Elmgreen & Dragset han construido un recorrido inquitante y amenazador

Tras la intervención de Joep van Lieshout del pasado año, el tándem Elmgreen & Dragset presentan en el Submarine Wharf del puerto de Rótterdam una ambiciosa instalación titulada The one & the many.

El Museum Boijmans van Beuningen de Rótterdam firmó el pasado año un acuerdo de colaboración con el puerto de Rótterdam por el que ambas partes se comprometían a revitalizar ciertas zonas deprimidas del que es uno de los mayores y más activos puertos del mundo. El proyecto tomó forma el curso pasado con una instalación del artista Joep van Lieshout y este año son la pareja artística Elmgreen & Dragset los que intervienen un espacio mastodóntico cuya belleza industrial está a la altura de sus proporciones. El lugar se llama Submarine Wharf y su actividad 1929 y 1984 se centró en la construcción de submarinos. De su inmenso eje longitudinal se desprendían enormes rampas por las que se deslizaban los submarinos recién construidos, rampas que hoy se encuentran ocultas bajo un buen montón de cemento.



Elmgreen & Dragset presentan en el Submarine Wharf una instalación sobre el desapego que producen estos espacios industriales. El tándem parece desoír la voluntad de las autoridades portuarias de eliminar de la conciencia colectiva las habituales connotaciones negativas que alberga un lugar de estas características e insisten con su propuesta en subrayar su naturaleza turbia y lóbrega. La pieza consiste en un enorme túnel que recorre todo el espacio y que sugiere un recorrido inquietante y amenazador. Está salpicado de diferentes atrezzos, aquí la banqueta de un indigente ciego, con sus colillas y su bastón, ahí un cajero automático junto al que descansa un bebé en su capacho (¿dónde está su madre?).



Al final del túnel, sobre cuyos muros cóncavos se pueden realizar pintadas, aguarda al visitante un edificio de viviendas. Gris y desornamentado, quiere hacer referencia, nos dicen, a los bloques de la arquitectura soviética y también a ciertas formas minimalistas de Donald Judd y Carl André. Uno se asoma a las ventanas del nivel que da a la calle y puede contemplar distintos escenarios. Buena parte del proyecto pretende que nos convirtamos en voyeurs y que husmeemos en la vida de los otros. En una de las pequeñas salitas se está viendo un partido de fútbol. En otra alguien ha debido coger una escandalosa borrachera a tenor de su desorden de botellas, otra muestra un espacio de trabajo...



Elmgreen y Dragset vuelven a plantear una de sus ambiciosas escenificaciones deteniéndose esta vez en los hábitos de la clase media. En los últimos años, sus instalaciones se han dirigido a desgranar diferentes códigos sociales. Lo hicieron en la Serpentine Gallery de Londres en 2005 con su The Welfare Show, en la que examinaban las pulsiones de las clases más bajas, ahogadas por un sistema excluyente. Lo hicieron también en The Collectors, su instalación para la Bienal de Venecia de 2009, en la que ponían el acento sobre las pretensiones de la élite, su denigrante obsesión por el ascenso y su bochornoso "cuanto más mejor" a través de aquella imagen poderosa del coleccionista muerto en su propia piscina que dio la vuelta al mundo. Este The one & the many del Pueto de Rótterdam pretende cerrar esa trilogía centrándose en las inquietudes de una clase media que no acaba de encontrar su lugar. Rodeando el bloque de edificios asistimos a la culminación de la instalación, una noria destartalada sumida en la oscuridad. Dudo que sea recomendable subirse en ella. Al fondo, la leyenda que da título al proyecto palpita con sus luces de neón. Pero no es un ambiente festivo. Es, más bien lo contrario: la rutina alojada en la decadencia.



Es una instalación rotunda, no cabe duda. Pero se echa de menos algo de sutileza en los planteamientos narrativos, una menor literalidad. Elmgreen y Dragset, que se encuentran en el momento más álgido de su carrera, mantienen una postura crítica con el precario funcionamiento del sistema contemporáneo. Su aproximación es inmediata y directa, pero lo es quizá en exceso. No hay dobleces, faltan los espacios intermedios, algo de complejidad que dé aliento a la escasa poesía que puede albergar el mundo agonizante que describen.