe que es ineludible en el relato de la modernidad.



El art déco no murió en 1944, cuando lo hizo Poiret o cuando las autoridades estadounidenses decidieron desmantelar, porque no podía adaptarse al transporte de tropas, el Normandie, protagonista de otra de las secciones de la muestra. Los rastros del art déco pueden seguirse hasta el pop o, más tarde, hasta ese otro estilo que se ha dado en llamar posmoderno y que de nuevo puso en valor la idea de pastiche.

Mélodie déco

En paralelo a este universo déco que vemos en la exposición hubo una larga cadena de manifestaciones artísticas. Aunque el art déco fue un movimiento de origen francés, su cine pronto llegó a Hollywood, enfatizando una escenografía de la modernidad más estilizada, en compañía del jazz, de flappers faldicortas, de los primeros coches de carreras, del constructivismo soviético y del dinamismo de los años veinte. Un ejemplo lo ofreció la actriz y productora Alla Nazimova. De su colaboración con la diseñadora Natacha Rambova nació el filme Salomé (1923), basado en el drama homónimo de Oscar Wilde y que dirigió Charles Bryant. Fueron ejemplares las colaboraciones del arquitecto Robert Mallet-Stevens con Marcel L'Herbier en las películas La inhumana (1924) y El vértigo (1926), que causaron buen asombro en su tiempo. Un año más tarde llegó Metrópolis, de Fritz Lang, que a pesar de estar catalogada como expresionista, está fuertemente contaminada por el art déco, que en aquel entonces se había convertido en un estilo internacional que connotaba modernidad y buen gusto. La irrupción del art decó en el cine coincidió con su madurez como arte sofisticado, en los felices veinte, que se truncarán al final de le década con la Gran Depresión. Pero antes su irradiación llegó a la Italia fascista con sus filmes llamados "teléfonos blancos", y hasta algunas comedias españolas realizadas en vísperas de la Guerra Civil.