Image: Gonzalo Fonseca, islas del silencio

Image: Gonzalo Fonseca, islas del silencio

Exposiciones

Gonzalo Fonseca, islas del silencio

10 abril, 2003 02:00

Arethusa, 1980

IVAM. Centro Julio González. Guillem de Castro, 118. Valencia. Hasta el 18 de mayo

Dos grandes piedras -Arethusa y Castalia- de pálido travertino romano, talladas y configuradas como paisajes insulares y sitios arqueológicos, como viejas acrópolis arquitectónicas desmochadas, horadadas y pulidas por la erosión del viento y el tiempo, abrazan al visitante de esta exposición, patrocinada por la Fundación Telefónica, nada más entrar en ella. Son admirables. Nos introducen por completo en su mundo. Un universo diferenciado: esculturas de Gonzalo Fonseca (Montevideo, Uruguay, 1922 - Pietrasanta, Italia, 1997), que no se parecen a ninguna otra de ningún otro, aunque su caligrafía conecte con el arqueologismo sutil de Klee, con el despojamiento del nítido diseño arquitectónico del Cementerio Brion de Carlo Scappa, en San Vito, con el pulso de Louise Nevelson en su serie Jardín de lluvia o con la mezcla de organicismo y arquitectura de Charles Simonds en Mitologías… Pero éstas de Fonseca mantienen otra mirada y otra memoria, cimentadas efectivamente en las ruinas mesopotámicas y mesoamericanas, en las tumbas y templos rupestres de Licia y Petra, en los habitáculos funerarios de las indonesias Islas Célebes… Son tallas hipnóticas desde la intimidad de sus secretos (escalas disfrazadas, pasadizos entrevistos, troneras, puertas tapiadas, azoteas almenadas, piscinas circulares), en las que alienta el eco de una leyenda azteca y… tebana.

A esas dos piezas sigue un despliegue de dorados mármoles de Siena y rojos travertinos persas, configurando todo un archipiélago. Hay esculturas-barca que cruzan, entre esculturas-isla, cargadas de amuletos, emblemas y símbolos. Un conjunto -fechado entre 1975 y 1993- que niega lo que repiten los manuales: la permanencia de Fonseca en el círculo de su maestro Torres-García. Hacia 1960 el escultor se liberó de aquella sombra. La desnudez elegante del diseño geométrico y constructivo se contrarresta aquí con sugestiones surrealistas, con la carnosa sensualidad táctil del mármol y con la fuerza expresiva de las técnicas de cantería. Exposición reveladora, a la que hace de "horizonte mural" la muestra paralela de pinturas de Caio Fonseca (1959), hijo del escultor y heredero no de su lenguaje, sino de su visión cosmopolita y su personal concepto estético.