Arquitectura oculta, 2012

Galería Moriarty. Tamayo y Baus, 6 bajo. Madrid. Hasta finales de febrero. Precio: 4.000 euros.

Como artista, está muy interesado en la arquitectura y el urbanismo. Podríamos dividir su obra, incluso, en dos principales líneas: una sería la documentación de diferentes espacios y arquitecturas, y la otra la intervención en esos lugares. Ahora presenta sus últimas fotografías en la galería Moriarty de Madrid.

La segunda individual madrileña de Nicolás Combarro (La Coruña, 1979), cinco años después de La línea de sombra, arroja nueva luz sobre la búsqueda de este importante artista sobre sus métodos y dirección. De nuevo, la fotografía es radar con que fijar la situación de sus hallazgos y acercarlos hasta nuestras retinas, sistema de documentar y limitar en el tiempo el resultado de una intervención sobre el lugar encontrado, explorado y, en cierta manera, reanimado.



El suyo es un trabajo conceptual que trata de virar cierta clase de espacios arquitectónicos, bien en construcción, bien anclados en el limbo del desecho aún no convertido en ruinas, que aprovecha tanto a modo de paleta y lienzo, como materia bruta de la que tomar lo escultórico y peana donde colocar las piezas resultantes, como fondo y figura. No lugares que intervienen mediante sutilezas plásticas de color, trazo, línea, acumulación y superposición de objetos, para dar lugar a una realidad nueva que se adivina como la otra vida, la vida no visible de esos sitios-objeto. Su método consiste en localizarlos y contemplarlos de forma hiperactiva e hipersensible durante cierto tiempo, en una suerte de trance con el que, de alguna forma, encuentra el camino para revelar, mediante indicativos plásticos, su contorno.



Estas imágenes, construidas en 2012, siguen líneas de continuidad ya existentes en 2008, pero la intervención en tal clase de zonas vacías ha cambiado sustancialmente, pasando de lo sígnico y gestual a una acción plenamente constructiva. En escenarios de muros de hormigón y garajes subterráneos ya forjados pero aún no rematados, sitúa Combarro una escritura brillante de tendencia geométrica que se hace con maderos (podrían ser bastos y debiluchos puntales de obra) pintados de colores fluorescentes y juega con los reflejos, ya sea con agua derramada o retenida en el suelo, ya sea con los propios volúmenes y huecos de la propia arquitectura apenas aún edificada.



Al margen de que lo pictórico haya sido tomado aquí por lo escultórico, da la impresión de que en este tiempo el artista haya encontrado la manera de pasar de la demarcación de un territorio plástico y conceptual a su conquista. Decíamos que reanima espacios alienados, omitidos, y tal afirmación podría tomarse de manera literal y llevarse más lejos. De pronto, parece que el de Combarro es en realidad un ejercicio animista, de comunicación con esos lugares para propiciar la revelación de sus espíritus.



Tras establecer un contacto meditativo que trasciende lo cerebral, inicia una danza. En tal clase de ritual, las esculturas serían las máscaras mágicas e invocadoras, a la vez que, como en primitivos cultos, la encarnación de los poderes y formas de esa existencia no visible, más allá de las sombras. Así, el objetivo aquí sí empieza a cumplirse: volver orgánico lo inorgánico, proporcionar un cuerpo a lo intangible con que se desvele invisibilidad.