Vista de la exposición

CGAC. Rúa de Valle Inclán, s/n. Santiago de Compostela. Hasta el 20 de octubre.



Víctor Grippo (Junín, 1936- Buenos Aires, 2002) es un artista conceptual, político. Esta exposición, como todo su trabajo, demanda una mirada pausada, capaz de revelar los matices más sencillos y, sin embargo, azota nuestra conciencia, la individual y la colectiva, de una manera más eficaz que la asumida por algunos de los artistas contemporáneos premeditadamente políticos que se apoyan en lo espectacular. Grippo nos recuerda que los problemas son los mismos, la realidad de lo cíclico y la importancia de cómo aplicar o instrumentalizar el supuesto mayor conocimiento que hoy poseemos.



Sus obras nos hablan de transformaciones, y a partir de ellas otorga al espectador la capacidad o posibilidad de ampliar las asociaciones. Por eso esquiva lo retórico para reclamar la importancia de buscar sin miedo el conocimiento. Porque Grippo, como decía, es un artista conceptual capaz de reivindicar lo manual y artesanal como clave para lograr "reacciones", en todos los sentidos. Se entiende así su predilección por lo oscuro, por lo íntimo, por lo silencioso. Pero sobre todo por lo popular, por lo esencial.



Como punto de partida esta exposición en el CGAC, la celebrada en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, en 1970, donde el artista presentó su obra Analogía I, en la que a través de una retícula de madera con cuarenta patatas situadas en celdillas con dos electrodos cada una (uno de zinc y uno de cobre) medía la energía. Mediante un voltímetro el espectador podía calcular la energía generada. La patata cobra aquí una función política en tanto que sacralización de lo cotidiano, de lo básico, pero también de lo pobre, de lo humilde. La elección no puede separarse del clima político de la época, unos efervescentes años 70 que en Argentina supusieron la emergencia de lo social, una apertura cultural en todos los sentidos, un momento de búsqueda. Desde entonces Víctor Grippo convoca lo político desde lo químico, desde la energía que surge cuando se trata de dar un nuevo sentido o significado a los objetos, como vimos en la gran retrospectiva en el MALBA de Buenos Aires en 2012.



Vista de la exposición

Grippo trabaja una poética de lo secreto, de lo íntimo. Lo hace a partir de analogías, donde lo cotidiano cobra valor para convertirse en muchos casos en símbolo. Lo advertimos en La comida del artista donde la mesa, las sillas y los alimentos ven negada su función. En todo caso, como señala Guy Brett en el texto del catálogo de esta exposición, "Grippo prefería hablar de analogía antes que de símbolo. Tal vez también cabría hablar de alegoría. El proceso de esta analogía o alegoría consistía en buscar la energía bajo la forma de algunos de los requisitos más básicos de la vida humana, verdaderos medios pobres". Lo cotidiano le lleva también a reivindicar la equivalencia de los oficios, con una serie de objetos encargados de portar los mensajes y el conocimiento. Se entiende así que en la serie Valijitas, dedique obras al albañil, pero también a Kafka o Le Corbusier. En todos los casos el arte está próximo a la vida, pegado a ella, a través del trabajo, de la actividad humana, de la metamorfosis que se proyecta desde lo individual hacia lo colectivo.



Hablamos de procesos, de mecanismos, de recursos. También del tiempo como materia, como memoria, como energía efímera capaz de evocar la capacidad poética de lo perecedero. En la obra de Grippo todo resulta concentrado, tenso. El silencio suspende el conflicto y toda crítica se convierte en atemporal. Todo es una cuestión de equilibrio, un juego de contrarios que seduce a un artista preocupado por evidenciar el proceso natural de las cosas, de lo visible a lo invisible, de lo interior a lo exterior.