Detalle de Lounging Woman, 2004, de Martha Rosler

Se dice siempre que la Guerra de Vietnam fue la primera en ser televisada. Las batallas y las escaramuzas entre el ejército de los Estados Unidos y el de Vietnam del Norte y el Frente Nacional de Liberación eran grabadas y emitidas a diario en casi todo el mundo. También lo fueron los bombardeos indiscriminados contra la población civil y los efectos que resultaban de la utilización de armas químicas. El uso del napalm y sus consecuencias devastadoras se convirtieron en un símbolo de lo terrible de una guerra que cada vez se entendía menos. Era un conflicto desigual, se pensó, y cruel, no se respetaban los derechos humanos, al que se terminó oponiendo una parte importante de los estadounidenses, horrorizados ante lo que veían en sus pantallas y leían en las páginas de los periódicos, aunque los políticos que gobernaban, los demócratas primero y los republicanos después, se empeñaron en continuar con ella. Nixon engañó incluso a sus electores con la promesa de una paz que nunca llegaba porque existían intereses y un orgullo desmedido: no quiso reconocer la derrota.



Fue esta guerra injusta, todas lo son, la que movió a Martha Rosler (Nueva York, 1943) a realizar una de sus series más conocidas, House Beautiful: Bringing the War Home, en la que a través del fotomontaje (una técnica de tradición vanguardista que se apropia de imágenes ya producidas y les da un nuevo sentido al recontextualizarlas y ponerlas en relación con otras) llevaba la guerra a casa, la introducía de lleno en los hogares estadounidenses, en esas residencias modernas que habían resultado "tan diferentes, tan atractivas" a los artistas de la generación anterior.



Rosler eliminaba con sus collages esa distancia que hacía que los estadounidenses se sintieran, a pesar de las atrocidades que contemplaban en sus televisores, a salvo, seguros, en sus confortables sofás. La guerra se está librando aquí, no podéis manteneros ajenos porque vosotros también participáis, les intentaba explicar. Así, en sus obras, los marines invadían las cocinas de esas familias felices que protagonizaban los anuncios de las revistas de decoración, las bombas caían en los jardines de césped perfectamente recortado de las casas de las urbanizaciones de los suburbios y las víctimas vietnamitas buscaban refugio en los salones de unas mansiones en las que parecía sobrar mucho espacio. Rosler dio por finalizada la serie en 1972, creyendo, optimista, que la guerra se estaba acabando, sin embargo, no había terminado y la historia volvería a repetirse pocos años más tarde. La artista tuvo que volver a buscar en los medios para construir esas imágenes que la gente no quería ver: Abu Ghraib, como Hanoi y Saigón antes, no quedaba lejos. Las torturas no habían sido allí, sino que se habían cometido aquí, insistía en explicar otra vez con sus nuevos fotomontajes sobre las guerras de Irak y Afganistán.



Son dos series de imágenes que ahora Juan Vicente Aliaga, comisario de la exposición, ha puesto en relación con algunos de los fotomontajes que conserva el IVAM de Josep Renau (Valencia, 1907-Berlín, 1982), en la primera propuesta de José Miguel García Cortés tras la salida de Consuelo Ciscar de la dirección del museo. Tristes armas, título de la muestra que se apropia de unos versos de Miguel Hernández, establece continuidades en la forma en la que los artistas han representado las guerras a lo largo del siglo XX: desde la Guerra Civil española a las recientes de Oriente Próximo. No obstante, la principal diferencia entre Renau y Rosler es que el compromiso revolucionario del primero le llevó a justificar de algún modo la utilización de las armas frente al rechazo sin contemplaciones de la segunda. sergio rubira