En el marco del arte, 2012

CGAC. Valle Inclán, s/n. Santiago de Compostela. Hasta el 30 de septiembre.

En cuatro movimientos no es una exposición antológica ni una retrospectiva de Esther Ferrer, sino una manera de visualizar aquellos conceptos esenciales que han marcado su trabajo en las últimas décadas. Después de pasar por Artium y Es Baluard, ahora llega al CGAC dispuesta a dejar patente que el arte es el único espacio de libertad.

Cuando un artista se enfrenta a una exposición retrospectiva, aunque como en este caso se esquive el adjetivo, lo que está en cuestión es si las obras que funcionaron años atrás lo hacen en el presente con la misma intensidad. Muchos artistas, dominados por la inseguridad y cierto grado de pánico escénico, se obsesionan por cambiar, por resultar actuales y visitar nuevas fórmulas.



Otros encaran su pasado sin miedo, como quien no trata de esconder las arrugas, confrontando el presente de su propia historia. Esther Ferrer (San Sebastián, 1937) pertenece al segundo de los casos y, aunque se dice en la nota de prensa que no es especialmente amiga de mirar hacia atrás, entiendo que sí lo es si advertimos cómo abraza el concepto de repetición en tanto que acción para la memoria; cierto es que no lo hace para representar el pasado, que no es amiga de disecarlo, de fetichizarlo, pero sí de encararlo, de confrontarlo, como en su Autorretrato en el tiempo, realizado a partir de una serie de fotos idénticas de su cara pero sacadas con intervalos de tiempo de cinco años de diferencia.



La exposición, coproducida por Artium, CGAC, Es Baluard y AC/E Acción Cultural Española, y comisariada por Rosa Olivares, se concibe a partir de cuatro ideas: el tiempo, el infinito, la repetición y la presencia. Éstas se formalizan en objetos e instalaciones que resultan esenciales para repasar su trayectoria, pero también en nuevos trabajos que subrayan la intención de la artista de entender la obra como proceso, como necesaria acción reflexiva. El resultado es una muestra de cómo se puede ser crítica con el sistema sin caer en literalidades ni radicalidades forzadas y, sobre todo, de cómo trabajar a través de variaciones e imposibilidades permite un acercamiento al humor alejado de un mundo del arte más acostumbrado a la ironía, cada vez más reseca.



El humor, menos académico, es algo que ha de durar en el tiempo, por lo que es en la performance donde encuentra el mejor soporte para desarrollarse artísticamente. Esther Ferrer lo hace además alejada de dramaturgias, de normas y corsés propios de lo teatral. Todo fluye como en una suerte de trampa, donde la interrupción o la participación se produce con naturalidad, como si ya hubiera sido integrada antes en el interior de la performance.



Un día antes de la inauguración realizó una performance y la frescura de su ejecución resultó demoledora para quienes tratan de hacer una performance y no consiguen más que forzar su representación. Su dominio de la repetición, del momento y del lugar determinado más allá del contenido, que puede ser el mismo, es la prueba del nueve de que ha sobrevivido a su tiempo como pocos artistas han conseguido hacerlo. Seguramente, porque no ha buscado cerrar cada obra y se ha conformado con la producción, afortunada, de fragmentos. Eso ha permitido que su discurso no se reseque, porque todavía funciona a partir de hechos y no de representaciones de los mismos, como la propia estructura del humor. Para vivirlo, hay que estar ahí, no sirve con que te lo cuenten.



En este sentido, resulta curioso enfrentarse a obras como En el marco del arte años después de su exposición en la Bienal de Venecia y experimentar una sensación más fresca que entonces y menos contaminada por el pesado contexto que la rodeaba. El espacio se transforma a partir de una economía de medios; lo mínimo especular se torna espectacular casi sin querer. El resto consiste en esperar todavía más.