Vista de la exposición

Museo Reina Sofía. Santa Isabel, 52. Madrid. Hasta el 1 de septiembre.

En el camino que subía a una de las fortificaciones de la ciudad de Hamburgo se construyó, hacia 1600, una casa. Su arquitectura es la típica de la época en la Baja Sajonia. Está construida en madera y mampostería. En el interior, las vigas quedan a la vista y las habitaciones se suceden una tras otra sin apenas interrupción; el tejado era de paja, aunque en algún momento se cubrió con tejas; la entrada tiene un estrecho pórtico que sostienen cuatro columnas dóricas que demuestran la austeridad luterana. Un jardín sencillo la rodea.



La exposición transforma al espectador en psicoanalista que intenta resolver la contradicción entre lo que es arte y vida

Era el hogar, ese sitio del que en un momento se quiere escapar pero al que no se puede dejar de regresar, quizás para nunca volver a salir. Allí vivió Hanne Darboven (1941-2009) casi toda su vida, sólo estuvo ausente los años que pasó en Nueva York entre 1966 y 1968. Fue el lugar de la infancia y la adolescencia, el espacio de la juventud, el territorio de la madurez y habría sido también el de la vejez si no hubiera muerto pronto. Hoy es un museo, o un mausoleo, en el que el tiempo se ha detenido. Nadie lo habita, salvo los escasos visitantes a los que se permite acceder y que caminan por las abarrotadas habitaciones fascinados por lo que allí encuentran: una extraña cámara de las maravillas que ahora se enseña a trozos en la muestra que la dedica el Museo Reina Sofía, comisariada por su subdirector, João Fernandes. Una exposición, titulada El tiempo y las cosas, con la que se completaría ese desvelamiento de las estrategias que los artistas, con la colaboración de algunos cómplices (los historiadores y los críticos), han utilizado para construir el relato de sus vidas que centra parte de la programación actual, aunque aquí más que descubrirlas, participe de ellas.





Vista de la exposición



Las salas están organizadas en un doble recorrido. Por un lado, el cronológico que ordena las más de 80 obras que se han incluido, algunas de ellas no expuestas antes, y que van desde las primeras, como los paneles pautados con tornillos o las pinturas perforadas rítmicamente, de mitad de los 60, que se mueven entre los experimentos con la percepción del arte óptico y la obsesión por la serialidad del minimalismo, a una de las maquetas finales que remite a esos primeros trabajos, alejándose, parecería, de esos otros más conceptuales que se han establecido como característicos de su producción y en los que, a través de la escritura, se formalizaba la idea de tiempo. Por otro, topográfico, o casi, a través de los fragmentos, perversos bodegones, de la casa-estudio de Darboven que buscan relacionarse con las piezas expuestas y con los que se crea una confusión entre biografía y trayectoria.



Naturalezas muertas en las que se mezclan las curiosidades y los recuerdos personales y que anulan la presunta negación de las emociones que buscaba la artista cuando construyó ese lenguaje matemático, a la vez objetivo y subjetivo, que usó en bastantes de sus obras para contar su historia y también la de otros. Son fetiches que la ayudaron a comprender el mundo y a explicarlo, como les sucedía a los aficionados con sus gabinetes en el pasado, pero que aquí transforman al espectador en un psicoanalista principiante que intenta resolver la aparente contradicción entre lo que se considera vida y lo que se llama obra, entre lo que pertenecía al campo de los afectos y lo que quizá debería haberse quedado en el de los desafectos.