Un intento de balance definitivo de sus próximas tendencias en indumentarias y accesorios masculinos , 1962 (detalle)

Museo Reina Sofía. Santa Isabel, 52. Madrid. Hasta el 13 de octubre.

La antológica que el Museo Reina Sofía dedica al artista británico Richard Hamilton (1922-2011), comisariada por Vicente Todolí y Paul Schimmel, es una de las exposiciones más sugerentes y provocadoras de las que hemos disfrutado en años. No siempre se da la ocasión de que un artista haga que nos cuestionemos no sólo cuanto creíamos saber sobre él, sino sobre lo que representa su obra y lo que supone en un pensamiento artístico más global. Es una ocasión excepcional para sentir el lado más cautivador que tiene el arte. Bajo cierta paradoja, Hamilton hace tambalearse todo sentido estético que él afirma y sostiene con su propio trabajo, desde la noción de artista hasta la naturaleza misma de la imagen. Este aspecto es, quizás, el más duchampiano de su duchampiana personalidad.



Su objetivo es mostrar la fortaleza y generosidad de su concepción artística sin clasificaciones, pues se interesó por el dibujo y la pintura; por la manipulación compositiva de las imágenes; por el grabado y sus técnicas; por la fotografía muchas veces de mano de otros artistas; por el diseño industrial; por la implicación personal política y la subversión de las anquilosadas costumbres sociales de la segunda mitad del siglo XX; por las figuras de Marcel Duchamp y James Joyce, los artistas Bacon, Saenredam, Manet, Poussin y Tiziano, y los personajes como Marilyn y Mick Jagger; también por la televisión y los modos de información, por la publicidad y la arquitectura.



Esta exposición es, además, la última en la que Hamilton colaboró directamente con los comisarios, a los que aportó, por sorpresa, los materiales que compusieron la muestra Crecimiento y Forma, que han permitido su reconstrucción 63 años después de celebrarse. Apunto la distancia entre fechas porque una de las secciones principales de la retrospectiva la constituyen otras muchas reconstrucciones de las exposiciones comisariadas por Hamilton, o en las que participó junto a otros, como la ya citada organizada por el ICA de Londres entre 1951 y 1957; Hombre, Máquina y Movimiento, en 1955, hoy parte de la colección del Reina Sofía; la célebre Esto es mañana, de 1956, para la que realizó el mítico collage-cartel ¿Qué es lo que hace que las casas de hoy sean tan diferentes, tan atractivas?, consagrada como la pieza germinal del Pop Art; y An Exibit, de 1964, junto a Victor Pasmore.





Detalle de su última obra, de 2011, Untitled



Me asombra mucho la prontitud de Hamilton en el comisariado y montaje de exposiciones cuyas ideas son más cercanas a nuestros días que a las de su tiempo, en una Europa que sólo hacía poco más de un lustro estaba sumida en la catástrofe brutal de la Segunda Guerra Mundial. Su ambiciosa apertura de ideas le llevó a la colaboración con científicos, arquitectos, diseñadores y otros profesionales para su concepción y realización final. Una re(visión) que, amén de invitarnos a examinar muchas de las actuales propuestas discursivas, sitúa la posición de Hamilton en un espectro conceptual mucho más amplio que la mera apropiación crítica a la sociedad de consumo y que abarca desde la voluntad de conjugar el pensamiento artístico con el científico y tecnológico, hasta la puesta en cuestión de la imagen y sus metamorfosis en la reproducción, pasando por un interés, tanto sociológico como estético, por la noción de interior, que explorará a lo largo de su vida creativa.



El visitante transita a lo largo de 14 capítulos por sus primeras e impactantes pinturas de finales de los años 40 y primeros 50 y por la suculenta serie de pinturas pop (sus sensuales homenajes a Chrysler, los electrodomésticos, astronautas-presidenciales y una impresionante Pin-up). Aunque no está la reproducción que hizo del Gran Vidrio, sí hay un capítulo sobre su estrecha relación con Duchamp. También sobre los diálogos entre pintura y fotografía de los años 60, y algunas de las poderosísimas series de aquellos años (Mi Marilyn, Sueño con una blanca Navidad); por la miscelánea de sus retratos a Polaroid hechos por la nómina de los artistas relevantes de la escena internacional durante 30 años; por los collages sobre modelos y por los retratos y los autorretratos a lo Bacon de los años 70; por sus reflexivas incursiones en el diseño y las más radicales de la serie Mierda y flores, con su sarcástico glamour cursi y escatológico; por las instalaciones, imágenes de protesta política y los espacios interiores en un viaje deslumbrador que concluye en la irónica sala de los Últimos trabajos, obras de sus últimos 20 años, en los que une imagen digital y pintura de exquisita factura en un retorno a temas clásicos, así el desnudo bajando una escalera, La Anunciación y Venus, que muestran una fuerza que únicamente puede proceder de una sabiduría adquirida con ímprobo esfuerzo y honestidad de ideas.