Nofretete, 2014

La artista alemana Isa Genzken se encuentra en uno de los mejores momentos de su trayectoria, a punto de cumplir 67 años. En el MMK de Frankfurt presenta estos días una muestra de trabajo reciente. Tras su retrospectiva del MoMA en 2014 ha vuelto al trabajo con fuerza.

Son tiempos de fogosa actividad para Isa Genzken (1948). Su retrospectiva estadounidense le ha llevado a Nueva York, Chicago y Dallas y, con la gira aún en curso, realizó el pasado verano una individual de escala media pero rotundo eco en la Kunsthalle de Viena; ahora presenta en Frankfurt una muestra de trabajo reciente que ha pasado previamente por Salzburgo y si nos subimos al vibrante tren de su producción última pronto se nos anuncia que la próxima estación será Venecia.



La ciudad italiana no es nueva para Genzken. En 2007 realizó una muy aplaudida intervención en el Pabellón Alemán de los Giardini. Ese mismo año también participó en el Proyecto de Escultura de Munster, y en ambas citas se presentaron trabajos con figuras que son primas hermanas de estos actores y actrices que ahora pueblan el espacio del MMK de Frankfurt, figurantes que son maniquís vestidos con la ropa de la propia artista y con otras sacadas de franquicias de cualquier centro comercial, seguramente en algún edificio de altura con cristales reflectantes de alguna de nuestras derrengadas ciudades globalizadas.



Tal vez convenga perfilar al personaje, poco conocido en nuestro país, y el contexto en el que creció. Vehemente e histriónica, temperamental y extrema, vivió desde joven en un mundo de hombres en el Dusseldorf de los años 70. Ahí estaban los Richter, Polke, Palermo, Beuys o los Becher trabajando en torno a la Academia de la ciudad, tal vez el centro de estudios más importante del momento, el lugar en donde se había conseguido asimilar un lenguaje estético que pudiera mitigar el predominio del Realismo Socialista en la década anterior.



Toda convención o norma le produce verdadera repulsa, pero su relación con el tiempo histórico ha sido sincera y empática

También estaba la galería de Konrad Fischer, antes conocido como el pintor Konrad Lueg, desde cuyo espacio Europa parecía recuperar parte de la relevancia arrebatada por los americanos durante los primeros años de la posguerra. Genzken expuso allí por vez primera en 1976. Presentó sus Ellipsoids y sus Hiperbolos, esculturas de raíz minimalista diseñadas por ordenador pero elaboradas a mano que semejaban mástiles apoyados sobre el suelo y que acentúan el espacio en torno a la obra y el espectador en la línea "escénica" abierta por Douglas Crimp.



La leyenda recuerda que Richter, muy machito, le preguntó si se trataba de agujas de punto. Y ella, con la mirada envenenada, le espetó: "¡Son armas!". Algo más tarde se casarían y vivirían un buen puñado de años juntos. Tal vez Genzken haya tenido una relación extraña con los sucesivos movimientos o tendencias artísticas de los últimos 40 años, pues toda convención o norma (o lo que es fácilmente reconocible) le produce verdadera repulsa. Pero que su relación con su tiempo histórico, entonces y ahora, ha sido sincera y empática es algo difícilmente cuestionable. La sagacidad con que leyó la eclosión de la posmodernidad, tanto en sus efectos en el devenir cotidiano como en sus síntomas culturales es sencillamente admirable.



Vista de la exposición

Estudió la arquitectura de la efervescente Nueva York, ciudad que siempre le sedujo, y la enfrentó a la arquitectura de posguerra de su país. Abrazó el cine, cuyas leyes se encuentran indisimuladamente detrás de buena parte de su obra, y ha arrastrado su interés por las nociones de temporalidad que aportaba el medio hasta este escenario con figuras que ahora presenta. Y exploró en profundidad el concepto de mercancía y el consumo desaforado de su época, algo que ya le había llamado la atención en la obra de Warhol.



Estos actores y actrices de Frankfurt muestran la deriva que su escultura fue tomando desde los años 90, cuando se constata definitivamente su potencial canibalista y su voluntad de devorar, haciéndolos suyos, el resto de modos de expresión. La multiplicidad de perspectivas desde la que se nos obliga a acercarnos a su obra ya se intuye en los citados Ellipsoids e Hiperbolos, en los que la mirada se desplaza a un ritmo forzosamente sincopado, pues se nos impide divisar la obra en su conjunto. Ocurre lo mismo con los figurantes de esta exposición, alrededor de cuarenta, adultos, jóvenes y niños, que exigen ser rodeados, aunque esto, en escultura, no sea nada nuevo. Se imponen en el escenario el escorzo y el reflejo, pues Genzken apela a la tensión física y psicológica de Nauman y el espacio multiplicado y casi esquizofrénico de Dan Graham. Nos mezclamos entre ellos y compartimos su espacio y su tiempo. Nos miramos en ellos.



Hay una obra en la exposición que da buena cuenta de la vitalidad de la obra de Genzken, que siempre tiene algo de biográfico. Una fila en curva de pedestales acoge bustos de Nefertiti convertidos en modelos de gafas de sol y, en su base, imágenes de la Gioconda. Aquí se abrazan la deriva minimalista en la que se forjó como artista y el furor posmoderno a cuya lectura crítica se asomaría más tarde. Si suelen faltar adjetivos que puedan dar la medida de la intensidad, el coraje y el dolor sobre los que Genzken ha construido su carrera, esta muestra nos presenta a una artista en su plenitud verdadera.