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Arquitectura

Días extraños

Lo mejor de 2016: Arquitectura

30 diciembre, 2016 01:00
Enrique Encabo Inmaculada Maluenda

Terminal marítima de Amberes, de Zaha Hadid. Foto: Hufton+Crow

Especial: Lo mejor del año

El 2016 ha sido un año imprevisible, suma de referéndums-bomba, fallecimientos sorpresa y noticias esperpénticas que han propiciado el auge de un término: posverdad, o primacía de la veracidad emotiva sobre el rigor de los hechos. Como la arquitectura está en el mundo, ha construido su modesta versión de este carrusel. Si algo queda claro es que la coherencia argumental resulta, ya, innecesaria.

¿Ha perdido la disciplina cualquier conexión con lo emocional y, por tanto, con este mainstream? Los últimos doce meses han alumbrado una sucesión de certámenes: trienales de Oslo -particularmente interesante- y Lisboa, bienales de Estambul, Iberoamericana y de Venecia -con León de Oro para el Pabellón español, comisariado por Carlos Quintáns e Iñaqui Carnicero-. Resultados aparte, surge la pregunta de si esta abundancia no se dirige un poco demasiado a iniciados, cuando cada vez más acontecimientos de escala planetaria -caso de los Juegos Olímpicos de Río- transcurren sin dejar huella alguna en el apartado edilicio.

Aunque el chileno Alejandro Aravena -director de la cita veneciana- haya conseguido el Pritzker, 2016 ha sido, libra por libra, el año de Jacques Herzog y Pierre de Meuron. En los últimos doce meses han concluido la ampliación del museo Unterlinden de Colmar, en Francia, la de su propia Tate Gallery en Londres, un rascacielos residencial en Manhattan y dos obras alemanas: un almacén en el museo del diseño de Vitra y la Filarmónica del Elba en Hamburgo. Por separado son notables -alguna magistral-, pero juntas forman un cuadro asombroso que coloca a la oficina de Basilea en la cúspide de la profesión.

En España, comienzan a detectarse ciertos signos de actividad. Dos convocatorias, privada y pública, han jalonado el curso: en Barcelona, el macroestudio japonés Nikken Sekkei, con Joan Pascual y Ramon Ausió, ganaron la ampliación del Camp Nou; y en Madrid, Norman Foster y Carlos Rubio se alzaron con la reforma del Salón de Reinos, última fase de ampliación del Museo del Prado. Tras concluir la estasis política, parece deseable que la dinámica se prolongue y devenga en un retorno del talento; antes de la crisis, nuestro país ofrecía ese tipo de oportunidades.

El año ha sido especialmente pródigo en pérdidas: Charles Correa, el arquitecto indio, Claude Parent, Ken Adam -diseñador de los sets más brillantes de James Bond-, el navarro Fernando Redón, el mexicano Teodoro González de León, Peter Blundell Jones -historiador de la arquitectura orgánica- y, una de las noticias del año, la mediática Zaha Hadid. Su temprano fallecimiento dejó un puñado de obras en marcha: desde la estación marítima en Salerno, su primer trabajo póstumo, a las oficinas portuarias de Amberes, una epatante exequia europea que condensa la brillantez formal y desmesura características de su impronta.

Y una efeméride, para concluir: los 50 años de la publicación de Complejidad y contradicción en la arquitectura, de Robert Venturi, obra teórica cardinal que prefiguró la posibilidad de adaptarse a los tiempos y penetrar en la estética popular. Un mensaje hoy más necesario que nunca.